El último informe del Indec confirmó que la producción manufacturera opera con altos niveles de capacidad ociosa y una fuerte heterogeneidad entre ramas: en agosto el uso promedio fue de apenas 59,4%, por debajo del promedio de 62% registrado desde 2016.
El entramado industrial argentino atraviesa un marcado deterioro que ya no puede explicarse solo por factores coyunturales. La caída en el uso de la capacidad instalada, la pérdida de participación en el Producto Bruto Interno (PBI) y la concentración del crecimiento en apenas un puñado de sectores de bajo encadenamiento productivo evidencian un fenómeno de mayor profundidad: el retroceso estructural de la industria y el avance de una matriz económica más primaria, dependiente y vulnerable.
El último informe del Indec confirmó que la producción manufacturera opera con altos niveles de capacidad ociosa y una fuerte heterogeneidad entre ramas: en agosto el uso promedio fue de apenas 59,4%, por debajo del promedio de 62% registrado desde 2016. Es decir, cuatro de cada diez máquinas están detenidas. Desde 2016, la industria arrastra un promedio de 38% de capacidad ociosa, síntoma de un parque productivo subutilizado y con señales de estancamiento.
Las ramas de mayor dinamismo —refinación de petróleo (86,1%), siderurgia (70,4%) y alimentos y bebidas (66,6%)— son justamente las que presentan menor complejidad productiva o dependen de recursos naturales, lo que adelanta una tendencia: Argentina se está replegando hacia sectores primarios y semiprocesadores en detrimento de actividades industriales diversificadas y tecnológicamente intensivas.
Una industria sin inversión ni modernización
La falta sostenida de inversión erosiona año a año la capacidad de transformación del aparato productivo. El aporte de la industria al PBI cayó al 16,83% en el segundo trimestre de 2025, por debajo del promedio de 18,17% de la última década y lejos del 20,31% que aportaba una década atrás. Es decir, la industria perdió más de 3,5 puntos del PBI en diez años.
El análisis por sectores confirma el problema: solo 6 de 23 ramas lograron aumentar su participación en el valor agregado industrial, principalmente aquellas vinculadas a ensamblaje o extracción: refinación de petróleo, automotriz, maquinaria y equipo, químicos y papel. En cambio, sectores estratégicos para el desarrollo —como metalmecánica, textiles, madera, cuero, caucho y plásticos— retroceden, debilitando las cadenas productivas nacionales.
Caída del empleo y pérdida de competitividad
El Monitor de Desempeño Industrial (UIA) mostró en agosto un índice de 45,3 puntos, por debajo del umbral de expansión. El informe es contundente: 36,3% de las empresas redujeron producción, 43,5% ventas y 24,4% empleo, el registro más alto de reducción de personal de toda la serie. Con ventas en caída y costos fijos repartidos sobre un menor nivel de producción, los precios suben y el sector pierde competitividad, tanto en el mercado interno como en exportaciones.
¿Hacia una economía primarizada?
El deterioro del tejido industrial no es neutro: transforma la estructura productiva del país, reduce la generación de empleo calificado, aumenta la dependencia externa y limita la soberanía económica. Sin industria no hay innovación, no hay desarrollo científico-tecnológico, no hay valor agregado local ni escalamiento productivo. La consecuencia es clara: crece la participación de los sectores primarios y extractivos en la economía, configurando un sendero de reprimarización.
Una advertencia para el futuro
La desindustrialización en curso no se resolverá con ajustes coyunturales ni simples estímulos al consumo. Se requiere una estrategia industrial de largo plazo que promueva inversión productiva, profesionalización empresarial, innovación tecnológica, financiamiento accesible y desarrollo de proveedores. De lo contrario, la Argentina quedará atrapada en un modelo económico basado en exportación de recursos naturales e importación de manufacturas, consolidando su vulnerabilidad externa.
El desafío no es solo detener la caída: es reconstruir una matriz productiva diversificada que vuelva a colocar a la industria como motor del desarrollo económico y la generación de empleo de calidad.