El último acto encabezado por Javier Milei dejó una imagen que no pasó inadvertida: la de Karina Milei, habitualmente mostrada como la figura fuerte y reservada del armado libertario, visiblemente golpeada y con un semblante distinto al que suele exhibir. Acostumbrada a manejar los hilos del espacio con discreción y autoridad, su aparición contrastó con la imagen de control que suele proyectar.
En los corrillos políticos se interpretó su actitud como una señal de desgaste. El trasfondo de internas, las crecientes críticas a su estilo de conducción y los rumores de tensiones con algunos aliados del oficialismo habrían impactado en la llamada “Jefa”, que se mostró menos firme y con un gesto adusto durante todo el acto. La exposición pública la encontró en un momento de debilidad poco habitual.
Los analistas señalan que Karina Milei viene atravesando semanas complejas, atravesadas por sospechas de corrupción en la gestión y por el fracaso en la estrategia electoral en provincia de Buenos Aires. A eso se suma el malestar interno de dirigentes libertarios que cuestionan decisiones tomadas desde la intimidad presidencial y que la tienen a ella como principal responsable.
Lo ocurrido en el acto no solo alimenta versiones sobre el desgaste de la hermana del Presidente, sino que abre interrogantes sobre la cohesión del núcleo más cerrado del oficialismo. Karina Milei, que hasta ahora se había mantenido como un símbolo de fortaleza y poder en la sombra, se mostró vulnerable. Y esa imagen, en política, siempre deja huella.