El Presidente acusó al kirchnerismo de intentar “destruir el plan económico o incluso matarlo”, en un intento desesperado por desviar la atención del escándalo que involucra a su hermana y a la cúpula de Casa Rosada.
En medio del escándalo por los audios que comprometen a Karina Milei en maniobras poco claras, el Gobierno volvió a apostar a la sobreactuación y la denuncia altisonante. Esta vez fue el propio presidente Javier Milei quien, en una entrevista con Louis Sarkozy, lanzó acusaciones que rozan lo inverosímil: aseguró que el kirchnerismo no solo busca frenar leyes en el Congreso o alentar protestas, sino que incluso estaría dispuesto a atentar contra su vida.
La jugada, que llega tras el intento oficial de censurar a periodistas y medios por difundir grabaciones de la secretaria de la Presidencia, refleja un patrón cada vez más evidente: correr el eje de la discusión pública para evitar que se hable del corazón del problema, la corrupción en las altas esferas del Gobierno.
El jefe de Estado habló de “todo o nada” y anticipó que el kirchnerismo quedará “herido de muerte” después de las próximas elecciones. Sin embargo, la escalada discursiva exhibe más un intento de supervivencia política que una estrategia racional. A medida que crece el malestar social y la economía se desangra, el presidente apela a un libreto dramático que lo presenta como víctima de conspiraciones.
El contraste es evidente: mientras Milei fantasea con un supuesto magnicidio, la que sí sufrió un ataque real fue Cristina Fernández de Kirchner en 2022, cuando un atacante le gatilló en la cabeza frente a su domicilio. El presidente, en cambio, utiliza esa narrativa como recurso para evadir responsabilidades por la crisis y por los manejos oscuros de su propio entorno.
Pero la reiteración del mismo mecanismo —montar un escándalo nuevo para tapar el anterior— muestra señales de desgaste. En el Congreso avanzan los pedidos de informes sobre contratos, licitaciones y vínculos poco claros de funcionarios cercanos a Karina Milei, Eduardo “Lule” Menem y Martín Menem. En paralelo, las encuestas reflejan una caída sostenida de la imagen presidencial.
Lejos de transmitir fortaleza, el recurso de presentarse como víctima de una supuesta conspiración mafiosa deja en evidencia un gobierno que ya no logra controlar la agenda pública y que recurre al dramatismo religioso como último recurso. La frase de Milei —“Si Dios nos acompaña”— termina sonando más como ruego desesperado que como convicción de liderazgo.