Embajadores opositores y un bonaerense sueltos en el Vaticano
Desde que Jorge Bergoglio fue rebautizado Francisco, Roma se ha convertido en una inesperada sede offshore de la política argentina, con un tránsito incesante y variopinto de dirigentes de toda clase y color. El pasado viernes, después de una jornada intensa de reuniones y visitas protocolares, el embajador ante el Vaticano Eduardo Valdés ofició de anfitrión en una cena que terminó casi en un linchamiento.
La mesa de Valdés se completó con el Presidente de la Cámara de Diputados bonaerense, Horacio González, el embajador en Uruguay Dante Dovena, el Presidente del bloque del FpV de la Cámara de Diputados de Santa Cruz Leonardo Álvarez, el intendente de San Julián, y el embajador ante Chile y ex ministro de Salud de la Nación Ginés González García, junto a su joven pareja.
Con el correr de las horas la conversación pasó de un intercambio de pareceres entre protagonistas de la política nacional, a la aparición sorprendente de una grieta, que pareciera comprobar aquella frase según la cual para algunos peronistas el día de la lealtad es sólo uno entre 365.
Ginés y Dante Dovena, junto a la mujer del primero, llevaron adelante un in crescendo de críticas hacia las decisiones de la Presidenta. Entre las objeciones se destacó lo que caracterizaron como una suerte de “casting defectuoso” que los embajadores le achacaron a Cristina: Amado Boudou, Axel Kicillof, Andrés Larroque y Wado de Pedro estuvieron entre los más castigados. El latiguillo “con Néstor no pasaba” fue constante en la alocución de Dovena y Ginés.
Pero la verborragia de los embajadores se cortó en seco cuando el resto de los comensales les salieron al cruce. El primero en levantar la voz fue el santacruceño Álvarez, mientras Horacio González pedía a los embajadores ser agradecidos con Cristina, al tiempo que los acusaba de reproducir los discursos de los medios opositores.
La línea común contra los críticos en el exilio fue demandarles cuántos votos eran capaces de aportar cada uno de ellos al proyecto nacional o cuántas plazas de convocatoria popular podían llenar. Un paralelo al futbolístico “llená la cancha antes de hablar”.
Por su parte, Eduardo Valdés pareció petrificarse ante la tensión que de un momento a otro se volvió incontrolable. Todo indica que la distancia de la realidad nacional, junto a la letanía de los cócteles y otros duros oficios diplomáticos, producen en ciertos dirigentes la inquina que precede las acciones de los traidores.