Por Ale Orellana R.
MÃĄs allÃĄ de lo obvio, el Principio de No IntervenciÃģn, consagrado en el artÃculo 2 de la Carta de las Naciones Unidas y desarrollado en las resoluciones 2131 y 2625 de la Asamblea General, fue claramente avasallado por el gobierno de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos.
El presidente venezolano NicolÃĄs Maduro fue secuestrado por fuerzas estadounidenses, sin posibilidad alguna de defensa, mediaciÃģn diplomÃĄtica ni resguardo jurÃdico. Un hecho de extrema gravedad institucional que rompe, sin eufemismos, con los pilares bÃĄsicos del derecho internacional contemporÃĄneo.
Trump, fiel a su estilo, tampoco pareciÃģ interesado en respetar las propias leyes de su paÃs. La ConstituciÃģn de los Estados Unidos establece con claridad que cualquier acciÃģn bÃĐlica debe contar con la aprobaciÃģn del Congreso. Desde los ataques a embarcaciones venezolanas hasta el secuestro ilegal de un jefe de Estado, nada de eso ocurriÃģ. Semanas atrÃĄs, el propio Trump declarÃģ que no era necesario pasar por el Congreso, minimizando el asunto como una formalidad irrelevante.
Una de las excusas reiteradas para justificar la agresiÃģn fue el narcotrÃĄfico. Sin embargo, la realidad ây el propio discurso del mandatarioâ deja en evidencia que se trata apenas de una coartada.
El llamado âfenÃģmeno zombiâ que afecta a varias ciudades estadounidenses estÃĄ vinculado al consumo masivo de fentanilo, cuya producciÃģn base no se origina en Venezuela. De acuerdo con datos de la DEA, el principal productor mundial de esa sustancia es China, no Caracas. El argumento sanitario, entonces, se desmorona por sà solo.
Hay otro dato imposible de soslayar: hace apenas un mes, Trump indultÃģ al ex presidente hondureÃąo Juan Orlando HernÃĄndez, responsable âde manera probadaâ del ingreso de unas 400 toneladas de cocaÃna a Estados Unidos durante su mandato. La vara moral, como siempre, se acomoda segÚn la conveniencia geopolÃtica.
Dicho esto, el foco debe correrse del anÃĄlisis coyuntural del gobierno de Maduro. Lo central es comprender quÃĐ intereses mueven a un imperio en decadencia, encabezado por Donald Trump, a quien aquà llamaremos por lo que es: un presidÃģfilo, para quienes prefieren distraerse con tecnicismos.
El 3 de enero de 2026, Trump fue explÃcito: anunciÃģ que ârecuperarÃĄâ el petrÃģleo venezolano, alegando que fue la tecnologÃa estadounidense la que modernizÃģ su extracciÃģn. Un razonamiento colonial clÃĄsico, donde la inversiÃģn privada justifica el saqueo y la soberanÃa ajena se convierte en un estorbo.
Los nÚmeros explican mucho. Estados Unidos posee reservas petroleras estimadas en 74 mil millones de barriles, suficientes âen el mejor de los casosâ para unos 15 aÃąos. Venezuela, en cambio, cuenta con 304 mil millones de barriles, lo que equivale a mÃĄs de 900 aÃąos de reservas. Para 2026, Washington enfrentarÃĄ una caÃda histÃģrica de su disponibilidad energÃĐtica, agravada por su nivel de consumo.
La historia reciente confirma el patrÃģn:
Irak (1991 y 2003), Libia (1986 y 2011), IrÃĄn (1987), AfganistÃĄn (2001), Kuwait (1991) y ahora Venezuela (2026). Todos escenarios distintos, un mismo denominador comÚn: petrÃģleo y control geopolÃtico. Venezuela, IrÃĄn e Irak integran el podio de paÃses con mayores reservas del mundo. Las conclusiones son inevitables.
Los hechos se encadenaron con precisiÃģn quirÚrgica. Tras las elecciones venezolanas de 2024, Estados Unidos reactivÃģ sanciones petroleras. En agosto de 2025, Trump desplegÃģ 4.000 soldados en el Caribe con la excusa del narcotrÃĄfico. Desde octubre, se intensificaron los ataques a embarcaciones. En diciembre, llegÃģ el bloqueo total. El 1° de enero de 2026, Venezuela anunciÃģ el refuerzo de su defensa. Dos dÃas despuÃĐs, tropas estadounidenses secuestraron a Maduro y a Cilia Flores, atacaron zonas civiles y profanaron el mausoleo de Hugo ChÃĄvez.
Ese mismo dÃa, Trump anunciÃģ la intervenciÃģn directa sobre las reservas petroleras venezolanas. Nada fue improvisado.
Entre 2002 y 2009, Hugo ChÃĄvez estatizÃģ la producciÃģn petrolera y devolviÃģ al Estado el control de PDVSA. Las empresas estadounidenses que se negaron a ceder ese control fueron expropiadas. ChÃĄvez no robÃģ nada: recuperÃģ lo que era del pueblo venezolano. Hoy, Trump reclama âlo que es suyoâ con la lÃģgica del patrÃģn que vuelve por la hacienda perdida.
El problema no termina en Venezuela. MÃĐxico, Colombia, Cuba y Groenlandia ya figuran en el radar discursivo del presidente estadounidense. Mientras tanto, los medios hegemÃģnicos celebran, y una parte de la opiniÃģn pÚblica aplaude, desclasada y sin memoria.
El cierre es incÃģmodo, pero necesario: bajo la bandera de la lucha contra las drogas, mientras sus propias calles se llenan de miseria, adicciÃģn y expulsiones violentas; mientras separa familias, deporta niÃąos y abandona ciudades enteras, Donald Trump no combate el narcotrÃĄfico ni defiende la democracia. Hace lo que Estados Unidos ha hecho siempre cuando el poder se le escurre entre los dedos: saquear recursos ajenos, imponer por la fuerza lo que ya no puede sostener por consenso y dejar, allà donde pisa, un cementerio o un manicomio. La historia no absuelve imperios: los expone.