Detrás del dato oficial del INDEC se esconde una dinámica más profunda: el mercado laboral argentino terminó el año con una erosión generalizada en la capacidad de compra, que golpeó con mayor fuerza en el tramo final.
Según el organismo estadístico, los salarios registrados —tanto públicos como privados— aumentaron 28,8% en términos nominales, pero quedaron claramente rezagados frente a una inflación acumulada del 31,5%. El resultado fue una pérdida interanual del 2,1% real. Sin embargo, el impacto no fue homogéneo a lo largo del año: la mayor parte del deterioro se concentró en el último cuatrimestre, cuando el poder adquisitivo se contrajo un 2,5%. Solo en diciembre, los sueldos subieron 2%, mientras que el IPC marcó 2,8%, ampliando la brecha y profundizando la caída.
Como advirtió el economista Gabriel Caamaño, los ingresos del sector privado se retrotrajeron “a niveles de septiembre-octubre de 2024”, confirmando que la recuperación previa fue frágil y terminó diluyéndose ante el nuevo impulso inflacionario.
Un ajuste desigual: el Estado como principal variable
La fragmentación del impacto expone con claridad el peso del ajuste sobre el empleo público. En diciembre, los salarios estatales apenas aumentaron 1% nominal, lo que implicó una pérdida real mensual del 1,8%, convirtiendo al sector en el más castigado. En contraste, el sector privado registrado tuvo un incremento del 2,5% nominal y una caída real más acotada, del 0,3%.
La brecha se vuelve aún más significativa si se toma como punto de partida noviembre de 2023. Desde entonces, el salario real del sector público acumula un desplome del 17,03%, mientras que el sector privado registrado muestra una caída mucho menor, del 1,55%. El ajuste, así, no solo es profundo sino también selectivo.
La inercia inflacionaria y el desfase paritario
La aceleración de precios hacia fines de 2025 dejó en evidencia el desfasaje estructural de los acuerdos salariales. El sociólogo Daniel Schteingart explicó que los salarios suelen actualizarse en función de la inflación pasada, que en contextos de aceleración resulta inferior a la inflación corriente. “Por ese motivo caen los salarios reales. También cuando se desaceleran los precios suele ocurrir lo inverso”, señaló.
Esa “brecha de inercia” ayuda a entender por qué, pese a que durante buena parte de 2024 los salarios habían logrado cierta recomposición, el salto inflacionario de fines de 2023 y la devaluación inicial continúan condicionando la comparación histórica. Medido desde noviembre de 2023, el universo registrado todavía exhibe una caída real acumulada del 7,1%.
La controversia del IPC y el costo real de vida
A la pérdida efectiva de poder adquisitivo se suma una discusión metodológica que alimenta la percepción social de un deterioro mayor al que reflejan las cifras oficiales. La decisión de mantener el IPC con base 2004/05, en lugar de publicar el índice actualizado con la canasta 2017/18 (ENGHo), generó fuertes cuestionamientos técnicos e incluso derivó en la salida de Marco Lavagna del INDEC.
Especialistas advierten que la canasta actualizada otorgaría mayor ponderación a los servicios —particularmente afectados por aumentos tarifarios—, lo que elevaría la inflación medida y, por lo tanto, profundizaría la caída real de los salarios. Según la consultora Vectorial, con esa metodología la pérdida acumulada desde noviembre de 2023 sería mucho más severa: el sector público habría retrocedido un 22,6% (en lugar del 17%) y el privado un 8,1% (frente al 1,55% oficial).
En palabras del economista Pablo Ferrari: “Es necesario aclarar que esta pérdida de salario real sería mayor si el Gobierno no hubiera decidido continuar la estimación de la inflación minorista con el IPC de 2004/05”.