El pueblo se equivoca, si solo se le ofrece a elegir opciones erradas, y erradas serán cuando la dirigencia que las ofrecen persigan la ambición de cargos de instituciones incuestionables en sus privilegios y concentración del poder.
Por Joshua Lentulus Aivazian.
Tras los resultados de la reciente elección legislativa nacional de octubre, y con la imprevisible victoria del oficialismo libertario, distintos sectores sociales y de la oposición se han planteado y exigido una autocrítica. No es la primera, ni tampoco será la última vez, que se plantee, surgida de la autopercibida hegemonía moral de la representación popular. Y es que la llamada ¨derecha¨, o neoliberalismo, se le ha adjudicado una condición elitista y malintencionada en sus políticas y medidas económicas, siendo estas determinadas por intereses conspirativos tras las sombras, como el círculo rojo o el imperialismo extranjero.
Y es que no se trata de un descubrimiento que genera indignación en la sociedad estos determinismos, sino de una lamentable condición de la política argentina. Los señalamientos hechos por la derecha sobre los contratos del gobierno kirchnerista con China, los alineamientos o simpatias políticas con gobiernos como los de Venezuela, Cuba y España, han provocado una reacción justificadora del lado del peronismo sobre estos lineamientos, forzando la contradicción de una simpatía por la esfera socialista del siglo 21 y la socialdemocracia europea, con los principios tercerposicionistas del justicialismo.
Más que una defensa, estas reacciones significaron la sedimentación de una contradicción que fue nivelando los argumentos acusatorios de uno y otro bando. Y mientras el kirchnerismo definió su identidad política en su confrontación contra la derecha, los valores del movimiento peronista se iban convirtiendo en un ritualismo simbólico, reivindicador de un pueblo trabajador industrial extinto, que en su momento apoyaron y juraron lealtad por las tres banderas, y que ahora, persiguen en los retazos del dia a día una mínima estabilidad en su economía doméstica.
Junto a la ciega definición del rival político derechista, también se constituyó un viejo relato determinador de la identidad del pueblo al que se le hablaba. Las grandes prédicas populares sobre la lealtad histórica hacia quienes impulsaron la constitución de derechos sociales y laborales, fueron mermando su impacto identificatorio ante la realidad de las distintas elecciones, ejecutivas y legislativas, desde el 2015 en adelante. Convirtiendo al pueblo de una masa empoderada en su conciencia política, a una veleta que gira de acuerdo a la certeza de los vientos políticos de la dirigencia.
Esto nos lleva a otro error en el señalamiento de los responsables de la derrota del peronismo, y es el subestimar la voluntad de la elección individual del electorado como algo que se le debe recordar y señalar constantemente por la dirigencia y militancia. Ello rebaja a la militancia a un banner publicitario, y al electorado en un paciente impulsivo al que hay que recordarle cuáles deben ser sus intereses representados en su voto. La pregunta es, ¿lo que “Fuerza Patria” ofreció en estas elecciones, representaba la realidad de los intereses inmediatos del electorado?.
La campaña de Fuerza Patria estuvo compuesta mayoritariamente por consignas pesimistas sobre la situación presente, y la futura que iba a acontecer, de continuar gobernando el mileismo. Pero la realidad es que estas elecciones no definían la continuidad del actual gobierno en el ejecutivo, sino la renovación de las dos cámaras del Congreso Nacional, que había demostrado la debilidad de los mecanismos institucionales de peso y contrapeso frente a un ejecutivo inflexible. Se buscaba que dicho conflicto sea traspasado al interés popular, cuando, en su defecto, las leyes, sean decretadas o vetadas, dependían de la voluntad del ejecutivo, más que del legislativo, para su realización efectiva. ¿Y el poder judicial? la institución con la mayor imagen negativa, y también el único poder que no se encuentra determinado en la ocupación de sus cargos por el voto popular, se conformaba a su histórico rol de velador de sus propios intereses, justificando la existencia de gobiernos de facto e inconstitucionales.
Esta situación presente ha hecho retomar la vieja discusión sobre la supremacía ejecutiva del sistema presidencialista, y la necesidad institucional de activar mecanismos jurídicos de control interno como el juicio político. Ello había sido propuesto por el jefe de bancada de Unión por la Patria (UxP), el senador por la provincia de Formosa José Mayans, en el recinto del congreso, argumentando la ilegalidad de la propuesta del presidente Milei de privatizar la energía nuclear. Sin embargo, el interés político pareciera perseguir y conservar esa supremacía presidencial, en lugar de limitarla con nuevas formas de participación ciudadana.
A lo que nos lleva a la conclusión en que si el electorado tomó una decisión arriesgada al votar a un declarado “exterminador” del futuro que vino a destruir la obra pública y al Estado, por la especulación de unas huérfanas esperanzas en que la macroeconomía se estabilice, fue debido a una emulación del actuar de nuestra dirigencia en sus propias decisiones en los armados electorales. El pueblo se equivoca, si solo se le ofrece a elegir opciones erradas, y erradas serán cuando la dirigencia que las ofrecen persigan la ambición de cargos de instituciones incuestionables en sus privilegios y concentración del poder.