(por Andrés Fidanza) El 1-A empujó al gobierno hacia un doble conservadurismo: tanto en lo discursivo, como en la táctica electoral. Una decisión paradojal, para un partido que nunca creyó en el poder de las movilizaciones. Al radicalizar su speech, al punto de satisfacer la sed de sangre (populista y sindical) de su núcleo de votantes, el macrismo revela una resignación: no tiene demasiadas perspectivas de ampliar su techo en las legislativas.
Ante la imposibilidad de acercarse al apoyo obtenido en el balotaje, desde Casa Rosada optan por consolidar su piso. Y si bien el riesgo es correrse del centro y abandonar su intento de seducción a los sectores no polarizados (¿massistas?), lo cierto es que esa suerte de tercera posición pasa por su peor momento. Con el Frente Renovador algo desdibujado, el macrismo apunta a crecer desde su base histórica, y así atravesar con un éxito módico (ese ya es el objetivo de máxima) el trámite de las legislativas. Si existieran resultados económicos de los que jactarse, el plan sería otro. Pero a la fecha no los hay, y entonces el mini 17 de octubre macrista apuró la vía del endurecimiento.
Así, con fe renovada en la hoja de ruta propia, Mauricio Macri y sus ministros ensayan el papel de policías malos contra las diversas mafias que traban el cambio: gremios, piquetes y populismo. En síntesis, contra el paro reciente de la CGT. "El paro del transporte", como buscó ningunearlo Marcos Peña. De fondo y más allá de algunos detalles, el adversario es el kirchnerismo. Para algunos funcionarios, ya ni hace falta adjetivar a la fuerza de Cristina Kirchner: "La jueza Dora Temis tiene antecedentes kirchneristas", explicó el ministro de Trabajo Jorge Triaca. Y ese mero planteo le alcanza al gobierno para recusar a la jueza que ordenó convocar a la paritaria nacional docente, dispuesta por ley.
Tal es la batalla mental que, por estos días, libra el macrismo. Polarizar y estigmatizar. Así busca la carambola de diluir al massismo y, llegado el momento, pelear contra un boxeador viejo, cansado y desprestigiado. En el reparto de roles interno, sin embargo, existen algunos matices: por decisión del equipo comunicacional que hegemoniza Casa Rosada, Marcos Peña se desempeña como el más malo de los gendarmes macristas, dejando a Macri en un plano (apenas un poco) más conciliador.