Lula y la promesa de que el desarrollo llegue a todos

Por Chris Soto

En su intervención ante las Naciones Unidas, Luiz Inácio Lula da Silva volvió a defender una idea que ha acompañado buena parte de su trayectoria política: que los países puedan decidir su propio rumbo económico y que el desarrollo sea sostenible, pero también compartido. El desafío, en Brasil y en toda América Latina, es convertir esa promesa en mejoras concretas para la vida cotidiana.

La igualdad de oportunidades ocupa un lugar central en ese debate. El acceso a una educación de calidad, a empleos dignos y a una economía capaz de abrir caminos —en lugar de cerrarlos— influye en las posibilidades de una persona y en el futuro de un país. Para millones de brasileños, esas aspiraciones se miden en asuntos cercanos: el ingreso del hogar, la seguridad, el trabajo y la posibilidad de ofrecerles un futuro mejor a sus hijos.

La historia de Lula forma parte de su autoridad política y de las controversias que lo rodean. Obrero metalúrgico y fundador del Partido de los Trabajadores, llegó a la presidencia tras construir una carrera ligada a los sindicatos y a sectores populares. En 2018 fue encarcelado; en 2021, el Supremo Tribunal Federal anuló sus condenas por cuestiones de competencia judicial. Su trayectoria sigue despertando adhesiones y críticas, una expresión de las profundas divisiones que atraviesan la política brasileña. Sin embargo hemos visto la movilización de un país que lo apoya, le sonríe, lo abrazan y ven en él un ser humano, capaz de transformar lo que se amerita.

En materia de derechos de las mujeres, Lula ha denunciado la violencia de género y la discriminación en la vida pública. El compromiso, se mide también por sus resultados: por la prevención de los feminicidios, la protección efectiva de las víctimas y la presencia de mujeres en espacios de decisión en el esquema político de Brasil. La autonomía económica es parte de ese camino. También lo es reconocer el trabajo doméstico y de cuidados, históricamente poco valorado y realizado, en gran medida, por mujeres. Reconocerlo no significa limitar el papel femenino a la maternidad, sino comprender que cuidar es una labor esencial que debe ser valorada y compartida.

Los indicadores económicos ofrecen señales importantes, pero no cuentan por sí solos toda la historia. El crecimiento del producto interno bruto y la reducción del desempleo pueden abrir oportunidades; es esa la visión más interesante de un país defendiendo su propia economía.
También persisten retos en materia de servicios públicos, equilibrio fiscal y protección ambiental. Son estas necesidades aún no superadas las que convocan a seguir un programa de gobierno en desarrollo y planificación.

Para los países vecinos, Brasil es una referencia por su tamaño y su influencia. Sus avances pueden alentar; sus dificultades recuerdan que ningún gobierno resuelve en soledad problemas estructurales. El debate sobre el futuro político de Lula —y sobre un eventual cuarto mandato— convoca, por tanto, algo más que una valoración personal: plantea qué modelo de desarrollo puede sostener la prosperidad y repartir sus beneficios con mayor justicia.

Que decida el pueblo, sus ciudadanos y ciudadanas, con información y asertividad. Y que esta futura victoria, pueda convertirse en puente: hacia acuerdos, oportunidades y una evolución que se sienta en la vida de la gente.

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