El socavamiento financiero a las provincias y las exigencias partidarias impuestas desde Buenos Aires enfrían los acuerdos distritales. El “libertarismo puro” choca con los intereses de los gobernadores aliados.
El sociólogo, investigador de sociedad, cultura y religiones, Fortunato Mallimaci, dialogó con Caballero de día acerca de los vínculos entre la política y la religión en el gobierno de Javier Milei y las implicancias institucionales de su discurso mesiánico.
El experimento electoral que La Libertad Avanza pretende replicar en las provincias comienza a evidenciar grietas. Gobernadores que hasta hace poco se mostraban abiertos al diálogo con la Casa Rosada ahora se repliegan, molestos por las imposiciones de Karina Milei y la falta de respuestas ante las urgencias financieras locales.
Mientras desde Buenos Aires se pretende imponer nombre, color y listas en cada distrito, los aliados naturales del oficialismo nacional encuentran cada vez menos motivos para subordinar sus marcas locales a un sello que, más allá del éxito en la Ciudad, no ha logrado tracción masiva en el interior.
La negativa del radical Gustavo Valdés en Corrientes a sellar una alianza electoral con el Gobierno marcó un punto de inflexión. En la Rosada temen un “efecto contagio” entre gobernadores que hasta ahora sostenían con pinzas su cercanía a la administración libertaria.
El pedido de Milei no es menor: que todos los frentes provinciales se llamen La Libertad Avanza, lleven el color violeta y se construyan sobre las condiciones impuestas desde Capital. Para fuerzas con poder territorial consolidado –como la UCR en Mendoza o Corrientes–, el costo simbólico y operativo resulta desproporcionado frente a los beneficios inciertos.
En paralelo, la presión fiscal, la eliminación de transferencias discrecionales y la paralización de obras nacionales alimentan el malestar incluso entre los mandatarios más permeables al armado electoral libertario. Gobernadores como Rogelio Frigerio (Entre Ríos) o Claudio Poggi (San Luis) exigen garantías económicas que el Ejecutivo no parece dispuesto a ofrecer.
La situación se agrava por las internas dentro del propio oficialismo. En provincias como Chaco o Córdoba, los armados están cruzados por tensiones sobre las listas y los liderazgos. Mientras tanto, en la Ciudad, el laboratorio libertario prepara su apuesta fuerte: enfrentar al PRO con una boleta encabezada posiblemente por Patricia Bullrich para el Senado, como parte de la guerra fría entre los hermanos Milei y Jorge Macri.
En resumen, lo que en 2023 fue un aluvión electoral disruptivo, en 2025 podría transformarse en una fuerza encerrada en su propio diseño centralista, sin capacidad real de seducir a los jefes territoriales que le dieron aire en el Congreso. La supuesta “federación de libertarios” corre el riesgo de deshilacharse antes de ver la luz.