“La satisfacción del salvajismo anarco capitalista será temporal, hasta que recuperemos la humanidad en la conciencia política, surgiendo un nuevo movimiento que sepa rescatar e interpretar la esencia social de justicia, comunidad y consenso”.
Por Joshua Lentulus Aivazian.
Cuando caminamos por la vereda son varios los obstáculos con los que nos encontramos. Algún pozo o baldosa floja que nos moja los pies, contenedores de basura rotos y abiertos destilando su hedor a podredumbre y objetos comerciales que se colocan en el medio del camino, fastidiando la circulación peatonal.
Todo ello va calando continuamente en la psique del individuo, al comienzo como una incomodidad leve, pero que va escalando en forma de fastidio y luego de hartazgo. Puede poseerse los medios de reclamo, como son los números de teléfono de la municipalidad para reclamar las baldosas rotas, pero la desmoralización provocada por la demora, el trámite burocrático y hasta la ausencia de alguna solución hace invisibilizar cualquier entidad superior e intermediadora de estas problemáticas, a causa de la fría indiferencia del aparato burocrático y de la deshonestidad de los funcionarios públicos.
Esto, llevado a una escala de régimen político, se lo denominó “insatisfacción” democrática, al subestimar la dignidad del ser humano como una cuestión de conformismos a satisfacer. Todo régimen, no importa su carácter, es conflictivo en su aspecto subjetivo, mientras que ello es compensado por la eficiencia de su parte objetiva, siendo esta la gestión y administración del Estado. El comunismo no funciona en China por virtud de la propia ideología, sino por la eficiencia del aparato estatal en el ejercicio de sus funciones.
Estas se han mal interpretado en nuestro país por el criterio económico-mercantil de la oferta y la demanda, persuadido ello por el modelo electoralista del régimen político liberal.
Uno de los términos mercantiles empleados para definir el arte de gobernar ha sido el de “satisfacer” las demandas sociales. ¿Cuáles? ¿en qué medida? ¿con qué prioridad? Estas son las preguntas racionales que todo administrador público se debe hacer. La experiencia demostró que ello no solo resultó contraproducente en el estima de los funcionarios, sino dañino al propio Estado por el incentivo de grupos de poder quienes determinaban al Estado como un inversor de sus demandas.
Un ejemplo lo encontramos en la gestión de los recursos públicos en calidad de subsidios, estos incentivan una demanda que solo encuentra solvencia en el poder adquisitivo del mismo subsidio, cuando, la eficiencia implica la capacidad de generar el autosustento y de ello la dignidad social de quienes participan. “Satisfacer” significó el primer teléfono descolgado para la sociedad ante su reclamo.
Ante la deficiencia y atraso con el cumplimiento de obras y proyectos de orden público, se instauró una nueva definición de la esencia de las funciones públicas, su causa y destino, la política. La misma fue definida como “la lucha de interés”, alejándose de la concepción de la antigua Grecia, que define a la política como los asuntos de la vida en comunidad.
El reemplazo de una concepción integradora de la vida social, por una que legitima la conflictividad, sin diferenciar los reclamos justos de los injustos en una jerarquía de prioridades, dio luz verde a la competencia de demandas a satisfacer, sin organizar su prioridad, calidad y utilidad, generando en consecuencia el rechazo de quienes esperaban de la política un espacio de acuerdos y consensos en pos de lo común.
El segundo teléfono descolgado trajo consigo la ambigüedad de los intereses en conflicto, que pasaron a restringir el ámbito social, para internalizarlos en lo personal, definiendo lo personal como político y el punto de partida del concepto. En consecuencia, cualquier inconformidad individual podía trascender en la estimación del Estado para satisfacerla con solo darle entidad política, creando una implícita segregación con la famosa ley de los cerdos en “Rebelión en la granja” de George Orwell, “todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros”.
La desmoralización es total cuando el tercer teléfono se encuentra también descolgado, y, como si se tratase de un personaje surgido del inconsciente colectivo, aparece en escena quien representa la reacción de toda desmoralización e incapacidad social.
La mercantilización del lenguaje político que disimulaba y justificaba las deficiencias administrativas llevo a la resolución de la población a optar por una opción electoral identificada con esa misma mercantilización, el liberalismo, llevado al plano de las necesidades económicas de la sociedad, y a su vez, representaba la reacción destructiva de todo aquello acusado de ineficiente, el propio Estado. Como si de una gangrena se tratase, todos los ministerios, secretarías y empresas la han cultivado en el amparo de la indiferencia de su accionar político, justificado por alguna proclama o consigna moral como “justicia social”, “inclusión” o “diversidad”. El bisturí fue reemplazado por la brutalidad de la motosierra durante la campaña electoral, interpretando los ánimos sociales persuadidos por la confusión y el hartazgo, que ya no confiaba en el tiempo ni en la palabra de “expertos” o científicos. Por lo que la libertad significó liberarse de esas mismas promesas de soluciones, eliminando el objeto en el que descansaban, y con ello, el conocimiento, la experiencia y el talento de miles de trabajadores públicos.
La satisfacción del salvajismo será temporal, hasta que recuperemos la humanidad en la conciencia política, surgiendo un nuevo movimiento que sepa rescatar e interpretar la esencia social de justicia, comunidad y consenso y se pueda recrear un Estado a imagen y semejanza de esas mismas virtudes.