La decisión dejó a miles de chicos y chicas sin un lugar donde encontrar apoyo en medio de la crisis social y el crecimiento del narcotráfico en los barrios populares.
Después de perder por amplio margen la elección en la Provincia de Buenos Aires frente a Axel Kicillof, el gobierno de Javier Milei avanzó con una medida que fue leída en los territorios como un castigo directo: el cierre de 32 Casas de Atención y Acompañamiento Comunitario (CAAC), espacios gestionados por Sedronar y organizaciones sociales que brindaban contención y acompañamiento a jóvenes con consumos problemáticos.
La decisión dejó a miles de chicos y chicas sin un lugar donde encontrar apoyo en medio de la crisis social y el crecimiento del narcotráfico en los barrios populares. El argumento oficial fue la existencia de “irregularidades”, pero trabajadores y referentes comunitarios desmienten esa versión y denuncian un vaciamiento deliberado. Señalan que la motosierra de Milei apuntó selectivamente a los dispositivos vinculados a movimientos sociales, mientras los ligados a sectores eclesiásticos permanecieron abiertos.
“El cierre de las CAAC es condenar a la juventud más vulnerable a quedar a merced de las drogas y del narcomenudeo. Este programa tiene más de diez años y atravesó cuatro gobiernos porque funciona”, advirtió Fernanda Popolizio, psicóloga y referente de Casa Pueblo.
La medida generó críticas desde las provincias, las organizaciones sociales y también desde la Iglesia, que ya en junio había advertido que “la retirada del Estado es una forma indirecta de condenar a muchos a la muerte”.
En Santa Fe, la diputada socialista Varinia Drisun calificó la decisión como “un golpe mortal a las políticas públicas de salud” y acusó al Gobierno nacional de precarizar a la Sedronar, desfinanciar el sistema de salud y desmantelar espacios estratégicos como el Hospital Nacional Laura Bonaparte.
En los barrios, el cierre se vive como una represalia que no solo debilita la política pública contra las adicciones, sino que también clausura uno de los pocos espacios de esperanza y cuidado. Allí donde antes había talleres, comidas compartidas y escucha, ahora queda solo un portón cerrado.