Según los últimos relevamientos del sector, el consumo cayó un 6,8% interanual y alcanzó uno de los niveles más bajos de las últimas dos décadas, reflejando el impacto de la inflación y la pérdida del poder adquisitivo sobre los hábitos cotidianos de millones de familias.
La carne vacuna, históricamente vinculada a la identidad cultural y alimentaria del país, se convirtió en uno de los indicadores más visibles de la crisis de consumo. El aumento sostenido de los precios obligó a muchos hogares a reducir las compras de cortes tradicionales, optar por cantidades menores o reemplazar directamente la carne vacuna por alternativas más económicas como pollo, cerdo o productos elaborados.
El cambio se percibe tanto en supermercados como en carnicerías barriales. Comerciantes aseguran que las ventas continúan en caída y que cada vez más clientes buscan promociones, cortes baratos, carne picada o menudencias para sostener el consumo. En algunos casos, incluso el asado dejó de formar parte de las reuniones familiares habituales debido al costo que implica.
Desde cámaras frigoríficas y entidades agropecuarias advirtieron que el consumo per cápita anual se encuentra en mínimos históricos para un país tradicionalmente ganadero. Durante décadas, Argentina se ubicó entre las naciones con mayor consumo de carne vacuna del mundo, pero la combinación entre inflación, salarios rezagados y aumento de costos comenzó a modificar esa realidad.
A la caída del poder de compra se suma el incremento de los costos de producción. Productores señalan que el precio del alimento para el ganado, los combustibles, la logística y los servicios impacta directamente sobre el valor final que pagan los consumidores. El resultado es un mercado interno debilitado, donde las familias priorizan gastos esenciales y restringen consumos considerados históricos dentro de la dieta argentina.
El retroceso también preocupa a la industria frigorífica, que observa una desaceleración en la actividad y una menor demanda local, tradicionalmente uno de los pilares del sector. Frente a este escenario, muchas empresas apuestan a las exportaciones como vía para sostener la producción y amortiguar la caída del mercado interno.
Economistas coinciden en que la baja del consumo de carne vacuna funciona como un termómetro social y económico. En un país donde el asado simboliza parte de la vida cotidiana y cultural, la reducción en las compras no sólo refleja un cambio alimentario, sino también el alcance de una crisis que impacta de lleno sobre la capacidad de consumo de los hogares.
Aunque algunos sectores mantienen expectativas de recuperación si mejora el poder adquisitivo, reconocen que el escenario sigue siendo incierto y que muchos hábitos podrían transformarse de manera permanente incluso en un contexto económico más favorable.