La doble colonialidad de Corea del Sur: Espejismos y tragedias en el RÃo Han
Por San Yi
“La vida es una comedia vista de lejos, pero una tragedia en primer plano”. La frase, de origen incierto âquizÃĄ un prÃĐstamo anglosajÃģn mal digeridoâ, forma parte del repertorio cotidiano en SeÚl. Y encierra una verdad lapidaria.
En AmÃĐrica Latina, Oriente Medio y el Sudeste AsiÃĄtico, la ola cultural surcoreana (Hallyu) lleva mÃĄs de un lustro rompiendo costas. Es un fenÃģmeno curioso: salvo en Estados Unidos âel gran devorador de recursos materiales y simbÃģlicosâ, esta cultura ha calado mÃĄs hondo en las periferias que en la metrÃģpoli europea. ÂŋPor quÃĐ?
La torre de marfil acadÃĐmica seguramente tendrÃĄ alguna explicaciÃģn detallada, a veces justas, muchas veces pasada de propaganda, a su disposiciÃģn, pero no trato de ser un erudito ilustre con un salario millonario. Durante mi estancia en AmÃĐrica Latina he notado dos factores claves. Primero, el producto cultural surcoreano posee una pÃĄtina familiar: dÃĐcadas de imitaciÃģn y anhelo de reconocimiento occidental lo han hecho digerible, casi estadounidense en su factura. Pero, al mismo tiempo, conserva un exotismo sensible que toca una fibra muy especÃfica: la incomodidad de vivir en una sociedad neoliberal. A diferencia de la ciencia ficciÃģn o el anime, que construyen mundos imaginarios, el “K-Drama” ofrece una fantasÃa de escape dentro de la vida real capitalista.
Corea se percibe, asÃ, ajena y familiar. Es un paÃs desarrollado, sÃ, pero uno que conoce Ãntimamente el dolor del capitalismo. Vende la ilusiÃģn del “prÃncipe azul” moderno y amable, en contraposiciÃģn al blanco occidental presumido, mucho mÃĄs en AmÃĐrica Latina donde los rubios con ojos azules ejercen un monopolio polÃtico y econÃģmico. Sin embargo, quien viaja a Corea buscando ese espejismo se topa con un muro de realidad: una sociedad cerrada, ferozmente clasista, racista y discriminadora. Esa dualidad es la esencia de la contradicciÃģn surcoreana.
Pero quiero ir mÃĄs allÃĄ del anÃĄlisis cultural superficial. Esta dualidad es el sÃntoma de una patologÃa nacional mÃĄs profunda: la doble colonialidad.

El mito del RÃo Han y la sumisiÃģn al desarrollo
El llamado “Milagro del RÃo Han” se construyÃģ sobre una sumisiÃģn total a la visiÃģn eurocÃĐntrica del desarrollo unilineal. Aunque las dictaduras militares surcoreanas tuvieron roces con Estados Unidos respecto a las recetas de libre mercado, en el fondo, la industrializaciÃģn fue una persecuciÃģn frenÃĐtica de Occidente mediante la movilizaciÃģn total de la sociedad.
Modernizarse era occidentalizarse. En los aÃąos 60, la dictadura impuso el consumo de trigo para reducir la dependencia del arroz, inventando la categorÃa culinaria del Bunshik (comida de harina): tteokbokki, fideos instantÃĄneos, pasteles de pescado industrial (oden) y frituras. Lo que hoy el mundo celebra como “comida callejera coreana” naciÃģ de una imposiciÃģn polÃtica de austeridad y mimetismo occidental.
Fue una acumulaciÃģn originaria de capital de manual marxista, pero a velocidad de vÃĐrtigo. La reforma agraria de 1946 (acelerada por el miedo al socialismo del Norte) bajo el gobierno militar estadounidense y la Guerra de Corea facilitaron el cercamiento de tierras sin oposiciÃģn feudal. El Estado, cual capataz, empobreciÃģ al campo para luego reorganizarlo bajo el movimiento Saemaul (Nuevo Pueblo). El capital inicial se amasÃģ con sangre: vendiendo tropas mercenarias para la Guerra de Vietnam y monetizando a las vÃctimas de la colonizaciÃģn japonesa mediante acuerdos indignos.
Estados Unidos, omnipresente con sus bases militares, se convirtiÃģ en el tÃģtem de la modernidad. El anticomunismo cimentÃģ una idealizaciÃģn sentimental de Occidente. En un paÃs donde viajar estaba prohibido para el 95% de la poblaciÃģn, la conexiÃģn con “lo de afuera” era un privilegio de la ÃĐlite, ese “capital nacional” creado y protegido por la dictadura para monopolizar la exportaciÃģn. La historia de Corea del Sur es, en esencia, una relaciÃģn de amor-odio con el amo estadounidense.

La fractura ideolÃģgica de los 80 y la orfandad teÃģrica
En el fragor de la lucha por la democracia contra la dictadura militar en los aÃąos 80, surgieron un cisma ideolÃģgico y un debate feroz, primero en los campus universitarios y luego en el naciente movimiento obrero.
La facciÃģn mayoritaria se agrupÃģ bajo las siglas NL (National Liberation o LiberaciÃģn Nacional). Bebiendo de una versiÃģn selectiva del maoÃsmo y de un jucheismo idealizado, los NL definÃan a Corea del Sur no como un Estado soberano, sino como una colonia estadounidense atrapada en una estructura social feudal, perpetuada por la divisiÃģn nacional. Para ellos, nacionalistas acÃĐrrimos, la prioridad absoluta era la reunificaciÃģn bajo la victoria del Norte y la expulsiÃģn del imperialismo. Dado que el trauma colonial japonÃĐs y el respaldo de EE.UU. a las dictaduras seguÃan vivos en la memoria colectiva, la teorÃa NL y su organizaciÃģn âvertical y casi militarâ se propagaron como la pÃģlvora por las universidades.
Frente a esta hegemonÃa surgiÃģ la facciÃģn PD (Peopleâs Democracy o Democracia Popular). Eran marxistas-leninistas que rechazaban la visiÃģn de la naciÃģn como un todo orgÃĄnico y ponÃan el foco en las contradicciones internas de clase. Para los PD, Corea del Sur era una formaciÃģn social semifeudal bajo una dictadura fascista, sÃ, pero dominada por el capital monopolista.
Esta divergencia teÃģrica no fue un mero ejercicio intelectual; definiÃģ la praxis polÃtica en el momento crÃtico de 1987, durante la primera elecciÃģn presidencial democrÃĄtica tras la dictadura. Los NL, siguiendo su teorÃa de la “revoluciÃģn democrÃĄtica antiimperialista burguesa”, apoyaron tÃĄcticamente(apoyo crÃtico) al candidato liberal Kim Dae-jung(esp: Kim De-Yun), considerÃĄndolo un paso necesario para acabar con el feudalismo. Los PD, en cambio, rechazaron esa alianza de clases. Inspirados explÃcitamente en la experiencia de la Unidad Popular de Salvador Allende en Chile, optaron por levantar una candidatura popular independiente, la de Paik Ki-wan(esp: Pek Gui-wan), para abrir el “camino al socialismo”.
El resultado fue trÃĄgico. La divisiÃģn del voto opositor entre el liberal Kim Dae-jung y el conservador Kim Young-sam(esp: Kim Ion-sam) permitiÃģ que Roh Tae-woo(esp: No Te-u), el amigo y sucesor del dictador, ganara las elecciones.
ParadÃģjicamente, mientras la polÃtica institucional fracasaba, la base social estallaba. Ese mismo aÃąo se desatÃģ lo que se conocerÃa como la Gran Lucha Obrera: una explosiÃģn de conciencia de clase que generÃģ miles de huelgas, tomas de fÃĄbricas y la creaciÃģn de nuevos sindicatos en cuestiÃģn de meses. Fue el verdadero nacimiento del movimiento obrero moderno. Sin embargo, la historia tenÃa preparada una emboscada: la disoluciÃģn de la UniÃģn SoviÃĐtica y la entrada repentina y brutal del neoliberalismo obligaron al movimiento a pasar a una defensiva desesperada, atendiendo las amenazas inmediatas y postergando la construcciÃģn teÃģrica.
Esto nos lleva a una conclusiÃģn dolorosa: a diferencia de AmÃĐrica Latina, en Corea del Sur nunca se desarrollÃģ un marco teÃģrico decolonial propio que situara al paÃs en el contexto universal.
A pesar de la obvia dependencia polÃtica y diplomÃĄtica hacia Washington, la izquierda surcoreana sigue mirando hacia afuera para explicarse a sà misma. Sus herramientas de anÃĄlisis se importan mayoritariamente de Occidente: desde Wallerstein, Fraser y Althusser hasta Negri, Å―iÅūek y Arrighi. Sus modelos de praxis se buscan en las huelgas inglesas, la CGT francesa o la socialdemocracia nÃģrdica. Sin una izquierda capaz de proponer una epistemologÃa alternativa y autÃģctona, el pueblo surcoreano nunca ha logrado romper el cordÃģn umbilical de la dependencia intelectual respecto a Estados Unidos.

El vacÃo del alma: La modernidad prestada y la tiranÃa del dinero
Desde una perspectiva estrictamente econÃģmica, Corea del Sur es una anomalÃa: la Única naciÃģn que logrÃģ saltar del subdesarrollo al Primer Mundo. Y es tambiÃĐn la Única que lo consiguiÃģ imitando meticulosamente a los desarrollados, a los imperialistas. Pero hay una trampa en este ÃĐxito: la modernidad no es coreana. Es europea.
La tradiciÃģn neoconfuciana plantea un camino de ascensiÃģn moral muy distinto: Sushin-jega-chiguk-pyeongcheonha (äŋŪčšŦé―åŪķæēŧååđģåĪĐäļ). Es decir, el individuo, a travÃĐs del cultivo de su conocimiento sobre los mecanismos trascendentes del mundo y su moralidad, logra mantener su ser, dar paz a su familia, gobernar el paÃs y, finalmente, pacificar el mundo.
El drama surcoreano radica en querer ser lo que no son. Poseen la riqueza material de Europa, pero no su espÃritu. Esgrimen su capital para acumular mÃĄs riqueza, pero han perdido la capacidad de pensar de manera independiente. Buscan alternativas desesperadamente, mirando ora a Europa, ora a Estados Unidos, imitando sin cesar para alcanzar una supuesta felicidad que siempre se les escapa. Incluso la izquierda, en su momento de orfandad, buscÃģ respuestas en AmÃĐrica Latina âen ChÃĄvez, Morales, Correa o el subcomandante Marcosâ, pero AmÃĐrica Latina no es Corea.
Ante este vacÃo, el Único valor que ha quedado en pie, el Único verdaderamente universal en la Corea del Sur contemporÃĄnea, es el dinero. La plata.
La sociedad ha internalizado una visiÃģn hÃperclasista donde el valor de un ser humano se mide por el peso de su billetera. Esto infecta todo: la amistad, el amor, el matrimonio, la carrera. La ecuaciÃģn es brutal y biopolÃtica: si vienes de un paÃs pobre, sin importar tu color de piel, eres inferior, incluso si fueras ÃĐtnicamente coreano. Si vienes de un paÃs rico, eres bienvenido pero sigues siendo el “otro”; das envidia, pero no gustas, porque “no entiendes nuestro dolor”.
Esta mentalidad es hija de un trauma doble. La colonizaciÃģn japonesa primero, y la colonizaciÃģn polÃtico-cultural estadounidense despuÃĐs, ocultaron el valor que podrÃa haberse desarrollado desde un pensamiento coreano propio y su crÃtica interna. Al mismo tiempo, la eterna autopercepciÃģn de “vÃctima” impide a los coreanos ver que su paÃs se ha convertido en un opresor, un pilar fundamental del capitalismo global que explota la plusvalÃa del Sur Global y tritura a los trabajadores migrantes en su propio suelo.
El resultado es una infelicidad endÃĐmica. Un surcoreano es, por definiciÃģn estructural, una persona infeliz.

Las estadÃsticas no mienten, son gritos de auxilio cuantificados. El paÃs ostenta una de las mayores tasas de suicidio del mundo, liderando las cifras tanto en adolescentes como en ancianos, los eslabones mÃĄs frÃĄgiles de la cadena. El pueblo, comenzando por los sectores marginados, ha decidido no reproducirse. Con una tasa de natalidad fantasmagÃģrica de 0,58(SeÚl), la etnia surcoreana se enfrenta a su desapariciÃģn matemÃĄtica en el siglo XXII. Es una huelga de vientres existencial.
La angustia nace de la comparaciÃģn perpetua. Ya sea a nivel individual o nacional, la envidia de no ser el opresor supremo y la desgracia de haber sido el oprimido no dejan paz. La Única escala de mediciÃģn es el dinero, porque los otros valores son ajenos; existen como costumbre mental inerte, pero nunca se redefinen de manera propia.
Conceptos como individualismo, meritocracia, atomizaciÃģn o alienaciÃģn son palabras prestadas que en SeÚl no significan lo mismo que en Europa. La izquierda (tanto NL como PD) se apropiÃģ del tÃĐrmino “feudalismo” para explicar algo que, como ya advertÃa Marx en 1858, no era feudalismo. Los liberales, por su parte, embriagados por el nacionalismo de los NL, dedicaron una dÃĐcada a sostener la teorÃa del “EmbriÃģn del Capitalismo”, intentando probar que Corea tenÃa el potencial de haberse desarrollado como un Estado moderno al estilo japonÃĐs, si no hubiera sido por la injerencia colonial.
Tanto la crÃtica como la defensa de “lo coreano” caen en la misma trampa lÃģgica: asumen que el destino inevitable de lo premoderno es pasar a lo moderno, a lo capitalista. La discrepancia entre “lo nuestro” y “lo desarrollado” se interpreta siempre como inferioridad, como la creaciÃģn de una versiÃģn defectuosa del original europeo. La soluciÃģn propuesta, sea por la mayorÃa conservadora o por la izquierda, es siempre la misma: “hacerlo bien”, imitar mejor a los europeos para ser un paÃs desarrollado de pleno derecho.
El desprecio por el pensamiento propio se refleja en el presupuesto: dentro del orgullo nacional por el I+D, los fondos para ciencias humanas y sociales son un ridÃculo 0,97%. No se consideran productivas, ergo, no son importantes. No importa que falten recursos para crear un pensamiento que sea realmente coreano.
La mente colectiva es un vacÃo que no se puede llenar, porque es una mente sin raÃces propias. Tiene hambre, y esa hambre solo se pausa momentÃĄneamente cuando se logra subestimar a alguien considerado inferior.
En suma, Corea del Sur es el paÃs mÃĄs colonizado psicolÃģgicamente del mundo. Es una colonizaciÃģn que se repliega sobre sà misma y se proyecta hacia afuera, hacia otras vÃctimas. Cuando el orgullo nacional se basa Únicamente en lo material âriqueza y democracia institucional procedimentalâ, el vacÃo valÃģrico domina el alma del pueblo. La colonialidad aquà es doble, no solo por la encrucijada entre exterior e interior, o entre metrÃģpoli y periferia, sino tambiÃĐn por su devastadora intensidad.

El pacto fÃĄustico: Submarinos nucleares y la entrega del futuro
Esta actualidad de alienaciÃģn ofrece, irÃģnicamente, una tabla de salvaciÃģn al imperialismo estadounidense en decadencia. El acuerdo tarifario anunciado en los Últimos meses de 2025 destapÃģ la realidad: el gran capital y el gobierno surcoreanos han aceptado convertir la penÃnsula en la base industrial y militar de avanzada para la guerra hÃbrida de Washington contra China.
La soberanÃa se ha vendido a cambio de una modernizaciÃģn de la alianza militar. Con el permiso para construir submarinos nucleares, se ha reescrito el guiÃģn defensivo: las tropas estadounidenses en Corea ya no estÃĄn allà solo para disuadir a Pyongyang, sino para contener a PekÃn e involucrar a SeÚl directamente en una eventual invasiÃģn china a TaiwÃĄn. Los submarinos nucleares no son defensa; son el pistoletazo de salida para una carrera armamentÃstica regional.
En este escenario, el gobierno de Lee Jae-myung(esp: Lee Ye-mion) ha declarado su misiÃģn de convertir al paÃs en una potencia mundial de la industria militar âsuministrando armas y buques tanto al PentÃĄgono como al sionismo israelÃâ y en un centro neurÃĄlgico de la Inteligencia Artificial. Corea producirÃĄ el hardware (semiconductores) y el software que alimentarÃĄ la infraestructura digital de las Big Tech norteamericanas.
El precio de este servilismo es astronÃģmico: una inversiÃģn pÚblica de 200.000 millones de dÃģlares y una inversiÃģn privada de 400.000 millones, todo inyectado en las venas de la economÃa estadounidense. Corea del Sur ha decidido atar su destino al de un imperio que se hunde. ÂŋY por quÃĐ el pueblo no se rebela ante este saqueo? Porque estÃĄ sedado por la fantasÃa de grandeza nacional que estas misiones prometen y por la estrategia gubernamental de incorporar a la aristocracia obrera de las grandes empresas exportadoras al festÃn, dejÃĄndolos comer las migajas del banquete imperial.
La aristocracia obrera, compuesta por los trabajadores profesionales de las grandes empresas y los trabajadores tÃĐcnicos de las grandes fÃĄbricas, ha decidido desembocar en el paraÃso de los capitales; el mercado de acciones. Cualquier intenciÃģn de la revuelta contra el imperialismo cada vez mÃĄs bÃĐlico se sofoca y se oculta ante la burbuja histÃģrica de la IA. KOSPI, el Ãndice del mercado de acciones surcoreano, alcanzÃģ nÚmeros rÃĐcord gracias a los dos gigantes de chips para la IA: Samsung y SK Hynix. Los surcoreanos son la principal nacionalidad extranjera que invierte en el mercado de acciones estadounidense. Casi toda la clase media ha entregado sus ahorros en el mercado en busca de la fortuna. En esta lÃģgica, el bombardeo de Caracas y el secuestro del presidente NicolÃĄs Maduro y la primera dama Cilia Flores significaba en Corea del Sur una oportunidad mÃĄs para invertir en las empresas de armamentos. La guerra injustificable contra IrÃĄn ha causado una cantidad increÃble resentimiento hacia IrÃĄn porque el mercado estadounidense experimenta una caÃda grande debido al bloqueo del estrecho de Ormuz.

La memoria de la sangre: Nuestro TÚpac Amaru
No obstante, Corea sigue siendo tierra de contradicciones feroces. La doble colonialidad descrita anteriormente no solo produce sumisiÃģn; tambiÃĐn engendra rabia y una bÚsqueda desesperada de alternativas al capitalismo. Pero es un pueblo que no puede amarse a sà mismo porque se ha divorciado de su propia historia.
Para renacer, la izquierda debe volver a sus hitos fundacionales. El primero y mÃĄs sagrado es la RebeliÃģn Campesina de Donghak (“Estudio Oriental”, nacido como contrapeso al “Estudio Occidental”) de 1894. Fue un levantamiento nÃtidamente antiimperialista, antiseÃąorial y anticapitalista.
Para el lector latinoamericano es vital entender quiÃĐnes aplastaron esta revuelta: no solo fue el EjÃĐrcito Imperial JaponÃĐs, sino tambiÃĐn la guardia nacional compuesta por los Bobusang (ëģīëķė), mercaderes ambulantes reaccionarios aliados con el poder seÃąorial. Donghak es el hito originario de la rebeldÃa coreana. Es nuestro TÚpac Amaru.
De esa misma tierra regada con sangre brotÃģ despuÃĐs la resistencia armada contra la masacre en la isla de Jeju en 1948, los guerrilleros comunistas en la sierra de Jiri, y la heroica milicia ciudadana de Gwangju que enfrentÃģ a la dictadura desarrollista en 1980.
Lamentablemente, este hilo rojo de reivindicaciÃģn de una alternativa propia âaunque a veces amalgamada con visiones eurocÃĐntricasâ se cortÃģ a finales de la dÃĐcada de 2000 con el colapso y ruptura de las facciones NL y PD. Ese quiebre acelerÃģ la colonizaciÃģn psicolÃģgica del individuo, destruyendo el tejido social remanente de la sociedad agraria y sumiendo al surcoreano en una soledad abismal.

EpÃlogo: ЧŅÐū ÐīÐĩÐŧаŅŅ? (ÂŋQuÃĐ hacer?)
La Única salida de este laberinto es vencer las colonialidades. La lucha contra los grandes conglomerados (chaebols), que pasaron de ser capital nacional a capital global depredador, debe ir de la mano con la incorporaciÃģn de los trabajadores migrantes, quienes hoy forman la base del proletariado subvalorado en suelo coreano.
La necesidad de construir esa salida aumenta con una velocidad sorprendente cada semana, cada dÃa. El imperio decadente insolente dio su Último paso con la guerra cobarde contra la RepÚblica IslÃĄmica de IrÃĄn. El ejÃĐrcito estadounidense en Corea del Sur decidiÃģ unilateralmente el traslado del sistema de defensa contra los misiles balÃsticos THAAD al Medio Oriente por la destrucciÃģn y el desgaste de las instalaciones originales gracias a los drones iranÃes. Los THAAD fueron instalados a pesar de la resistencia local de los campesinos que habitan la regiÃģn Soseong-ri de Seongju y de la advertencia de China, con la justificaciÃģn de que eran para la defensa contra los misiles norcoreanos. La consecuencia fue un desastre comercial y diplomÃĄtico donde se quebrÃģ una cierta luna de miel entre Corea del Sur y China. Las relaciones sino-coreanas pasaron de la participaciÃģn de la presidenta surcoreana en el desfile militar del dÃa de victoria de China a la prohibiciÃģn total de turismo y bienes culturales surcoreanos. Este quiebre dio lugar al crecimiento de la sinofobia en Corea del Sur, echando a la juventud hacia una subordinaciÃģn total a Estados Unidos.
AdemÃĄs, los hechos de que las bases militares estadounidenses no han ofrecido una garantÃa de seguridad a los paÃses del Golfo plantean una cierta desilusiÃģn de que los EEUU no entrabarÃĄ la guerra en el caso del ataque eventual de Corea del Norte o China. El reciente llamado de Trump al envÃo de los buques surcoreanos al estrecho de Ormuz les da cuenta a los surcoreanos que la supuesta alianza no garantiza la seguridad de sus vidas. Sin embargo, el gobierno surcoreano no declara una respuesta definitiva contemplando las ganancias de las empresas surcoreanas de armamentos.
La escasez del petrÃģleo causada por esta guerra comienza a perjudicar la capacidad de producciÃģn de los gigantes surcoreanos de chips debido a la falta de helio que se extrae de ÃĐl. El sueÃąo mojado y corto de los millones de accionistas pequeÃąos muestra fallos decisivos.
Ya llegÃģ el momento coyuntural. Si bien la izquierda surcoreana ha fracasado en ofrecer una visiÃģn alternativa al mundo y se debilita con cada paso de elecciones, ahora es el momento donde se puede frenar esta mÃĄquina ciega que tritura tanto a los nacionales como a los migrantes, los del Sudeste asiÃĄtico, y a los niÃąos de Gaza. No hay tiempo para teorizar y profundizar lo acadÃĐmico. Sin embargo, se exige un golpe de timÃģn para salir de la orfandad ideolÃģgica y la inercia burocrÃĄtica, configurando realmente lo que es Corea del Sur en su posiciÃģn internacional-universal. La izquierda surcoreana debe abrirse los ojos a cÃģmo ver el mundo desde Corea del Sur, no desde China, Estados Unidos, y Europa y debe ofrecer una visiÃģn de Corea del Sur en el futuro donde pueda salir del cÃrculo de tanta colonizaciÃģn. Es el Único poder econÃģmico y tecnolÃģgico que conoce el dolor de la colonia.
Solo abrazando esta visiÃģn, el pueblo surcoreano podrÃĄ por fin entenderse y fraternizar con los pueblos de AmÃĐrica Latina, Ãfrica y el Sudeste AsiÃĄtico. Solo asà serÃĄ posible la reconciliaciÃģn con los hermanos del Norte. En ese futuro posible, la formidable tecnologÃa y el poder industrial de Corea no servirÃĄn para enriquecer a Wall Street, sino que serÃĄn la ofrenda de un pueblo liberado al resto de las naciones colonizadas; una fuente de herramientas para erradicar la pobreza y desmantelar, de una vez por todas, la hegemonÃa fÃsica del imperio estadounidense.
