En el texto, la autora ofrece una mirada íntima y profundamente humana sobre el impacto del doble terremoto que sacudió a esa hermana nación. Más allá de la destrucción material, invita al lector a reflexionar sobre el dolor, la esperanza y la necesidad de reconstruir también el espíritu de una sociedad golpeada por la tragedia.
Por Chris Soto. Desde Maracay, Venezuela/ La tierra rugió dos veces. El pasado 24 de junio, un doble terremoto azotó Venezuela, dejando devastada el Estado de la Guaira; en Aragua también hemos sentido su paso la desolación que ya conocemos: edificios caídos, infraestructuras comprometidas y un número aún incierto de vidas atrapadas bajo los escombros. La nación se moviliza, las redes claman por ayuda, y los titulares se llenan de cifras, de daños materiales, de esfuerzos de rescate, entre súplicas, peticiones a dios, a las virgencitas , ánimas, universo y a toda fuerza poderosa capaz devolvernos un poco de compasión a nuestras vidas. Pero en medio de este torbellino de información y acción, hay una historia que pocos cuentan, una verdad oculta en el nudo de la garganta de miles de venezolanos: la desesperación silenciosa de aquellos que saben, en lo más íntimo de su ser, que el tiempo se agota para sus seres queridos.
Mientras las cámaras enfocan la heroica labor de los rescatistas y la sociedad apuesta, con una urgencia casi frenética, a que “todo vuelva a la normalidad”, se gesta un abismo inmenso entre lo que sentimos y lo que proclamamos querer. El oxígeno expira bajo toneladas de concreto. Los cuerpos humanos se cansan, y con ellos, la esperanza física se desvanece. El ruido de las máquinas, las sirenas y la multitud se vuelve una muralla más grande y densa que el silencio, impidiendo percibir ese suspiro imperceptible, esa última señal de vida que el corazón se aferra a encontrar. En este caos, el odio y el ego parecen encontrar nuevas avenidas para viralizarse, añadiendo una capa más de amargura a un ya insoportable dolor colectivo, una inmensa necedad los alienta a buscar likes y repost, bajo la mirada grotesca de monetizar la bondad.
Es curioso, y doloroso, observar cómo en momentos como este dirigimos una mirada de amor y misericordia incondicional, ternura y una sublime admiración a los animales, especialmente a los perros de rescate. ¿Por qué? Porque sin hablar, sin pedir explicaciones, y a menudo recibiendo menos de lo que damos a nuestros semejantes, ellos siguen allí, olfateando la ruina, queriendo encontrar aquello que, como sociedad, a veces damos por perdido: la vida. Su persistencia, su lealtad, su inquebrantable búsqueda nos confrontan con una verdad incómoda: ¿Hemos perdido algo de esa pureza en nuestra propia especie? ¿Es su simple existencia un espejo de la vida, de la esperanza, que buscamos desesperadamente en nosotros mismos?

Quizás la verdadera lección de este doble sismo en Venezuela no sea cómo reconstruimos lo que se ha caído, sino cómo reconstruimos lo que somos, lo que sentimos, y lo que ya no podremos volver a tener. En lugar de regresar a una “normalidad” que a menudo ignora la fragilidad humana y la importancia de lo esencial, esta catástrofe nos implora transformarnos en aquello que debemos ser cada día, y lo debemos de cultivar en una generación que más temprano que tarde, serán nuestros relevos.
Es un llamado a detenernos, a bajar el volumen del ruido externo e interno, a mirar a los ojos a quienes tenemos al lado –familia, vecinos, desconocidos– y a reconocer lo verdaderamente importante e imprescindible en nuestra vida. No solo lo material, no solo lo productivo, sino la conexión humana, la empatía, la compasión desinteresada. Que la sacudida del 24 de junio de 2026 en el país, no solo sea recordada por los daños estructurales, sino por la profunda transformación que instigó en el alma de un pueblo, recordándonos que la vida es un milagro frágil, virtuoso, una joya de impoluto valor, la divinidad que existimos y que seguir aquí es un privilegio profundamente prodigioso, que el derecho a la vida merece ser defendida, valorada y buscada incansablemente, incluso cuando el silencio se traga el último respiro.
Posdata: vivimos todos los días.
Amemos de la misma forma.