Editorial

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El macrismo se asegura el piso

(por Andrés Fidanza) El 1-A empujó al gobierno hacia un doble conservadurismo: tanto en lo discursivo, como en la táctica electoral. Una decisión paradojal, para un partido que nunca creyó en el poder de las movilizaciones. Al radicalizar su speech, al punto de satisfacer la sed de sangre (populista y sindical) de su núcleo de votantes, el macrismo revela una resignación: no tiene demasiadas perspectivas de ampliar su techo en las legislativas.

Ante la imposibilidad de acercarse al apoyo obtenido en el balotaje, desde Casa Rosada optan por consolidar su piso. Y si bien el riesgo es correrse del centro y abandonar su intento de seducción a los sectores no polarizados (¿massistas?), lo cierto es que esa suerte de tercera posición pasa por su peor momento. Con el Frente Renovador algo desdibujado, el macrismo apunta a crecer desde su base histórica, y así atravesar con un éxito módico (ese ya es el objetivo de máxima) el trámite de las legislativas. Si existieran resultados económicos de los que jactarse, el plan sería otro. Pero a la fecha no los hay, y entonces el mini 17 de octubre macrista apuró la vía del endurecimiento.

Así, con fe renovada en la hoja de ruta propia, Mauricio Macri y sus ministros ensayan el papel de policías malos contra las diversas mafias que traban el cambio: gremios, piquetes y populismo. En síntesis, contra el paro reciente de la CGT. "El paro del transporte", como buscó ningunearlo Marcos Peña. De fondo y más allá de algunos detalles, el adversario es el kirchnerismo. Para algunos funcionarios, ya ni hace falta adjetivar a la fuerza de Cristina Kirchner: "La jueza Dora Temis tiene antecedentes kirchneristas", explicó el ministro de Trabajo Jorge Triaca. Y ese mero planteo le alcanza al gobierno para recusar a la jueza que ordenó convocar a la paritaria nacional docente, dispuesta por ley.

Tal es la batalla mental que, por estos días, libra el macrismo. Polarizar y estigmatizar. Así busca la carambola de diluir al massismo y, llegado el momento, pelear contra un boxeador viejo, cansado y desprestigiado. En el reparto de roles interno, sin embargo, existen algunos matices: por decisión del equipo comunicacional que hegemoniza Casa Rosada, Marcos Peña se desempeña como el más malo de los gendarmes macristas, dejando a Macri en un plano (apenas un poco) más conciliador.

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Sin plan B, aunque CFK no se presente

(por Andrés Fidanza) El gobierno ya ató su suerte a un rumbo económico y a un discurso de campaña: rivalizar con una imagen estereotipada del populismo kirchnerista, encarnada en la figura de la ex presidenta. Ante esa estrategia cerrada del macrismo, Axel Kicillof, uno de los voceros informales de Cristina Kirchner, sugirió que ella no debería ser candidata en las legislativas. El razonamiento del diputado y ex ministro de Economía (y no sólo de él), es que la presencia de CFK pondría en un segundo plano al plebiscito sobre la gestión oficialista, tanto la de Mauricio Macri como la de María Eugenia Vidal.

Esa posibilidad generó (y todavía lo hace) un combinatoria de confusión, esperanza y revuelo entre las tribus peronistas, incluida la de Sergio Massa. En Casa Rosada, sin embargo, no hay un plan B. Ya sea CFK, Daniel Scioli o Florencio Randazzo (aunque muchos preferirían que fuera Cristina, por aquel dato estadístico sobre el techo bajo), el gobierno tiene un guión preescrito: anti-kirchnerismo de trazo grueso, denuncias de un clima destituyente (sí, como el anterior clima destituyente), intransigencia en la negociación con los gremios, candidaturas de perfil bajo, apuesta al proselitismo 2.0, un shock de obras en el conurbano, y la renuncia absoluta a organizar (y ni siquiera intentarlo) una manifestación en apoyo a Cambiemos. “La calle no es lo nuestro”, resume un funcionario con oficina en la Rosada.

El gobierno se entusiasma con algunos datos económicos macro, más los mimos que le dedica una parte del establishment político y financiero internacional. Los reyes de Holanda y el presidente de España Mariano Rajoy fueron los últimos en arropar a Macri, en un contexto local de descontento a la suba. La reciente gira de Macri por Holanda sirvió para compensar su profunda incomodidad frente a los aniversarios del golpe de Estado de 1976. Sin mucho tacto, conocimiento o interés por correr la carrera de la condena a la dictadura (al contrario, una parte de su gabinete busca instalar una versión light de la teoría de los dos demonios), el presidente está condenado a padecer cada 24 de marzo.

Su tropa, por su parte, demostró que no habrá tregua en el machaque discursivo de la polarización. En el Día de la Memoria, los diputados de Cambiemos posaron con tres carteles. Los lemas fueron: "Los derechos humanos no tienen dueño", "Nunca más a los negocios con los DD.HH" y "Nunca más a la interrupción del orden democrático". Así, dos sobre tres consignas apuntaron directamente al ciclo kirchnerista, por sobre la condena al golpe de Estado de 1976. En adelante, cada noticia, efeméride, accidente o conferencia de prensa estará puesta en función de reforzar esa rivalidad. “Es una realidad que viene de abajo hacia arriba, no la imponemos nosotros”, revela un vocero de gobierno. Las encuestas macristas (a cargo de Isonomía) y los focus group (hechos por el equipo de Jaime Durán Barba) recomiendan, al menos por ahora, seguir esa hoja de ruta.

Así, las candidaturas peronistas no alterarán el panorama ni el reparto de roles dentro del gobierno. Los vicejefes de gabinete Mario Quintana y Gustavo Lopetegui se dedicarán a la gestión. Rogelio Frigerio y Emilio Monzó (un poco menos, por estar en penitencia) se encargarán de la relación con gobernadores, intendentes y legisladores, así como del armado político en el interior. Omnipresente, Marcos Peña supervisará ambas áreas. A cinco meses para las PASO, y con mínimos matices en caso de que Cristina Kirchner decida no presentarse, esa es la principal y casi única apuesta del macrismo.

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Macri va a la guerra

(por Andrés Fidanza) En el lapso de una semana, el presidente y sus ministros saturaron su relato con metáforas bélicas y denuncias de golpismo soft. ¿El motivo? Un paro docente, decidido ante la evidente caída del salario real de los maestros. Así, frente a la primera complicación política del gobierno (un conflicto sumamente leve, en perspectiva histórica), el macrismo opta por apretar su botón rojo discursivo.

Se trata de un recurso infalible entre la hinchada propia, sedienta de sangre populista, pero de resultado incierto entre el tercio que define las elecciones y el humor social. ¿Hay plan B, en Casa Rosada, por si falla el combo de micro-ajuste con polarización rabiosa? No. Los gobiernos no suelen alterar tan fácilmente su hoja de ruta. Lo que sí abunda es mucho optimismo (oficial) en que la economía finalmente repunte, más una comprensión mediática sostenida, y algunos millones de pesos para obras y proyectos en los distritos donde Cambiemos anda flojito en las encuestas.

Si bien Macri intenta no comerse el desgaste de la pulseada con los docentes, el presidente apoya en público la “batalla que da” María Eugenia Vidal. Y hasta evoca a los maestros de la Japón post-bomba de Hiroshima para limar a los gremios docentes. Mientras, sus ministros (re)descubren el clima destituyente, esta vez en cabeza de una confabulación superestructural del kirchnerismo, con Cristina Kirchner como la verdadera titiritera de Roberto Baradel.

Para que ese plan de trazo grueso funcione, Jaime Durán Barba cuenta con el fanatismo del público propio y la indiferencia despolitizada (y por momentos adormilada, según la visión despectiva del gurú macrista) de las mayorías restantes. El ala política de Cambiemos, siempre escéptica respecto a las fórmulas simplificadoras de Barba, intenta concretar un aporte más material. Ese sector cree que la retórica victimizante no será suficiente para atravesar con éxito las legislativas. Y hasta por momentos se ubica a la izquierda de un núcleo del establishment (y también de la sociedad) que le exige al macrismo mucho más ajuste y represión.

El Ministerio del Interior, manejado por Rogelio Frigerio, impulsa un paquete de obras en la provincia de Buenos Aires: agua, cloacas, vivienda y rutas. El foco está puesto en la tercera sección electoral, con La Matanza como protagonista, donde votan más de 4 millones de personas y el congelamiento de la economía impacta especialmente. Ahí, en los partidos de Almirante Brown, Avellaneda, Esteban Echeverría, Ezeiza, La Matanza, Lanús, Lomas de Zamora y Quilmes, entre otros, el propio gobierno es pesimista respecto a su futura performance electoral.

A cinco meses para las PASO, sólo entre proyectos vinculados a agua y cloacas para la tercera sección, Aysa (dependiente del Ministro del Interior) presupuestó, licitó o puso en marcha obras por unos 44 mil millones de pesos. Ese monto incluye obras aún en etapa de proyección, y que por lo tanto no llegarían a terminarse en 2017.

En La Matanza, Aysa tiene 38 obras en marcha o en agenda, por más de 6 mil millones de pesos. El ritmo actual contrasta con la notoria pasividad del primer año de administración macrista. Hasta enero pasado, el gobierno terminó pocas obras de infraestructura nacional, por sólo 1920 millones de pesos. Ahora, Cambiemos apuesta por las obras para revertir el bajón en la imagen del gobierno, acentuado en la decisiva tercera sección electoral.

Días atrás debutó la mesa nacional de Cambiemos, con el objetivo de unificar estrategias electorales entre provincias. El mayor interés del oficialismo está puesto en las legislativas de la provincia de Buenos Aires. Las energías del gobierno de María Eugenia Vidal, sin embargo, por ahora están destinadas a ganar (la guerra) contra los docentes.

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Kirchnerizar el descontento a martillazos

(por Andrés Fidanza) Ante la sucesión de marchas, paros y protestas en su contra, el gobierno ensaya una respuesta tranquilizadora para su propia conciencia: atribuir origen kirchnerista a cualquier síntoma de malestar social. Así, unifica su estrategia electoral a futuro (polarizar a los gritos), con la difusión de un diario de Yrigoyen para consumo interno de la Casa Rosada.

Sin resultados económicos para mostrar con orgullo, con algunas abolladuras en el speech de la honestidad (en especial, a partir del acuerdo del Estado con el Correo), el macrismo retoma su acto reflejo de campaña: medirse con el ciclo kirchnerista. Pero con una diferencia importante: en 2015, la comparación era entre las buenas intenciones del PRO y todos los déficits y heridas acumuldas por el kirchnerismo, tras 12 años de gobierno.

Ahora, 15 meses después, con la pobreza en aumento (según datos recientes de la UCA, subió casi cuatro puntos en el ciclo de Cambiemos) y la inflación todavía en alza (para el INDEC, fue de 2,5% en febrero), resulta casi imposible repetir la operación y obtener los mismos resultados. Sobre todo, si la economía no empieza a mostrar señales de recuperación que excedan el mero rebote light.

Al momento, el oficialismo no tiene demasiadas alternativas que reducirse a su mínima expresión de lado B kirchnerista. Un macrismo pre-balotaje, armado con la sutileza de las cadenas de spam. Para contentar a los propios, alcanza y sobra. Como plan electoral para seducir a las mayorías, su eficacia pinta mucho más riesgosa. Mientras tanto, Cambiemos hace tiempo entre el optimismo, el autoengaño y el favor de los grandes medios.

Respecto a la pérdida del control callejero, la realidad es que el gobierno nunca lo tuvo. El despliegue territorial de sus masas silenciosas, tanto en cacerolazos como marchas vinculadas a la muerte del fiscal Alberto Nisman, estuvo sin falta vinculado al rechazo absoluto hacia el peronismo, con especial encono por Cristina Kirchner. Para el público PRO, el motor para salir de la casa fue siempre la oposición reactiva, más que la afirmación por la positiva. Si en algún momento el macrismo amagó con correrse de ese estado de plebiscito permanente hacia el kirchnerismo, ahora parece no contar con un plan B.

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Donde más le duele al macrismo

(por Andrés Fidanza) El arreglo “abusivo” del Estado con el Correo logró lo que el congelamiento económico no había hecho: poner en crisis la identidad impoluta del macrismo, principal caballito de batalla a la hora de bancar al gobierno. Incluso ante los ojos de la propia base electoral PRO, el acuerdo estatal con la empresa de los Macri desdibujó un poco la imagen que el oficialismo había construido: la de representar la contracara ideológica, pero sobre todo ética, del ciclo kirchnerista. Los cientos de comentarios críticos en las notas sobre el caso, en medios como La Nación (posteos que exceden a los de los opositores usuales), son una prueba de ese malestar inicipiente.

Si bien no parece que el Correo-affaire vaya a ser un punto de inflexión catastrófico en la historia de Cambiemos, este tipo de noticias son las que más dañan su capital: el importante nivel de confianza social que, pese a los despidos y la caída del salario real, el macrismo todavía sostiene.

Salvando las distancias, el escándalo de la Banelco resultó más perjudicial para la Alianza, que la insostenible continuidad del modelo económico menemista. El pago de coimas fue incluso más objetable, tanto en los medios como en la calle, que la ley de flexibilización laboral que se transaba en el Congreso. Fue la corrupción, y no la ideología, lo que habilitó la crítica integral hacia un gobierno gris, conservador, sin firmeza ni ideas.

Cambiemos no es la Alianza. Mauricio Macri no es igual a Fernando de la Rúa. Y el contexto socio económico de 2017 no equivale (afortunadamente) al del 2000. Pero en aquel momento, tras el agotamiento del ciclo menemista, las ganas de creer estiraron el optimismo por abajo. Porque a la postverdad no la inventó el Brexit ni Donald Trump.

Ahora, el gobierno corre un riesgo parecido al de la Alianza: que el arreglo con el Correo, cedido por Carlos Menem al Grupo Macri en 1997, saque del placard al malhumor social acumulado. De ser así, a Cambiemos le podrían llegar todas las facturas juntas.

En 1997, la decisión de comprar el Correo Argentino fue (otro) motivo de discordia entre el padre y el hijo. Mauricio quería. Franco, no. Ante la ola de privatizaciones noventista, Franco no mostró ningún interés en quedarse con el Correo. El actual presidente, en cambio, sí aprobó el ingreso del Grupo a la ex empresa estatal.

Así, el 1 de septiembre del 97, Menem le dio la Empresa Nacional de Correos y Telégrafos (Encotesa) a la Sociedad Macri en concesión por 30 años. Al poco tiempo, el Grupo dejó de pagar el canon al que obligaba la privatización –con el argumento de incumplimientos estatales del contrato–, se endeudó y echó a unos diez mil trabajadores. El kirchnerismo reestatizó el Correo y Macri, Franco, demandó al Estado.

Ahora, el gobierno firmó un acuerdo con el Correo. Si bien se trata de un pacto plagado de detalles técnicos, sobrevuela la idea (justificada) de que hay un conflicto de intereses en lo aceptado por el macrismo.

Al momento, casi todas las encuestas coinciden: la impresión mayoritaria es que Macri gobierna para los ricos. Esa mirada crítica, sin embargo, no anula la valoración positiva que todavía existe sobre Macri y Cambiemos. Ambos datos conviven tensamente. El hecho de que los ricos pasen a tener nombres propios, como el de Franco Macri, podría empezar a desempatar la ecuación en contra del oficialismo.

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Escuchas para todos: la zona oscura

(por Andrés Fidanza) En julio de 2016, el juez Ariel Lijo ordena que se hagan pinchaduras telefónicas online. La causa está centrada en la supuesta complicidad de Oscar Parrilli en la fuga de un narco. El juez Lijo a su vez permite que Agencia Federal de Inteligencia tenga acceso y participe de las escuchas. Vía Oscar Parrilli, gran parte de los audios alcanzan a Cristina Kirchner. En el expediente de la causa se incluye un resumen con transcripciones de las conversaciones. Así, desde octubre, tanto la AFI, como el juez Lijo, el fiscal Guillermo Marijuán y el propio Parrilli manejan esa información.

Por decisión de Lijo, los agentes de la AFI captaron online las pinchaduras telefónicas a Parrilli (con Cristina Fernández). Lijo podría haber delegado el trabajo en alguna otra fuerza de seguridad, pero optó por la AFI de Gustavo Arribas y Silvia Majdalani. A pesar de que las escuchas dependen de la Corte Suprema (y ya no de la AFI), Lijo pidió en junio pasado la colaboración de los agentes y se inclinó por la modalidad urgente del vivo y en directo, en general usada en casos de secuestros extorsivos.

El juez justificó esa decisión por el protagonismo que había tenido la ex SIDE en el inicio de la investigación contra Parrilli y otros tres ex espías (uno de ellos fue el Director de Asuntos Judiciales de la AFI en la gestión kirchnerista, Emiliano Rodríguez). Según la versión de la actual conducción de la Agencia, los jefes macristas dieron con una carpeta que muestra la complicidad de Parrilli con el narco Ibar Pérez Corradi.

Casi seis meses más tarde, se filtran a la prensa un parte de las escuchas: una edición de los tramos en los que habla la ex presidenta. Nadie se hace cargo de la difusión: ni el juez, ni el fiscal, ni la AFI, ni la Corte Suprema. Si bien los audios no tienen relación con la investigación por las que fueron autorizadas, generan ruido político y mediático, y hasta denuncias judiciales paralelas contra Parrilli y CFK.

Al momento, el contenido de las charlas no parece demostrar delitos flagrantes por parte de los pinchados. Y en concreto, no tiene conexión alguna con la investigación original: supuesta ayuda de Parrilli, el último jefe kirchnerista de la ex SIDE, al narco Ibar Pérez Corradi, ex prófugo por el triple crimen de General Rodríguez.

El modus operandi de esta trama muestra un link demasiado estrecho y al borde de lo ilegal entre el poder judicial y la Agencia Federal de Inteligencia. Con la asistencia, por lo menos acrítica, de algunos medios de comunicación. En resumen, se trata del mismo combo por el que, años atrás, se acusaba al kirchnerismo. O más específicamente: se señalaba a un sector de la ex SIDE, más ciertos jueces y fiscales, por su funcionalidad con el gobierno anterior. A fines de 2014, cuando Cristina Kirchner intuyó deslealtad por parte de la vieja guardia de espías, con Jaime Stiuso a la cabeza, empezó el descabezamiento general de “la Casa”. En ese momento se rompió el stato quo sostenido por años dentro de la ex Secretaría de Inteligencia.

Ahora, el sainete de las escuchas es síntoma de un regreso: el de aquella zona oscura. Un espacio de convivencia admitida, normalizada e histórica entre los servicios de inteligencia y la justicia federal. La víctima, en este caso, como siempre, es una circunstancia. Le toca a Cristina Kirchner, pero ya llegarán otros, de distinto signo político. Y aunque el kirchnerismo haya mantenido inercialmente ese esquema durante años, nada justifica que se repliquen las peores prácticas del apriete y la extorsión.

La vuelta de aquella máquina en bambalinas, en general puesta al servicio de algún sector de la política, tiene más de un nombre propio: el actual director de finanzas de la AFI, Juan José Gallea, ocupó ese mismo puesto en el gobierno de la Alianza. Tras la caída de Fernando de la Rúa, Gallea fue señalado e investigado por su rol en el pago de coimas para aprobar una ley de flexibilización laboral: la famosa Ley Banelco. Según una pista que nunca se pudo comprobar, la plata para los sobornos habría salido de los gastos reservados de la ex SIDE.

La promesa institucionalista del macrismo, en este punto, sigue pendiente. En realidad, a la fecha no parece existir la menor intención de empezar con un cambio.

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Los amigos del presidente

(por Andrés Fidanza) Un multimillonario inglés, dueño de más de 12 mil hectáreas en la Patagonia, que incumple desde hace 5 años un fallo de la Corte Suprema de Río Negro. Y un escribano cercanísimo (ex Socma), con el que juega al paddle, tiene complicidad varonil de vestuario, hizo operaciones de compra y venta de jugadores en Boca (sospechadas de lavado y evasión), y al que le alquila su casa en Palermo Chico.

Mauricio Macri comparte con Joe Lewis el idioma de los empresarios globales, para quienes cualquier negocio es posible, por más que resulte incomprensiblemente resistido por algunos vecinos reacios al progreso.

“El Lago tiene un mejor acceso del que tenía antes de que Joe Lewis compre esa propiedad, que limita con el Lago, que es un acceso peatonal desde la Ruta Nacional”, aseguró Macri en Casa Rosada. Se refería al Lago Escondido, ubicado a menos de 45 kilómetros de El Bolson, al sur de Río Negro. Si bien es navegable y por lo tanto no puede tener dueño, el lago está semi-privatizado por Lewis desde hace 20 años.

La afirmación de Macri fue la que más enojó a los vecinos y militantes que luchan, desde la llegada de Lewis a la Patagonia, para conseguir una vía directa hacia el lago. El acceso referido por Macri es un camino sinuoso, sólo apto para baqueanos entrenados: obliga a cuatro días de caminata y cabalgata. Para completar sus 84 kilómetros de ida y vuelta hasta la ruta 40, es necesario dormir en dos refugios que están por fuera de la propiedad de Lewis. En todo el 2010, menos de 20 personas se le animaron.

Si con Lewis los une la afinidad universal de los empresarios poderosos, con Gustavo Arribas directamente se funde en una esencia común: pasando por alto algunos detalles biográficos, Macri y el jefe de la Agencia Federal de Inteligencia son el mismo sujeto social. Además de sus 30 años de amistad, Macri y Arribas están atados generacionalmente (los dos tienen 57 años), unidos por sus gustos y consumos de clase, por sus momentos vitales (ambos tuvieron hijas chicos con sus nuevas parejas), y por sus prácticas en la gestión privada, en general orientadas a combatir por cualquier medio el saqueo fiscal del Estado. Sobre este último punto, Macri tiene una convicción íntima que también aplica para su amigo e inquilino: lo que pasó antes de que se metiera en política, queda en el pasado, y no hay derecho ni justificación para escrutarlo. Desde que se interesó por los representación pública, en reacción psicológica al mandato paterno de Franco, Mauricio renació. Y sólo desde ese kilómetro cero es válido juzgarlo.

Señalar un offside ético de Arribas para echarlo del gobierno implicaría, en el fondo del alma presidencial, autoincriminarse. Y Macri no cree que Arribas sea culpable, por más que todavía abunden las dudas respecto a su relación con la constructora Odebrecht, investigada por el pago de coimas en Brasil, Argentina y otros diez países. A los ojos de Macri, las sospechas sobre Arribas resultan invisibles.

Así, el jefe de la AFI cuenta con el apoyo blindado de Macri. En contra de la sugerencia de voces aliadas, como la de Elisa Carrió y Graciela Ocaña, el presidente lo sostendrá en el cargo.

“Arribas va a traer los papeles, el día 23, cuando el brasileño (presunto comprador) vuelva de sus vacaciones, demostrando que él compró un departamento y le giró ese dinero, vía Meirelles”, afirmó Macri en Casa Rosada, en su primera conferencia de prensa del año. Se trató de una convocatoria hecha a pedir de Arribas, en la que el presidente minimizó la acusación y lo respaldó a sobre cerrado. El director de la ex SIDE, sin embargo, incumplió aquella promesa. Arribas no mostró el título de la propiedad, ni aportó el nombre del supuesto comprador, quien le habría girado 70 mil dólares por la venta de un inmueble en San Pablo.

Lo que sí está probado es que el giro se concretó desde una cuenta en Hong Kong hasta a la del banco suizo (declarada por Arribas), a través de una empresa que la justicia brasileña definió como "fachada" para el pago de coimas, lavado y evasión.

Frente a la débil respuesta de Arribas, la voz moral de Elisa Carrió aumentará la tensión interna de Cambiemos. Y ya no será la única que exija su renuncia. Veremos si Macri está dispuesto a sacrificar a su amigo, el Negro Arribas, al frente de la AFI. Para el presidente, se trataría de una enorme injusticia.

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Arribas tiene las espaldas bien cubiertas

(por Andrés Fidanza) La denuncia contra el jefe de la Agencia Federal de Inteligencia tiene destino de disolución. Ese podría ser su desenlace inminente, incluso antes de que Gustavo Arribas llegue a desplegar todos sus argumentos de defensa. Mauricio Macri decidió blindar a su amigo e inquilino, mientras el juez a cargo de la investigación adelantó que el delito del que se lo acusa es “difícil de probar”. Si bien un periodista del diario La Nación reveló el caso, los grandes medios no muestran interés en profundizarlo.

Con perfil bajísimo, el lapso de un año fue suficiente para que Arribas se consolidara como el mandamás de la ex SIDE. Con aval presidencial, puso casi 600 espías nuevos, consiguió un importante aumento presupuestario para 2017, y se gestionó una mayor cobertura legal para manejar la Agencia a discreción.

Millonario, bonvivant y amigo personalísimo de Macri (el presidente le alquila su departamento de Libertador y Cavia), Arribas encabeza el ranking patrimonial de los funcionarios PRO. Con $115,6 millones, es el más rico entre ricos, por encima de Macri ($110,2 millones); del ministro de Energía y Minería, Juan José Aranguren ($86,7 millones); y del ministro de Finanzas, Luis Caputo ($84,4 millones).

Antes de ser designada al frente de la AFI, Arribas era candidato a dirigir el programa oficial Fútbol para Todos. Pero la jefatura de la ex SIDE había quedado vacante, tras el rechazo de otro viejo amigo de Macri y Arribas: Daniel “El Tano” Angelici, quien renunció al cargo pero no a la posibilidad de influir sobre la justicia y la ex SIDE.

Pese a que no tenía expertise ni familiaridad con el espionaje, la postulación de Arribas consiguió un amplio apoyo en el Senado nacional. Obtuvo 44 votos a favor y sólo tres en contra.

Tras vivir en San Pablo por casi una década, el escribano y representante de futbolistas cumplía el único requisito que Macri consideraba indispensable: la confianza. Se la había ganado desde sus tiempos como escribano de Socma, y a partir de los negocios de compra y venta de jugadores en Boca.

Con Macri en la presidencia xeneize, Arribas fue intermediario en el cuestionado pase de Carlos Tevez al Corinthians en 2005. Tras declaraciones contradictorias sobre cuál había sido el monto real de la venta, el entonces diputado Mario Cafiero le pidió a la Unidad de Información Financiera (UIF) que investigara la trama de la operación.

“Fue escandaloso. Había fuertes sospechas de lavado y por detrás estaba la mafia rusa. Ya en ese momento estaba claro su rol de ladero de Macri en operaciones nonc sanctas”, opina Cafiero, doce años después. “Arribas era el testaferro de Mauricio”, acusa directamente el ex vice de Macri en Boca, Roberto Digón.

Al mando de la AFI, Arribas estableció una sociedad informal con un grupo de dirigentes que, pese a no contar con cargo formal, tallan sobre el rumbo de la Agencia: el presidente de Boca Daniel Angelici; el ex número dos de la SIDE durante el gobierno de la Alianza, Darío Richarte; y el mítico radical Enrique “Coti” Nosiglia, quien volvió a visitar el edificio de la ex SIDE.

A lo largo del primer año macrista en el gobierno, Majdalani funcionó como un pararrayos de las denuncias y cuestionamientos a la AFI. Por su perfil alto, pasado ultra-menemista, roces previos con la justicia y amistad con el ex número dos de la Agencia, Francisco “Paco” Larcher, la “Turca” Majdalani empujó a Gustavo Arribas hacia un conveniente segundo plano.

El amigo de Macri aprovechó ese corrimiento para concentrarse en la acumulación de poder: se alió estratégicamente con Angelici, echó y jubiló a casi 600 espías, y en contrapartida sumó unos 600 nuevos.

Ahora, tras la reciente acusación en su contra, salió de las sombras a la fuerza, convirtiendo por un momento a la ex SIDE en un hormiguero. Si bien Elisa Carrió, Margarita Stolbizer, Graciela Ocaña y algunos dirigentes radicales piden su suspensión de la AFI, Arribas cuenta con un apoyo casi blindado en Casa Rosada.

Según la investigación del periodista Hugo Alconada Mon y el equipo peruano IDL-Reporteros, en 2013 un financista de la constructora Odebrecht, condenada por el pago de coimas en Brasil, Argentina y otros diez países, le giró casi US$ 600. Aquel pago de septiembre de 2013 coincide temporalmente con un hecho de la política argentina: por aquellos días, obtuvo un nuevo impulso el proyecto para el soterramiento del tren Sarmiento. La obra quedó a cargo del consorcio de empresas integrado por Odebrecht, la argentina Iecsa (de Ángelo Calcaterra, primo de Mauricio Macri), la española Comsa y la italiana Ghella.

Arribas negó tener relación con Odebrecht, pero admitió haber recibido unos 70 mil dólares por la venta de un inmueble en San Pablo. El giro se habría hecho desde una cuenta de Hong Kong a una de Suiza (declarada por Arribas), a través de una empresa que la justicia brasileña definió como "fachada" para el pago de coimas, lavado y evasión. El dato sobre el origen de la transferencia, y no tanto la controversia sobre el monto recibido, es el que más compromete a Arribas.

El jefe de la AFI, sin embargo, cuenta con las espaldas bien cubiertas. Macri lo sostiene casi a sobre cerrado. Con esa banca, el primer reflejo del gobierno fue protegerlo sin titubear. El juez federal Rodolfo Canicoba Corral, uno de los encargados de investigarlo, también le bajó el tono al posible delito en declaraciones a Radio con Vos. Para Canicoba Corral, quien encabeza uno de los tres juzgados a los que les tocaron las denuncias, la acusación "es muy difícil de probar". Los grandes medios, incluido el diario en el que se publicó la noticia, parecen encaminados a confiar en la versión de Arribas y a dar por cerrado el caso.

Así, Arribas se dispone a empezar el año, tras la vuelta de sus vacaciones en Brasil, con más facilidades al frente de la Agencia de Inteligencia. La AFI cuenta con un plus presupuestario de 355 millones de pesos: un aumento del 24,5%, por encima de la suba integral del presupuesto (22%) y de la inflación proyectada para el año próximo (17%). Además del aumento de fondos, la AFI ya no tiene la necesidad de rendir cuentas públicas, desde que Mauricio Macri habilitó por decreto la confidencialidad plena de sus recursos.

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Querer y no poder

(por Andrés Fidanza) Si la filosofía kirchnerista era que la política es siempre sinónimo de pelea, la de Mauricio Macri se resume en el mensaje central de las técnicas de auto-ayuda: querer es poder. Se trata de una arenga optimista para que los argentinos, todos, juntos y unidos, tiremos para adelante. El Imagine macrista elimina retóricamente las diferencias de intereses, clases, religiones e ideologías, y omite dar más detalles sobre la propuesta: cómo, quiénes, cuánto tiempo y hacia dónde hay que empujar. No importa demasiado: gobernar un país específico, ubicado en sudamérica, se lleva puesto cualquier eslogan, por más que sea enunciado con énfasis, honestidad o inocencia. El día a día es otra cosa. Ni Cristina Kirchner daba todas las peleas que prometía, ni Macri confía del todo en su haiku de las buenas ondas.

En sus últimos tres o cuatro años de gobierno, al kirchnerismo le costó aplicar su teoría sobre el carácter político de los sucesos: esa convicción no le alcanzó para dominar la macroeconomía. Y su discurso cayó en un offside voluntarista, para regocijo eficaz de los grandes medios.

El catecismo macrista (pacifista, comparado con el cristinista) chocó contra la realidad más rápidamente. Néstor y Cristina Kirchner ganaron varias peleas antes de empezar a perderlas por puntos, knock out o desempate del vicepresidente radical. En su primer año de gobierno, a Macri le falló una buena parte de su apuesta: su mera presencia empresario-friendly no atrajo las inversiones esperadas, al punto de cumplir su expectativa: reemplazar incentivo a la inversión por aliento al consumo. Su confianza en abrirse al mundo también fracasó: un contexto de retraimiento general no ayudó al macrismo, dejando a la economía congelada durante un año largo.

Ahora, el gobierno intenta hacer equilibrio entre su convicción liberal y sus necesidades políticas, en un año electoral. "Ojalá ustedes las vean como menos graduales y del otro lado como más graduales", le respondió Macri a Marcelo Longobardi, quien le había consultado (con opinión tomadísima) sobre las políticas para el 2017. El sueño presidencial es ser visto como moderado o de shock, según quien mire.

En contra de su ideología pro baja de impuestos, el macrismo subió el IVA al eliminar la devolución por consumo con tarjeta de débito. Mientras tanto, le encomienda a Nicolás Dujovne rascar el fondo de la olla para bajar el déficit. A diferencia de los recortes y privatizaciones estructurales de los noventa, el nuevo ministro de Hacienda cuenta con un tijerita plegable e importada de China para concretar el ajuste.

"Tenemos un componente del gasto automático muy elevado. El gasto previsional es alto y va a seguir subiendo por los próximos años por la curva demográfica y por el impacto de la reparación histórica. Y por otro lado tenemos decisión política y económica de mejorar el gasto en infraestructura. Argentina tiene la infraestructura atrasada, colapsada: mejores trenes, rutas, puertos. Eso nos obliga a ser extremadamente prolijos, ser muy eficientes en los gastos de la administración. Y mirar si hay duplicaciones de Secretarías, por ejemplo", explicó Dujovne al diario El Cronista, pocos días después de asumir.

Obviando el dato de que el macrismo aumentó el número de secretarías nacionales (pasaron de 70 a 90), Dujovne planea construir puentes, trenes y puertos, con la (improbable) ayuda del ajuste minimalista como recurso.

La impotencia del primer año a la baja también parió una novedad en el estilo de conducción interno: Macri pasó del siga siga a la mano dura hacia su tropa. En su etapa de alcalde porteño, recién modificó el gabinete tras haber cumplido su segundo año en el cargo, pese a que existían internas feroces (larretistas vs. michettistas), ministros con ambiciones y agenda propia, y enormes dificultades para dar con el timing de la gestión porteña. Como presidente, ya corrió a dos funcionarios de peso, incluido el ministro de Economía. Y el secretario de Obras Públicas, Daniel Chain, también quedó al borde de la expulsión.

A diferencia de Alfonso Prat-Gay e Isela Costantini, Chain es un PRO puro. Ex ejecutivo de Socma (la histórica empresa del Grupo Macri), Chain fue ministro de Desarrollo Urbano porteño de punta a punta de la administración macrista. Sobre sus 12 ministros originales en la Capital, ocho tuvieron esa misma continuidad. Un récord que difícilmente se vaya a repetir en la Nación.

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Veranito peronista

(por Andrés Fidanza) Cuando el gobierno marchaba a cerrar el año políticamente invicto, casi sin traspiés ni grandes dificultades para imponer su rumbo (con ajuste incluido), una serie de retrocesos y errores no forzados le alteraron el guión. Sin caer en idealizaciones sobre una unidad plena casi impracticable, sobre fin de año la vasta familia peronista recuperó la iniciativa perdida y reforzó su perfil opositor.

Tras un año de desconfianzas, enfrentamientos larvados y pases de facturas vencidas, el mundo peronista llegó a un acuerdo en la Cámara de Diputados, alrededor del proyecto sobre el Impuesto a las Ganancias. Emilio Monzó le puso a Mauricio Macri su mejor cara de “te lo dije”. Y el presidente se fastidió con Sergio Massa, olvidando su estrategia de rivalizar casi exclusivamente con el kirchnerismo. La reacción instintiva de Macri fue sacar a relucir su speech más anti-peronista, para satisfacción plena de sus votantes más fanáticos y gorlismo friendly. Pero a los pocos días se impuso a la fuerza el ánimo negociador, y los funcionarios macristas arrancaron la ronda de llamados, mensajes por whatsapp, reuniones y presiones monetarias a senadores y gobernadores.

La reforma aprobada por los diputados opositores, con base en las cuatro ramas principales del peronismo, no se aplicará. Caducará en el senado o en manos de un veto presidencial. Ese desenlace ya está prescrito y no será una sorpresa para nadie. La novedad que trajo la audaz jugada opositora fue de otro tipo: habilitó un cambio de escenario. El gobierno, casi por primera vez a lo largo de su primer año en el poder, quedó bajo la lupa, escrutado y a la defensiva. Hasta el momento, el oficialismo había logrado avanzar exitosamente desde lo político (pese al congelamiento de la economía) con extremo perfil bajo. Pudo manejarse libremente sin que se consolidara el clivaje clásico (jerga politológica para referirse a quiénes son los antagonistas centrales y en función de qué) del gobierno versus la oposición.

En parte gracias al crédito social de su primer año, y otro poco por la colaboración de los grandes medios, el oficialismo pudo sostener ese estado de excepción. Otras situaciones también lo ayudaron: la omnipresencia de Cristina Kirchner (incluso a su pesar); la atomización peronista; y los acuerdos llave en mano que el gobierno hizo con los gremios, el massismo y las organizaciones sociales.

Ese modelo parece haber entrado en crisis, tras la unificación peronista a partir de una agenda concreta: la reforma del Impuesto a las Ganancias. Para conseguirlo, los actores peronistas hicieron una tregua tácita: el peronismo no K abandonó su búsqueda permanente de la diferenciación con el kirchnerismo; y el Frente para la Victoria hizo una pausa en su cacería de supuestos traidores dentro del peronismo. Ahora, abundan las reuniones, los asados, los brindis, las negociaciones y las planes entre compañeros y ex compañeros.

Pero ningún evento de la política, incluso los más palaciegos, ocurren en el vacío. Según un informe reciente de Ibarómetro, en las últimas semanas hubo un sensible cambio de clima entre los ciudadanos que se identifican como opositores al gobierno. Dentro de ese universo, la encuesta de Ibarómetro detectó un aumento importante de quienes prefieren una “oposición firme y que ponga límites”. En contrapartida, los que pretendían un modelo de oposición que “dialogue y acompañe” cayó del 36% al 16%.

El veranito peronista difícilmente se traduzca en una gran alianza electoral. Se verá entonces qué tribu peronista está en mejores condiciones para capitalizar ese ánimo creciente de una oposición más clara. Pero para eso falta: el peronismo suele resolver esos dilemas a último momento, un rato antes del cierre de las listas.

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