El espejo oscuro: de la dictadura de 1976 a la cacería contra Ali Peralta
El 20 de febrero, Ali Peralta, secretario político nacional de la OLA, recibió en su domicilio de la capital jujeña una notificación de la Policía Federal para presentarse en la fiscalía federal. La citación se debe a una investigación iniciada por una denuncia realizada en julio de 2025 por un soldado del ejército israelí de origen argentino que vive en territorios palestinos ocupados como reservista de las FDI.
Por Joshua Lentulus Aivazian.
La denuncia original imputaba a Peralta los delitos de “terrorismo, apología de la violencia y posible acción en banda”. A raíz de esta presentación, la organización denuncia que el dirigente fue objeto de “seguimiento y espionaje por parte de la Policía Federal durante meses en su trabajo, hogar y demás actividades”, lo que consideran una vulneración de su derecho a la intimidad. “Buscando pruebas ante tamaña denuncia encontraron que es un trabajador y padre de familia, que así como está comprometido con nuestro pueblo y la nación Argentina, también apoya la Causa Palestina y su lucha contra la ocupación”, afirma el comunicado oficial de la OLA el pasado martes 3 de marzo.
Sin embargo, lejos de archivar el caso, la organización señala que los fiscales intervinientes decidieron “dar curso a la persecución” modificando la carátula a “discriminación por antisemitismo”. El Secretariado Nacional de la OLA concluye afirmando su decisión de ir a juicio “con la convicción de sostener nuestros valores, nuestros principios, nuestras verdades, y nuestra posición histórica, política y cultural, intransigente e irreductible, de resistencia nacional popular contra el sionismo”.
El caso de Ali Peralta, se suma a la lista de personas víctimas de persecución y censura con la complicidad de las instituciones del Estado argentino. Vulneran derechos y garantías constitucionales en vísperas de conmemorarse 48 años del golpe cívico-militar de 1976. Lejos de ser un retroceso, reflejan una alarmante renovación del propósito en el uso represivo del aparato estatal, actualizando viejas prácticas con nuevos ropajes discursivos.
Para comprender la gravedad del momento, es menester mirar por el espejo retrovisor. Los fundamentos ideológicos de la dictadura de Videla operaban en dos dimensiones. Puertas adentro, el objetivo declarado era preservar la “organización nacional” y los “valores cristianos” frente a la amenaza subversiva. En el plano exterior, significaba una extensión del alineamiento internacional con Estados Unidos en el marco del Plan Cóndor.
El objetivo oficial de dicho plan era exterminar cualquier célula subversiva alineada con Moscú en el contexto de la Guerra Fría. Pero en la práctica, su misión fue la destrucción de los movimientos patriotas que luchaban por la soberanía y la justicia social, socavando la independencia y la libertad de nuestros pueblos. Fueron perseguidos sindicatos, organizaciones estudiantiles, artistas e intelectuales, instaurando un verdadero terrorismo de Estado sobre el conjunto de la sociedad.
Hoy nos encontramos con una inquietante reedición de aquel escenario. La bipolaridad Este-Oeste murió, pero la resurrección semántica del “enemigo” se perpetúa con violencia desde el discurso del movimiento libertario. Este discurso viene acompañado de alineamientos explícitos con un occidente supremacista y belicista, teniendo como ejes centrales a Estados Unidos e Israel.
No es casual. Los Acuerdos de Abraham, la reivindicación de una alianza evangélico-sionista, y la humillación y persecución pública de quienes critican los actos de genocidio cometidos por Israel sobre el pueblo palestino, son tan solo el espejo histórico de uno de los momentos más oscuros de la historia argentina.
Hoy, desde el Estado y sus instituciones, se persigue a quienes denuncian estos crímenes. Y, como complemento perverso, se impulsa el negacionismo sobre los crímenes de lesa humanidad cometidos por la última dictadura, llegando incluso a su reivindicación como un acto “necesario” y “positivo”. Este revisionismo grotesco corre en paralelo a los actuales discursos de simpatía hacia las políticas genocidas y belicistas de figuras como Trump y Netanyahu.
La denuncia contra Ali Peralta, orquestada desde el extranjero y validada por una fiscalía federal que cambió la carátula para sostener la acusación, es un ejemplo perverso de este retroceso histórico. Se persigue a quienes se oponen al discurso oficial, se quiere subordinar al país a los dictámenes de potencias hostiles a cambio de fotos y reconocimientos hacia el presidente, y se quiere reescribir la historia para justificar el presente.
Frente a esta renovación del propósito represivo del aparato del Estado, la respuesta no puede ser otra que la misma de siempre: una batalla tras otra en defensa de nuestras libertades, la soberanía y la justicia social. Porque, como ayer, hoy también es una batalla más. Y es necesario, hoy más que nunca, no dormir en los laureles de efemérides simbólicas, sino despertar en la realidad de la lucha por nuestros derechos.







