A comienzos de mayo del presente año, la oficina del primer ministro israelí Netanyahu, hizo pública la circulación de unas imágenes hechas por I.A. del proyecto Gaza 2035.
Por Joshua Lentulus Alvazian
Bajo el título “De la crisis a la prosperidad: un plan para la transformación de la Franja de Gaza de la agresión iraní al eje moderado”, se muestran imágenes que reflejan una visión utópica de la Franja de Gaza. Esta “utopía”, se plantea a sí misma como la superación del presente conflicto, una vez que Israel consiga la victoria y control absoluto de un territorio reducido a escombros.
Es interesante observar los detalles de esta ciudad, que es difundida desde su utilidad estratégica en lo económico y comercial, antes que lo humanitario, fragmentando el ordenamiento político de un pueblo, y por ende, destruyendo toda su soberanía. En ella se proyecta una economía industrial y comercial de vehículos eléctricos, baterías y tecnologías ecológicas, sustentado con energía solar y eólica, mientras que por sus cosmopolitas avenidas se ostentan torres de cristal futuristas, definidas como “arquitectura moderada”.
No es la paz que surge del perdón, sino del orgullo de tener razón una vez que sea ganada una guerra lo que manifiesta la “utopía” israeli. No se proyecta ninguna construcción de viviendas, escuelas u hospitales, mientras que se propone la tercerización de la ayuda humanitaria por los países árabes aliados, en las llamadas “zonas seguras”. En ellas se encontrarían el pueblo palestino, viviendo en el blanqueo urbano de la precariedad del asistencialismo. En donde la vida es estimada en la gratitud al vencedor de no aniquilar por completo a la población.
Ello refleja la agónica extensión de una moral moderna del sometimiento del hombre hacia la prosperidad económica y el progreso permanente, siendo definido el progreso en la actualidad, como el desarrollo de las tecnologías ecológicas para salvar al planeta. “Salvar al planeta”, se convirtió en el reemplazo de la humanidad como el objetivo de la prosperidad económica, mientras que la “libertad” comercial significa el desarraigo definitivo de un pueblo bajo el “plan Marshall” del sionismo.
La propuesta se pretende demostrar como el resultado supremacista de los labradores del desierto, que, al erradicar la violencia palestina con la paz de las fosas comunes, buscan establecer el consenso en el reconocimiento de los espectadores cosmopolitas del mundo, siempre selectivos al poder recortar y señalar desde la distancia quienes son “racionales y humanos” y quienes “intolerantes radicalizados”. Mientras que en la cercanía, la vigilancia, el cautiverio, el terror y las torturas han sido los medios predilectos para imponerse por la fuerza bruta, acusando de terrorismo a la reacción ante la injusticia de vivir en un cautiverio zoológico.
En estos guetos posmodernos, el medio israelí Ynet comunica que “los palestinos de Gaza formarán la “Autoridad de Rehabilitación” que gestionará las “zonas seguras” y garantizará que estén libres de la “ideología de resistencia radical”. La propuesta fragmentaria de una política sin soberanía económica , ni capacidad de autodefensa, nos hace remontar a la administración política de la mayor expresión de la barbarie de la modernidad científica del siglo XX, el nazismo. Ellos crearon los “judenrat”, que eran asambleas de judíos encargados de la administración de los guetos. Sus integrantes, que a los ojos compasivos de la comodidad histórica presente, eran justificados por la necesidad de la supervivencia en ese momento, siendo casualmente, el argumento de uno de los personajes más infames de esos consejos, el empresario Mordechai Chaim Rumkows, encargado de dirigir el gueto de Lodz, quien excusaba su despotismo y complicidad con que evitaba que las matanzas fueran peores.

Hoy, somos testigos de un sedentarismo moral, en donde los relatos reemplazan a los hechos en la comodidad de no exigir acciones que reivindiquen la verdad de la vida, en la resistencia de su cultura, pueblo y fe. Permitiendo que todo ello sea gestionado por otros, como la economía por los colaboracionistas árabes, la seguridad por Israel y la cultura por occidente, siendo la paz la ausencia del otro en su verdad a través de la soberanía organizada en cada uno de esos medios. Hace años que la ultima soberanía de la que dispone el pueblo palestino es el de la violencia y la fe, ambas, acusadas de terrorismo en el relato, de quienes en los hechos llevan ya exterminados a mas de 39.090 palestinos.
El culto a los resultados instrumentales ha opacado los principios del orden moral. Los espíritus se han tornado en fantasmas, y la historia en una propaganda, profanando la vida en su potencial, para restringirla en su utilidad, ¿de que sirven quienes viven en el desierto y no construyen torres de cristal ni manejan coches eléctricos? sirven para sus familias, hijos y hermanos, por quienes lloran en el desierto moral de la posmodernidad.