Los datos surgen de un relevamiento del Instituto de Estadísticas y Tendencias Sociales y Económicas (IETSE), cuyo titular, Germán Romero, comentó: “los resultados son lamentables”.
La mesa de los argentinos cambió de manera drástica: donde antes había carne, frutas y verduras, hoy predominan la papa, la polenta, el pan y otros carbohidratos baratos que desplazan a los alimentos con mayor valor nutricional. La recesión y el derrumbe del poder adquisitivo están moldeando una dieta cada vez más pobre y desequilibrada.
Un relevamiento del Instituto de Estadísticas y Tendencias Sociales y Económicas (IETSE) revela un panorama crítico. Su titular, Germán Romero, fue contundente: “Los resultados son lamentables. El patrón de consumo está muy lejos de lo recomendado. Se ponderan mucho más los carbohidratos, lo barato y llenador, frente a la imposibilidad de acceder a frutas, verduras y proteínas”.
Los datos lo confirman: mientras que el consumo de carnes registra caídas históricas —el asado vacuno se ubica 68% por debajo de su promedio histórico, la carne molida 73% y la carne para milanesas 60%—, las harinas y derivados se disparan. La polenta aumentó un 142%, la harina un 40%, los fideos un 28% y el arroz también ganó terreno.
El contraste es alarmante. Los lácteos, frutas y verduras sufren una marcada subalimentación. Apenas algunos vegetales de bajo costo, como la papa (+28%) y la cebolla (+40%), logran sostenerse, en gran parte por su precio accesible y su capacidad de “llenar”.
Así, la dieta argentina atraviesa una mutación que responde menos a las recomendaciones nutricionales que a la urgencia económica. Con sueldos ajustados y precios en alza, las familias reemplazan proteínas y alimentos frescos por un menú basado en harinas, azúcar y carbohidratos. Una transformación silenciosa, pero con efectos que pueden ser graves en la salud colectiva a mediano plazo.