SegÚn especialistas se pierde un actor estratÃĐgico en momentos donde proliferan productos ultraprocesados, aditivos cuestionados y falsas promesas nutricionales en las gÃģndolas.
En una nueva ofensiva contra los organismos tÃĐcnicos y participativos del Estado, el gobierno de Javier Milei disolviÃģ la ComisiÃģn Nacional de Alimentos (CONAL), una instituciÃģn clave para la seguridad alimentaria en el paÃs. Lo que antes se decidÃa en un espacio federal, cientÃfico y plural, ahora queda en manos de unos pocos funcionarios y empresas, sin instancias de debate ni control ciudadano.
El desmantelamiento de la CONAL fue formalizado a travÃĐs del decreto 538/2025, que modifica el CÃģdigo Alimentario Argentino y transfiere la toma de decisiones al Instituto Nacional de Alimentos (INAL), dependiente de ANMAT, y al SENASA. Aunque estos organismos cuentan con experiencia tÃĐcnica, lo que desaparece con esta medida es la arquitectura participativa y federal que aseguraba una regulaciÃģn equilibrada y orientada al bien pÚblico.
Durante dÃĐcadas, la CONAL funcionÃģ como un ÃĄmbito de construcciÃģn colectiva entre el Estado nacional, las provincias, la academia, sectores cientÃficos y la industria. Allà se definÃan normas esenciales: quÃĐ puede considerarse alimento, bajo quÃĐ condiciones se produce y quÃĐ parÃĄmetros sanitarios debe cumplir para garantizar la salud de la poblaciÃģn.
La eliminaciÃģn de este espacio implica mucho mÃĄs que una reestructuraciÃģn administrativa: representa un retroceso en tÃĐrminos de transparencia, control social y resguardo del interÃĐs pÚblico frente a los intereses del mercado. El argumento oficial â”agilizar procesos” mediante plataformas como el SIFEGAâ esconde el verdadero impacto: sin deliberaciÃģn plural, el sistema alimentario argentino queda mÃĄs expuesto a presiones corporativas y decisiones discrecionales.
Expertos y referentes del sector ya advierten las consecuencias: debilitamiento de los consensos sanitarios, pÃĐrdida de participaciÃģn ciudadana y federal, y mayor opacidad en las decisiones regulatorias. Todo esto ocurre en un contexto donde proliferan alimentos ultraprocesados, aditivos controvertidos y estrategias publicitarias engaÃąosas, especialmente dirigidas a niÃąas, niÃąos y adolescentes.
La decisiÃģn de eliminar la CONAL no fortalece la protecciÃģn de los consumidores. Al contrario: desarma uno de los pocos espacios donde confluyen ciencia, salud pÚblica, producciÃģn y territorio para garantizar que lo que llega a nuestras mesas sea seguro. En nombre de la eficiencia, el gobierno estÃĄ sacrificando derechos fundamentales.
Golpe a la ley de etiquetado frontal: mÃĄs marketing, menos salud
Este ataque a la seguridad alimentaria no es aislado. En paralelo, el gobierno de Milei avanzÃģ en la flexibilizaciÃģn de la Ley de Etiquetado Frontal, sancionada en 2021 con amplio consenso social y cientÃfico. La norma establecÃa sellos de advertencia para alimentos con exceso de azÚcares, sodio, grasas saturadas y calorÃas, y regulaba la publicidad dirigida a niÃąas y niÃąos, asà como la oferta de productos en entornos escolares.
La modificaciÃģn de su reglamentaciÃģn âpese a las advertencias de organizaciones especializadas como la FundaciÃģn Interamericana del CorazÃģnâ debilitÃģ varios puntos clave de la ley. Se redujo la informaciÃģn disponible para los consumidores y se flexibilizaron las estrategias de marketing, incluyendo el uso de personajes y tÃĐcnicas de manipulaciÃģn visual que apelan especialmente a la infancia.
âCon estos cambios, retrocedemos en polÃticas diseÃąadas para prevenir enfermedades crÃģnicas y combatir la obesidad infantil, que en Argentina alcanza niveles alarmantesâ, alertan desde el sector sanitario.
ÂŋQuiÃĐn define ahora quÃĐ es seguro comer?
La eliminaciÃģn de la CONAL y el vaciamiento de la Ley de Etiquetado Frontal responden a una misma lÃģgica: debilitar el rol del Estado como garante de derechos, en beneficio de un mercado cada vez menos regulado. En lugar de fortalecer los controles, se desmantelan. En lugar de escuchar a la ciencia, se prioriza la rentabilidad.
Lo que estÃĄ en juego no es solo un modelo de gestiÃģn pÚblica, sino la salud de millones de personas. Sin una regulaciÃģn sÃģlida, transparente y participativa, el acceso a alimentos seguros y de calidad deja de ser un derecho para convertirse en una cuestiÃģn de suerte.