El gobierno de Javier Milei se subordinó a Donald Trump y se abstuvo de acompañar una resolución impulsada por Ucrania y Europa que condenaba la invasión rusa.
Lejos de sostener una política exterior basada en principios, coherencia y defensa del interés nacional, el gobierno de Javier Milei ha demostrado ser un mero ejecutor de los dictados de Donald Trump. El último episodio de este seguidismo quedó expuesto en la reciente votación en Naciones Unidas, donde Argentina se abstuvo de condenar la invasión rusa a Ucrania, marcando un giro bochornoso respecto a su postura anterior.

La decisión de Milei de seguir sin cuestionamientos la línea de Trump no solo lo aleja de su propia retórica inicial de apoyo a Ucrania, sino que además lo coloca en una contradicción grotesca: el autoproclamado defensor de la libertad terminó alineado con regímenes que su propio espacio político califica de autoritarios, como el de Cuba y el de Colombia bajo Gustavo Petro.

De abrazar la bandera ucraniana al oportunismo sin escrúpulos
Milei convirtió la causa ucraniana en un estandarte de su gobierno, buscando diferenciarse del kirchnerismo, al que acusaba de simpatizar con Vladimir Putin. Invitó a Volodímir Zelensky a su asunción, lo abrazó con entusiasmo en Davos y hasta coqueteó con la idea de enviar ayuda militar a Ucrania o sumarse a la OTAN.

Sin embargo, bastó que Trump redefiniera su postura en favor de Putin para que Milei abandonara toda lealtad a Ucrania. Hoy, el mismo presidente que gritaba “my friend” a Zelensky en un inglés torpe guarda silencio ante la escalada de agresión rusa y permite que sus seguidores, antes fervientes defensores de Kiev, ahora acusen al líder ucraniano de dictador corrupto.
Una diplomacia vergonzante y contradictoria
El voto argentino en la ONU evidencia un zigzagueo vergonzoso: primero, Milei condenó la invasión rusa y se mostró como un firme aliado de Ucrania; ahora, al ritmo de Trump, se alinea tácitamente con Putin, sacrificando la dignidad y la consistencia diplomática del país el cual comienza a perfilarse como un paria internacional ante otras medidas incomprensibles que hacen del país un actor incomprensible e inestable, tales como el rechazo a los BRICS, la salida de la OMS, las peleas con los socios del MERCOSUR, y el apoyo al genocidio del régimen israelí en Gaza que implica avalar en los foros internacionales actos de fuerza para la toma de territorios, algo que además atenta contra la estrategia de reclamo Argentina en Malvinas.
Este papelón internacional ocurre justo cuando los líderes europeos viajaron a Kiev para reafirmar su respaldo a Ucrania. Mientras el mundo democrático mantiene su postura contra la agresión rusa, Argentina se somete a los vaivenes de la política estadounidense, mostrando que, lejos de tener una política exterior soberana y coherente, Milei solo sigue órdenes, sin importar la contradicción o la pérdida de prestigio para el país.
La política exterior de Argentina bajo Milei no responde a principios ni a intereses nacionales, sino a una obediencia ciega a Trump, aún a costa de quedar en ridículo en la escena internacional.