Bolivia: el colapso económico y los errores de Rodrigo Paz arrastran al país al abismo
A solo seis meses de asumir, el gobierno conservador enfrenta un estallido social sin precedentes provocado por un brutal tarifazo de combustibles y leyes agrarias inconsultas. La respuesta oficial repite el manual de la represión y el asedio militar.
Apenas medio año después de haber quebrado dos décadas de hegemonía del Movimiento Al Socialismo (MAS), el gobierno de Rodrigo Paz Pereira se encuentra contra las cuerdas y enfrenta una de las crisis políticas y sociales más profundas de la historia reciente de Bolivia. Lo que comenzó como un reclamo sectorial por el incremento de los salarios se ha transformado en una huelga general indefinida con una marcha masiva desde El Alto hacia La Paz que exige la renuncia inmediata del mandatario, en una muestra de la velocidad con la que se dilapidó su capital político inicial.
La mecha que encendió el conflicto fue puramente económica: la incapacidad de la gestión para solucionar la escasez de divisas derivó en un salvaje incremento en el precio de los combustibles —con subas del 86% en la gasolina y un 163% en el diésel—. A este “sinceramiento” forzado se le sumó la polémica y rechazada Ley Agraria 1720, una norma que el Ejecutivo intentó imponer sin consenso y que fue leída por los pueblos indígenas de la Amazonía y los sectores campesinos como un ataque directo a la pequeña y mediana propiedad comunitaria de la tierra. Aunque el presidente ensayó una marcha atrás tardía abrogando la ley, el descontento ya era incontenible.
Hoy, la sede de gobierno en La Paz se encuentra virtualmente cercada y al borde del colapso humanitario, tras la tercera semana consecutiva de bloqueos de rutas nacionales liderados por la Central Obrera Boliviana (COB), los Ponchos Rojos y la Federación Túpac Katari. Lejos de tender puentes genuinos de diálogo, la respuesta del Palacio Quemado ha sido la militarización y la represión con gases lacrimógenos en el centro paceño y la ciudad de El Alto, dejando un saldo de heridos que acrecienta la indignación popular.
Para justificar la parálisis de su propia gestión y el fracaso de sus operativos policiales, el gobierno de Paz Pereira ha optado por la clásica estrategia de agitar fantasmas conspirativos, denunciando un “plan macabro” financiado por el narcotráfico y responsabilizando de forma exclusiva al expresidente Evo Morales como autor intelectual de las protestas. Sin embargo, culpar a la oposición no oculta la realidad de las calles: el “cambio” prometido por la administración de Paz se ha traducido rápidamente en inflación, descontrol de precios, mala calidad de los carburantes que arruina los motores y una preocupante falta de sensibilidad hacia los sectores más vulnerables, quienes hoy marchan bajo la consigna de que el actual gobierno solo legisla para el beneficio de unos pocos privilegiados.










