Según datos oficiales del INDEC, en abril de 2025 las importaciones crecieron un alarmante 37,3% en comparación con el mismo mes del año anterior, mientras que las exportaciones apenas aumentaron un 2,3%.
La política de apertura irrestricta a las importaciones está generando un grave deterioro del superávit comercial argentino. Según datos oficiales del INDEC, en abril de 2025 las importaciones crecieron un alarmante 37,3% en comparación con el mismo mes del año anterior, mientras que las exportaciones apenas aumentaron un 2,3%. El resultado fue una caída estrepitosa del superávit comercial, que pasó de 1.807 millones de dólares en abril de 2024 a tan solo 204 millones este año.
Esta tendencia no es aislada. En el acumulado de los primeros cuatro meses del año, el saldo comercial se redujo a 1.265 millones de dólares, muy lejos de los 6.208 millones registrados en igual período del año pasado. La causa central de este desbalance es el crecimiento desmedido de las importaciones (+35,7%), muy por encima del modesto incremento de las exportaciones (+5,8%).
De continuar esta dinámica, el país podría ingresar en un déficit comercial en los próximos meses, lo que implica que saldrán más dólares del país por importaciones que los que ingresen por exportaciones. Este desequilibrio amenaza con desestabilizar el ya frágil esquema económico del gobierno, que se apoya en anclas como el “dólar barato” para contener la inflación. Sin embargo, este mismo dólar bajo incentiva la compra de productos extranjeros y desalienta las ventas al exterior, acelerando la pérdida de divisas comerciales.
Esto no solo compromete la sostenibilidad externa de la economía, sino también el cumplimiento del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Dicho pacto exige para 2025 un superávit comercial equivalente al 1,3% del PBI (unos 9.000 millones de dólares), meta que se aleja peligrosamente con cada mes que pasa. El plan proyectaba un aumento del 8,1% en exportaciones y del 14,6% en importaciones, pero la realidad muestra un desborde por el lado de las compras externas.
Además, el perfil de las importaciones actuales pone en duda el argumento de que el aumento se debe a una expansión productiva. El crecimiento más pronunciado se dio en rubros no esenciales para el desarrollo industrial: la importación de automóviles se disparó un 101,6% en el primer cuatrimestre del año, y los bienes de consumo aumentaron un 69,1%, acercándose peligrosamente al nivel de los bienes de capital. En abril, solo el 73% de las importaciones estuvo destinado a la producción, cuando históricamente ese porcentaje ronda el 80%.
Por el lado de las exportaciones, además del efecto negativo del tipo de cambio, se suma el impacto de la guerra comercial iniciada por el gobierno de EE. UU. Bajo el liderazgo de Donald Trump, se han establecido nuevas barreras arancelarias que afectan a los productos argentinos. Aunque el sector primario mostró cierto dinamismo (+9,4% en cereales, pescados y mariscos), otros sectores clave como los combustibles y las manufacturas agroindustriales sufrieron retrocesos por la baja de precios internacionales.
En este contexto, la política de apertura importadora no solo reduce la competitividad externa, sino que debilita una de las pocas fuentes genuinas de dólares para el país. Sin un cambio de rumbo, el superávit comercial —vital para sostener la economía y honrar compromisos internacionales— podría desaparecer por completo, arrastrando consigo al resto del modelo económico.