Según datos del Banco Central, las compras de dólares por parte de los argentinos aumentaron 35% mensual en julio, hasta superar los u$s3.000 millones. Al mismo tiempo, las ventas retrocedieron 13%, hasta apenas u$s608 millones. La explicación es obvia: la gente cree que el dólar súper barato no durará mucho y quieren comprar antes de que aumente el precio.
El modelo de Javier Milei no cierra por ningún lado: con inflación corriendo al 35% anual, el dólar planchado se abarata mes a mes. Para la economía es una bomba atómica que encarece los productos nacionales. Pero el modelo se muerde la cola: porque ese dólar barato es una tentación para los argentinos que cuentan con ahorros, que son cada vez menos pero todavía un número considerable. Más compra de dólar, más presión sobre el precio del billete verde.
Para el gobierno es una encrucijada: si mantiene el dólar atrasado, sufre la actividad y con la inflación corriendo al 2% mensual, se profundiza el atraso. Si devalúa, la actividad también sufre y se dispara la inflación. El modelo no cierra.