Según datos del Senasa el proceso de concentración del sector avanza implacable, quedaban menos de 10.000 tambos.
La actividad lechera en Argentina atraviesa una crisis profunda marcada por un proceso de concentración acelerada y la falta de políticas públicas para frenar su deterioro. En 2024, según datos del SENASA difundidos por el Observatorio de la Cadena Láctea (OCLA), cerraron 1.068 tambos, una pérdida del 10,5% respecto al año anterior, dejando al país con apenas 9.129 tambos activos, la cifra más baja en la historia. Este fenómeno, que implica menos tambos y menos productores independientes, refleja la consolidación del sector en unas pocas manos, poniendo en riesgo la diversidad productiva y el arraigo rural.
A pesar de esta alarmante situación, ni el presidente Javier Milei, ni el secretario de Agricultura Sergio Iraeta, ni el director nacional de Lechería Sebastián Alconada han expresado preocupación por las implicaciones de esta tendencia. El cierre masivo de tambos no solo significa menos empleos en el campo, sino también una reducción en el valor agregado en las zonas rurales, lo que incrementa la desigualdad territorial.

Argentina con el litro de leche más caro del mundo
A esta crisis productiva se suma la cartelización del mercado lácteo, que ha llevado a los consumidores argentinos a pagar precios exorbitantes por un litro de leche. Según el Índice Miglino, el precio promedio de un litro de leche en Argentina alcanza los $1.320, lo que equivale a 1,50 dólares. Este costo posiciona al país como el que paga la leche más cara del mundo, superando ampliamente a naciones como Estados Unidos (0,94 dólares), Brasil (0,91 dólares) y Francia (0,74 dólares). La conjunción de concentración, cartelización y desidia política genera un panorama desolador para la actividad lechera, que no solo afecta a los productores rurales, sino también al bolsillo de los consumidores.