De la utopía libertaria al maquillaje institucional: el relato econÃģmico al desnudo

De la dinamita al maquillaje: cÃģmo la reforma de la Carta OrgÃĄnica expone el truco de la inflaciÃģn acumulada y consagra el olvido definitivo de cerrar el Banco Central.

La reciente columna de Javier Milei en Clarín vuelve a echar mano del golpe de efecto efectista al lucir en su titular un estridente $12.819.532.788.614.400.000 de inflaciÃģn acumulada en Argentina desde 1935. Sin embargo, apelar a un cÃĄlculo matemÃĄtico compuesto de casi un siglo para impresionar a la tribuna no es mÃĄs que un artilugio de manipulaciÃģn estadística: acumular nominalmente casi un siglo de historia econÃģmica atravesado por la eliminaciÃģn de 13 ceros en la moneda (pesos moneda nacional, ley 18.188, australes y pesos actuales) es mezclar la hiperinflaciÃģn de 1989 (3.079%) con la estabilidad de la Convertibilidad o períodos de inflaciÃģn internacional de posguerra. MÃĄs aÚn, resulta sumamente irÃģnico que pretenda dictar cÃĄtedra sobre prudencia de precios cuando su propia gestiÃģn registrÃģ en sus primeros meses picos de inflaciÃģn que superaron el 280% interanual tras una abrupta devaluaciÃģn y liberaciÃģn de precios regulados, demostrando que el ajuste lo terminÃģ pagando el bolsillo popular mientras la inflaciÃģn real acumulada de su gestiÃģn superÃģ en tiempo rÃĐcord las estimaciones mÃĄs pesimistas.

El primer pilar de su propuesta pretende limitar la actuaciÃģn del Banco Central a preservar “Únicamente” el valor de la moneda, un axioma neoclÃĄsico que omite de manera insÃģlita cÃģmo operan las bancas centrales de los países desarrollados. Entidades como la Reserva Federal de los Estados Unidos (Fed) tienen por mandato estatutario un “doble rol” inequívoco: contener la inflaciÃģn pero al mismo tiempo promover el mÃĄximo empleo sostenible y el crecimiento econÃģmico. Pretender que el BCRA actÚe desvinculado de la realidad productiva y del mercado laboral del país implica atar de manos al Estado frente a shocks externos o recesiones, sacrificando puestos de trabajo e industria nacional en el altar de una meta monetaria abstracta y dogmÃĄtica.

En el segundo y quinto punto, el Presidente promete prohibir de forma absoluta la asistencia del Banco Central al Tesoro bajo la amenaza de juzgar el seÃąoreaje como “asociaciÃģn ilícita” y derogar la reforma de 2012 para eliminar instrumentos como las Letras Intransferibles. Lo que la retÃģrica oficial oculta cuidadosamente es que la propia administraciÃģn de Milei ha recurrido de forma constante al endeudamiento con el sistema financiero y a maniobras de ingeniería financiera (como la migraciÃģn de pasivos remunerados hacia pases, lefi y deuda directa del Tesoro) para absorber liquidez y maquillar el dÃĐficit cuasifiscal. Tipificar la política monetaria como delito penable no es mÃĄs que una sobreactuaciÃģn institucional que busca judicializar la política econÃģmica, ignorando que la emisiÃģn cero y el sobreendeudamiento en moneda extranjera han sido histÃģricamente la antesala de severas crisis de liquidez y quiebras del sistema bancario privado.

Respecto al tercer eje, consistente en exigir mayorías calificadas de dos tercios del Congreso para remover al titular del BCRA con el pretexto de “blindarlo” de presiones políticas, el planteo roza el absurdo en tÃĐrminos de coherencia democrÃĄtica. Elevar a una cÚspide intocable a las autoridades de la entidad monetaria pretende congelar una orientaciÃģn econÃģmica de mercado a espaldas de la alternancia republicana. Resulta irÃģnico que un mandatario que ha gobernado recurrentemente mediante Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU) e intentado eludir los debates legislativos proponga ahora un candado constitucional para proteger a funcionarios que podrían estar ejecutando políticas diametralmente opuestas a las elegidas por la ciudadanía en las urnas.

Por Último, el cuarto punto busca restringir el reparto de utilidades del Banco Central hacia el Estado, bajo el argumento de que se tratan de ganancias ficticias. Si bien el saneamiento del balance del BCRA es un criterio deseable, el verdadero problema radica en cÃģmo el propio Ejecutivo evalÚa sus activos: mientras exige al Banco Central estÃĄndares de extrema austeridad, utiliza las reservas internacionales como colateral para garantizar deuda privada o cubrir fuga de capitales. Restringir por completo los mecanismos de auxilio financiero del BCRA sin contar con un flujo sÃģlido de divisas ni acceso sostenible al crÃĐdito internacional condena a la economía argentina a un esquema de vulnerabilidad extrema ante cualquier fluctuaciÃģn de los mercados globales.

La gran estafa del eslogan de campaÃąa: del “dinamitar” al institucionalizar

MÃĄs allÃĄ del debate tÃĐcnico sobre la reforma monetaria, esta columna de opiniÃģn consagra de forma definitiva una de las estafas electorales mÃĄs descaradas en la historia política reciente de la Argentina. Durante toda su campaÃąa y sus aÃąos de irrupciÃģn mediÃĄtica, Javier Milei edificÃģ su identidad política bajo un lema categÃģrico y sin matices: la promesa de “cerrar”, “eliminar” y hasta “dinamitar” el Banco Central de la RepÚblica Argentina. Aquel discurso incendiario, que le sirviÃģ para canalizar el enojo social contra la dirigencia tradicional jurando que erradicaría de raíz al “cÃĄncer de la emisiÃģn”, ha quedado reducido a un mero folclín mediÃĄtico para cautivar incautos.

Al presentar hoy un megaproyecto para reformar la Carta OrgÃĄnica, nombrar autoridades blindadas y reestructurar el funcionamiento del BCRA, el propio Presidente admite que la instituciÃģn seguirÃĄ abierta, operativa y regulando la economía del país. La fantasmagÃģrica dolarizaciÃģn sin dÃģlares y el cierre del BCRA han pasado a ser promesas archivadas en el cajÃģn de los eslÃģganes caducos. Lejos de destruir la “maquinita”, el Ejecutivo ha optado por apropiarse del sillÃģn de Reconquista 266 para utilizar la estructura de la banca central a su favor, dejando en evidencia que la “libertad” prometida no era mÃĄs que una consigna electoral tan volÃĄtil como el valor de la moneda que prometiÃģ exterminar.

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