En el entorno del expresidente arden de furia por las maniobras mediáticas de la senadora. Cada vez que Patricia Bullrich sobreactúa distancia crítica de la Casa Rosada, expone la sumisión del macrismo ante Javier Milei y desata acusaciones cruzadas de traición.
La convivencia dentro de la exAlianza Cambiemos y el golpeado espacio del PRO alcanzó un punto de ebullición insostenible. En la mesa chica de Mauricio Macri las alarmas están encendidas y la furia contra Patricia Bullrich ya no se disimula en los pasillos de la sede partidaria. “Cada vez que Patricia se diferencia del Gobierno, quedamos como unos boludos”, lanzó sin piedad un estrecho colaborador del expresidente, resumiendo el malestar del espacio frente a los giros mediáticos y las jugadas individuales de la senadora.
El detonante del enojo macrista son las sistemáticas sobreactuaciones de la exministra de Seguridad, quien alterna entre la defensa irrestricta de las políticas de ajuste libertarias y repentinos arrebatos de “rebeldía” en redes sociales cuando los recortes del Poder Ejecutivo afectan sus propios intereses o su perfil político. Para Macri y sus operadores de confianza, cada una de esas maniobras no hace más que dejar al desnudo la falta de conducción y la total falta de estrategia del partido amarillo ante las decisiones de la Casa Rosada.
En el entorno de Macri consideran que las provocaciones digitales de la senadora descolocan a todo el bloque de senadores y diputados que intenta, a duras penas, negociar espacios de poder con el Gabinete libertario. Mientras el fundador del espacio pretende mostrarse como un “socio responsable” o un vector de gobernabilidad ante Javier Milei, los movimientos desmedidos de Bullrich generan cortocircuitos que terminan dejando al PRO desdibujado y sin capacidad de incidir en la agenda nacional.
La disputa pone de manifiesto la crisis existencial y la fragmentación que atraviesa la dirigencia del espacio amarillo. Divididos entre la cooptación abierta por parte del ecosistema libertario y el temor a terminar borrados del mapa político, los principales referentes del partido perdieron la capacidad de coordinar una postura unificada, cayendo en un fuego cruzado que roza el absurdo.
Esta feroz interna expone el verdadero estado de la derecha tradicional: una dirigencia acorralada, sin territorio y atrapada en reproches mutuos de lealtad. En lugar de ofrecer soluciones frente al ajuste severo y la recesión económica que golpea al país, el macrismo destina sus últimos esfuerzos a batallas de camarilla por quién queda peor parado frente al experimento de la Casa Rosada.