Frente a los números negativos de actividad, el funcionario parece haber cambiado las certezas por un curioso repertorio de explicaciones: menos gas, más lluvias, nevadas, el Mundial de fútbol y ahora también hasta la visita del Papa.
En abril, el ministro de Economía, Luis Caputo, aseguraba que la Argentina había ingresado en un “proceso virtuoso” y lanzaba una de sus promesas más grandilocuentes: los 18 meses siguientes serían “los mejores que Argentina haya visto en las últimas décadas”. Apenas cinco meses después, frente a los números negativos de actividad, el funcionario parece haber cambiado las certezas por un curioso repertorio de explicaciones: menos gas, más lluvias, nevadas, el Mundial de fútbol y hasta la visita del Papa.
El dato que obligó a Caputo a salir a explicar la situación fue el resultado del EMAE de julio, que registró una caída del 1,4% interanual y un derrumbe del 2,9% respecto de junio. Frente a semejante retroceso, el ministro sostuvo que durante el mes se produjeron distintos “shocks transitorios” que golpearon a varios sectores de la economía.
Según su explicación, la industria manufacturera sufrió por una menor disponibilidad de gas, mientras que las mayores lluvias y nevadas afectaron a la construcción, la minería y algunos servicios. Pero el listado de factores no terminó allí: Caputo también mencionó las menores horas trabajadas vinculadas al Mundial de fútbol disputado durante el año.
Y, como si el Mundial no fuera suficiente para explicar los tropiezos de la economía, el ministro también vinculó la volatilidad de los mercados con la visita del Papa. Según planteó, la llegada del pontífice podía generar movimientos transitorios en la actividad y en el comportamiento de los mercados. Así, el repertorio oficial para explicar los problemas económicos terminó incorporando un elemento tan inesperado como difícil de tomar en serio: la agenda papal.
El contraste con sus propias previsiones resulta todavía más evidente. En abril, Caputo aseguraba que la inflación se encaminaba hacia su “certificado de defunción” y que el país ingresaba en una etapa de mayor crecimiento. Ahora, ante los datos adversos, el ministro busca relativizar el retroceso destacando que la actividad acumuló un crecimiento del 1,7% durante los primeros siete meses de 2026.
El problema es que el dato mensual de julio no parece acompañar el relato oficial. De los 15 sectores que integran el EMAE, apenas siete registraron aumentos interanuales, mientras que los restantes mostraron retrocesos. La economía, por lo tanto, continúa exhibiendo un comportamiento desigual y sectores que todavía no consiguen recuperar dinamismo.
El escenario también choca con el discurso triunfalista que el Gobierno mantiene puertas afuera del país. Mientras la administración de Javier Milei promociona en el exterior una Argentina transformada, lista para recibir inversiones y encaminada hacia una nueva etapa de crecimiento que la convertiría en una potencia mundial, distintos indicadores comenzaron a exhibir dificultades en actividad, consumo y empleo. Incluso el riesgo país superó los 600 puntos en septiembre, en un contexto que obligó al Gobierno a buscar alternativas para sostener la confianza financiera.
“Los paros, el Mundial o ahora la visita del papa afectan las mediciones y hacen que tenga más volatilidad” Luis Caputo remarcó que “la tendencia ciclo saca el ruido económico” y afirmó: “El EMAE desestacionalizado no refleja la realidad”. https://t.co/ASi4qayIoq https://t.co/rX6TEu6EB4
— Corta (@somoscorta) October 6, 2026
Pero Caputo no abandonó el optimismo. Durante la Argentina Week en París volvió a reivindicar su diagnóstico y aseguró que el Gobierno había producido un “punto de inflexión” y que la Argentina se encaminaba a conseguir cuatro años consecutivos de superávit financiero.
Así, mientras los datos muestran una economía que vuelve a pisar el freno, el ministro continúa defendiendo la idea de una transformación exitosa. La diferencia es que, cuando aparecen los números negativos, el repertorio de explicaciones parece ampliarse: primero fueron los “shocks transitorios”; después, el gas, las lluvias, las nevadas, el Mundial y ahora hasta la visita del Papa.
La escena resulta casi caricaturesca: en abril eran “los mejores 18 meses” en décadas y la inflación tenía su “certificado de defunción”; cinco meses después, una caída de la actividad puede explicarse por el clima, las horas destinadas a mirar fútbol y hasta por la volatilidad asociada a una visita papal. Por ahora, aquella prometida edad de oro de la economía argentina sigue sin aparecer, pero las excusas para explicar su ausencia no dejan de multiplicarse.