La escena fue repetida múltiples veces durante la campaña: Scioli bajando de un helicóptero, los boinas azules –de Bahía Blanca, La Plata o La Matanza, el distrito es indiferente- esperándolo en posición militar, el candidato agradeciéndoles por “dar la vida” por la seguridad en discursos que no superaban los 15 minutos y las boinas volando por el aire como festejo, al estilo norteamericano de ceremonia de graduación. Después selfies para todos de DOS con los jóvenes policías, en su mayoría mujeres veinteañeras.
La inauguración de nuevas policías se convirtió en un eslabón clave de la campaña de Scioli: demostrar gestión y brindar “soluciones” a la problemática de seguridad. La aparición de las policías locales implicó entonces módulos de capacitación exprés: los oficiales tenían que estar en la calle antes de las elecciones primarias. La formación, de apenas siete meses, quedó en un segundo plano. Y la mayoría de los inscriptos fueron jóvenes de entre 18 y 35 años, que se anotaron en la fuerza pensando en una salida laboral estable, no en “dar la vida” por la seguridad.
Párrafo aparte merece la fallida intención de crear por ley a las policías locales, una demostración de falta de consenso entre las fuerzas políticas de la Legislatura bonaerense frente a un tema verdaderamente delicado.
A pesar de las críticas que recibió de parte de los sectores defensores de la seguridad democrática, las policías comunales “de prevención” fueron bien recibidas por los intendentes de la Provincia, tanto en el interior profundo como en el cinturón del conurbano.
Al inaugurar su respectiva fuerza, Jorge Ferraresi, intendente de Avellaneda, destacó “la decisión y la valentía del gobernador Scioli” y les agradeció a los flamantes agentes “por esta decisión llena de vocación para cuidar a nuestra sociedad”. En el interior serrano, José Eseverri, intendente de Olavarría habló de la necesidad de “aumentar la presencia del policía caminando, generando proximidad y confianza con el vecino, en un trabajo de cercanía que no puede darse con la policía de la Provincia”.
El gobernador Scioli proyecta para el final de su mandato llegar a 90 mil efectivos de policía, entre las distintas instancias, porque eso va a ir “generando gradualmente una baja sostenida en los índices de inseguridad”. 90 mil personas es la cantidad aproximada de algunos municipios bonaerenses, como Berisso o General Rodríguez, según el censo de 2010. Se podría crear, prácticamente, un poli-distrito.
Esta idea de la saturación de la vigilancia cobró su auge con aquella “teoría del helado” del ministro de seguridad bonaerense, Alejandro Granados. Durante el verano de 2014, en medio del Operativo Sol, el intendente en uso de licencia de Ezeiza desarrolló su concepto de filosofía policial: “Cuando estemos en una plaza comiendo un helado tiene que pasar el móvil de la policía de la Provincia, cuando vas por la mitad del helado tiene que pasar el móvil de la Gendarmería, y cuando estás terminando el cucurucho tenés que ver el móvil de la policía local”.
Hay un factor silencioso que no se pone en discusión y que supone una bomba de tiempo: la posibilidad del choque de fuerzas policiales por la trama de vínculos históricos de la Bonaerense con el juego, la trata y las drogas. Si estalla esa bomba todos saldrían perdiendo; es un juego de poder entre personas que portan 9 milímetros.