La crisis industrial sigue profundizándose y suma un nuevo capítulo de extrema preocupación en Córdoba. Los trabajadores de Pauny, una de las principales fabricantes nacionales de tractores, resolvieron tomar las instalaciones de la planta ubicada en Las Varillas ante la falta de respuestas empresariales por los salarios adeudados.
La escena remite inevitablemente a los momentos más dramáticos de la crisis de 2001: trabajadores que, frente al derrumbe de una empresa y la incertidumbre sobre su futuro laboral, deben organizarse para defender sus fuentes de empleo y reclamar el dinero que les corresponde. La diferencia es que esta vez el conflicto se desarrolla en una fábrica que logró reconstruirse precisamente después de la quiebra de Zanello, hace 25 años.
La medida de fuerza llegó después de dos audiencias infructuosas en la Secretaría de Trabajo de Córdoba. Según denunció la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), la empresa no presentó un plan concreto para cancelar la deuda salarial ni ofreció garantías sobre el futuro de la actividad. La situación de los trabajadores es cada vez más angustiante: algunos llevan meses padeciendo irregularidades en el cobro de sus haberes y ahora acumulan tres quincenas impagas.
Pero el conflicto no se limita a los salarios. El gremio también denunció que la compañía retuvo descuentos correspondientes a jubilaciones, obra social, cuota sindical y otras obligaciones laborales sin depositarlos en los organismos correspondientes. Una situación que puede comprometer incluso la cobertura médica y previsional de los empleados.
UNA EMPRESA ASFIXIADA FINANCIERAMENTE Y UNA INDUSTRIA QUE NO ENCUENTRA SALIDA
Los números de Pauny reflejan la profundidad del deterioro. Según los registros del Banco Central, la compañía acumula deudas bancarias superiores a los $30.800 millones y 168 cheques rechazados por falta de fondos, por un monto total de $1.237,9 millones.
La caída de las ventas y las dificultades para sostener el capital de trabajo golpearon directamente la producción. La fábrica venía funcionando con un esquema reducido de actividad, concentrado entre miércoles y viernes, mientras los trabajadores percibían apenas el 75% de sus salarios. Sin embargo, las dificultades financieras y comerciales terminaron agravando el escenario hasta desembocar en la paralización de la planta.
A este cuadro se suma la creciente competencia de maquinaria agrícola importada, especialmente de origen asiático, que ingresa al mercado con precios difíciles de igualar para los fabricantes nacionales. La combinación de menores ventas, dificultades de financiamiento y pérdida de competitividad amenaza con profundizar el deterioro de una industria estratégica para la producción agropecuaria argentina.
La empresa busca incorporar nuevos inversores que aporten capital para sostener su funcionamiento, pero hasta el momento no existe un acuerdo concreto que permita despejar la incertidumbre. Mientras tanto, los trabajadores siguen esperando una respuesta que les permita cobrar sus salarios y recuperar cierta tranquilidad.
EL FANTASMA DE ZANELLO Y LA HISTORIA QUE VUELVE A REPETIRSE
La gravedad del conflicto tiene un componente histórico particularmente significativo. Pauny nació en 2002, luego de la quiebra de Zanello, cuando sus trabajadores, junto con antiguos directivos y concesionarios, consiguieron recuperar la fábrica y poner nuevamente en marcha la producción mediante un esquema cooperativo y asociativo.
Aquella experiencia se convirtió en un símbolo de recuperación industrial y de defensa del empleo. Ahora, un cuarto de siglo después, la empresa vuelve a atravesar una situación crítica, con cientos de familias pendientes de una solución y una fábrica paralizada por la falta de recursos.
El impacto, además, excede a los 450 trabajadores directos. Pauny constituye una de las principales fuentes de empleo de Las Varillas y sostiene una red de proveedores y pequeñas empresas metalúrgicas de la región. Una eventual paralización prolongada podría multiplicar las consecuencias sociales y económicas sobre toda la comunidad.
La situación vuelve a encender las alarmas sobre el presente de la industria nacional. Detrás de cada fábrica que reduce su producción, acumula deudas o deja de pagar salarios hay trabajadores que pierden ingresos, familias que quedan expuestas y localidades enteras que ven amenazada su actividad económica.
En Las Varillas, los operarios decidieron quedarse dentro de la planta porque ya no tienen margen para seguir esperando. La historia de Pauny, que nació de la resistencia de los trabajadores frente a una quiebra, vuelve a poner sobre la mesa una pregunta inquietante: ¿cuántas empresas industriales podrán sobrevivir a este escenario de caída de ventas, endeudamiento y competencia importada antes de que sea demasiado tarde?