Editorial

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Arrancó la fase defensiva del macrismo

(por Andrés Fidanza) Tras un año de haber salido siempre al ataque, de local y visitante, tanto en Casa Rosada como en el Congreso (con cuatro primeros meses de cambios en fast-forward), ahora al gobierno le toca empezar a cuidar el arco propio. Con la campaña electoral a la vuelta de la esquina, al macrismo ya no le resultará tan fácil imponer su agenda.

Al contrario, deberá barajar la de los planteos de la oposición, como le pasa ahora mismo con el proyecto sobre el Impuesto a las Ganancias que impulsa el massismo. De eso se quejó (y todavía se queja) Emilio Monzó: sumar operadores peronistas y mantener un discurso menos confrontativo (y hasta gorilón) podría haber sido una forma más astuta para enfrentar la etapa de vacas flacas que se viene. Y si bien son varios los funcionarios que comparten la postura de Monzó, aunque lo manifiesten tibiamente o sólo en off, Mauricio Macri ya tomó partido.

En el denominado retiro espiritual de Chapadmalal (una especie de introspección estudiantil y optimista del presidente con su gabinete ampliado), Macri decretó que el rumbo no se toca. Ni el económico, ni el político. “Esto no se trata de amontonar”, concluyó el presidente.

Así, el dúo Marcos Peña-Jaime Durán Barba sigue al mando de la estrategia política-filosófica de Cambiemos, consistente en hablar el lenguaje de los despolitizados y no manchar con peronismo la pureza aria macrista. Pactar con dirigentes sueltos del PJ, tal como propone Monzó, pondría en duda la identidad de Macri ante sus votantes. La opción rosquera de Monzó implicaría que el presidente y su familia dejen de ser tan blancos, tan hermosos y puros, tal como graficó la ex Gran Hermano, Pamela David.

Al igual que Amado Boudou y Sergio Massa, Monzó arrancó en el semillero de la UCeDE, antes de pasar al peronismo. En alguna curva de los primeros noventa, el menemismo vació de sentido la decisión de militar en una fuerza liberal, pero minoritaria en comparación con el PJ. En el salto de la UCeDE al PJ, las carreras y proyectos de los jóvenes liberales recibían mayores impulsos, recursos y chances de morder algún cargo.

Con más de 20 años jugando para el vasto equipo peronista (se puso la camiseta duhaldista, sciolista y narvaecista), Monzó ahora opina que al gobierno le faltan aliados peronistas. Sus candidateados fueron Florencio Randazzo, Julián Domínguez o Gabriel Katopodis. Al margen de los nombres propios, Monzó sostiene que al macrismo le faltan armadores políticos. Desde su mirada, operadores y peronistas se vuelven casi sinónimos. “No todos los peronistas son malos”, aclaró mientras almorzaba por TV, una vez que Mirtha Legrand lo tuvo acorralado a golpe de prejuicios.

En el peña-duranbarbismo creen que Monzó sobreactúa, que habla sólo para la tribuna del sistema político. Y algo de eso hay: con elogios de la oposición, Monzó consiguió ser reelecto con enorme consenso al frente de la Cámara de Diputados. Pero sus planteos exceden el calculito de la rosca parlamentaria. El diputado PRO-peronista pronostica que, de seguir así, Cambiemos perderá la legislativa y atravesará un año legislativo traumático, en el que su trabajo se limitará a atajar los penales de la oposición. ¿Demasiado pesimista? Puede ser. Hace poco más de un año, el macrismo también desoyó el consejo de analistas, consultores, editorialistas, punteros y sindicalistas, y llegó a la presidencia sin la necesidad de acordar con el peronismo. Sus pataleos, aún cuando no se cumplan del todo sus proyecciones agoreras, ya funcionan como síntoma: la etapa ofensiva del macrismo, reinante en los primeros meses de gobierno, se empezó a difuminar.

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Gobernabilidad mata internas y economía congelada

(por Andrés Fidanza) Sin brotes verdes, ni luz al final del túnel a la vista, las internas de gobierno se hacen cada vez más explícitas. Ante la falta de resultados (económicos), Emilio Monzó le pasa facturas estilísticas a Jaime Durán Barba y a Marcos Peña. Se trata de una de las tantas fricciones que existen en Cambiemos. Pese al panorama de tensiones y recesión, el gobierno negocia exitosamente con gremios y organizaciones sociales, aprovecha cierto ánimo social de confianza (o desgano), y a su vez resigna una parte de sus objetivos. Así, el macrismo consigue el único requisito indispensable para seguir adelante: gobernabilidad.

Lejos de ser una novedad, los cuestionamientos de Emilio Monzó son un clásico de las internas macristas, que suelen aflorar en los momentos de crisis: los PRO-peronistas se sublevan frente a la estrategia "gentista" (dominante en el macrismo) de hablar el lenguaje de los despolitizados (el 80% del electorado, según estima Durán Barba).

Dentro de Cambiemos, ya son varios los fuegos amigos bien consolidados: los hay personales, históricos y más conceptuales. Elisa Carrió, por ejemplo, acusa diariamente a Daniel Angelici de operar en la justicia y la ex SIDE. Y si bien el gobierno lo relativiza, se trata de un dato innegable: ayer El Tano Angelici y el jefe de la Agencia de Inteligencia, Gustavo Arribas, almorzaron en el restaurante Red de Puerto Madero.

Otras internas notorias son las que busca y genera la ministra de Seguridad Patricia Bullrich, quien está enemistada tanto con Marcos Peña, como con el ministro bonaerense Cristian Ritondo. Su perfil alto, declaraciones temerarias y protección a sobre cerrado de la corporación policial (incluso ante casos de aparentes abusos), ya le valió algunos roces importantes, al punto de que Mauricio Macri tuvo que mediar entre ella y María Eugenia Vidal.

Es una ley no escrita de la política: la economía a la baja potencia los malhumores preexistentes. Así, a un año de haber asumido, el mayor mérito que exhibe el gobierno de Mauricio Macri es prácticamente una cuestión de fe: haber plantado los pilotes para el desarrollo futuro, para el largo plazo venturoso y para convertir a la Argentina en Australia. Creer o reventar. Y ese es el handicap con el que por ahora cuenta el PRO: todavía son mayoría social los que prefieren creer.

Por arriba, en la franja de las elites opositoras o que simplemente no pertenecen a Cambiemos (sindicalistas, legisladores, organizaciones sociales, empresarios y medios de comunicación), pasa algo parecido. Se impone una mezcla de cálculo, obtención de pequeñas ventajas, falta de creatividad y percepción de un clima social que todavía le da cierto crédito al macrismo. Y algo más: no hay actores de peso que apuesten al desgobierno. Ese algoritmo da como resultado una especie de statu quo aprovechado por el oficialismo. Se trata, sin embargo, de un equilibrio demasiado frágil, en el que el macrismo ni siquiera puede desplegar libremente toda su agenda de gobierno.

La tercerización de la política social en un grupo de organizaciones territoriales, con predilección por el Movimiento Evita y la CTEP, no implica una garantía de paz social por tiempo indeterminado. Los planes sociales no logran reemplazar a una economía estancada. Con la mini-fractura del bloque del FpV todavía en caliente, el cristinismo exagera a sabiendas, al atribuir un juego tibio y casi oficialista por parte de la CTEP y el Evita. La semana pasada, la marcha de las organizaciones sociales al Congreso, con la presencia de un sector de la CGT, estuvo lejos de ser en apoyo al gobierno. A lo sumo se trató de una bravata previa a la mesa de negociación, en la que de hecho consiguieron algunas mejoras y aumentos en los programas. Vista desde el gobierno, esa concesión (contraria a su propio discurso e ideología) servirá para pasar diciembre en calma, para condicionar futuros reclamos y, sobre todo, para hacer tiempo y ganar un poco de aire.

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Con CFK de candidata, la elección bonaerense será mucho más una simple legislativa

(por Andrés Fidanza) La ex presidenta es la única dirigente capaz de nacionalizar y a la vez sumarle un plus de épica e interés (en muchos casos desde el morbo y la crítica antikirchnerista más rabiosa) a las legislativas bonaerenses. Con Cristina Kirchner en una de las boletas, la elección ya no sería una legislativa más, en la que los votantes se enteren sobre la hora de los nombres de los candidatos.

Además de romper cierta indiferencia social, su postulación en las legislativas del año próximo amaneza con llevarse puesta una buena parte de los análisis políticos de laboratorio circulantes, en direcciones todavía difíciles de calcular.

Si bien no hay confirmación oficial (en un sistema de comunicación siempre hermético y de voceros reducidos), existen indicios para presumir que Cristina Kirchner será candidata a senadora nacional por la provincia de Buenos Aires. O mejor dicho: que tiene la voluntad de presentarse. Desde hace unas semanas, tanto CFK como su entorno coquetean con esa posibilidad. Sus últimas intervenciones incluyen esa chance entre líneas, mientras su tropa se entusiasma con una encuesta reciente que la da ganadora.

Según el estudio de Analogías, basado en 1.815 casos de la provincia, la ex presidenta superaría el techo de los 30 puntos: la encuesta le adjudica un 32,5%, adelante de Elisa Carrió (con 25%), y de Sergio Massa, quien sacaría 20 puntos. En el conurbano, donde la lluvia ácida sobre CFK parece haber tenido menor impacto, su candidatura alcanzaría un 36.6 por ciento. En esa zona de la provincia -donde “Macri está destruido, pero María Eugenia Vidal no”, según el consultor Hugo Haime-, CFK se hace fuerte.

El cariño que despierta su figura en el conurbano alimenta la fantasía de una Cristina inmaculada, con un nivel de acompañamiento cercano al de 2011, al de los mejores años del ciclo económico kirchnerista, tiempos del win-win entre trabajadores y empresarios. El contexto recesivo de la provincia, con las changas y el comercio informal paralizados, no hace más alimentar esa ilusión. En diciembre, por ejemplo, la envalentonada militancia cristinista reeditará el periódico Patios Militantes. Y si bien el 54% nacional de 2011 resulta imposible de recuperar, el kirchnerismo se conforma con un treinta y pico bonaerense que desequilibre el empate de tercios entre Cambiemos, el massismo y el FpV.

A partir de un cálculo algo esquemático, basado en la conveniencia de polarizar con un kirchnerismo de aparente techo fijo (y bajo), el macrismo también alienta la candidatura de CFK. Ante la falta de resultados económicos, el oficialismo buscará estirar el estado de plebiscito permanente sobre la última etapa del kirchnerismo. Y la mejor forma de subrayar el contraste es con Cristina Kirchner de candidata, en el único distrito capaz de imponer una lectura nacional del resultado electoral. Así, el discurso de la gestión y la racionalidad macrista derivarán a la fuerza en una retórica sobre la ruptura y la pesada herencia. Se trata de una apuesta riesgosa por parte del PRO.

El massismo disiente con ambas fuerzas, en función de sus propios intereses: en el partido de Sergio Massa creen que la presencia de CFK volvería bastante angosta su ancha avenida del medio. Cercana al Frente Renovador, Margarita Stolbizer llegó a sugerir que el gobierno opera judicialmente para frenar la detención de CFK, con el objetivo de manetenerla en la cancha electoral. Mucho menos confiados que los macristas, una parte de la tropa massista entiende (y entiende bien) que la candidatura bonaerense de Cristina le agregaría una electricidad impredecible a la elección.

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De ghost writer de De Narváez a esperanza blanca del progresismo

(por Andrés Fidanza) Es aliado de Macri, pero adversario de Rodríguez Larreta, y cuenta con el apoyo de la estructura nosiglista. Es un economista progre con residencia en Washington, según lo chicanea el larretismo. Fue kirchnerista (sobrevivió a la 125), felipista y originalmente narvaecista, al punto de que empezó su carrera política como ghost writer del empresario colombiano. Se sirve del voto-metejón de los porteños, pero no descarta ir por algo más en 2019. Sin territorio ni partido propio, Martín Lousteau es el gerente de marketing de su empresa unipersonal.

El embajador en Estados Unidos tiene 45 años. Es Egresado del Colegio Nacional Buenos Aires (o El Colegio a secas), economista de la San Andrés y "Master" en el London School of Economics and Political Science. Desde su formación arrastra con un mandato cantado: ser parte de la élite argentina. Ese deber ser le justifica los sucesivos cambios de camisetas partidarias, meras circunstancias para cumplir la meta existencial.

Lousteau es un dirigente versátil, tanto en las sociedades políticas que armó en los últimos 15 años, como en su registro discursivo: pasó de profesor de tenis de Palermo a ministro de Economía, y de ahí a comentarista radial cool, en el programa de Andy Kusnetzoff. Y ahora, desde la embajada macrista en Washington, ocupa un casillero paradojal en el tablero de la política: es aliado de Mauricio Macri, pero opositor a Horacio Rodríguez Larreta, a quien estuvo a punto de vencer en el balotaje porteño. Un poco en contra de los esfuerzos que hace Larreta para mostrar un perfil propio y diferenciarse de Macri, desde Casa Rosada ven el cuadro electoral general, y no sólo el capítulo porteño.

Así, con un guiño previo de Macri, Lousteau buscará revancha contra el actual alcalde. Con tal objetivo, que en realidad es el plan de mínima para el 2019, por estos días analiza la posibilidad de presentarse en las legislativas del año próximo. Cuenta con el empuje de la estructura radical porteña, encabezada en las sombras por el mítico Enrique Coti Nosiglia. Para Lousteau se trata de una alianza más, sin compromiso ni mancha moral, a pesar de que sobre la maquinaria de la ex Franja abundan las anécdotas de patoterismo y debilidad por la caja universitaria.

Antes de su actual pacto con el aparato nosiglista, Lousteau fue funcionario de Felipe Solá en la provincia de Buenos Aires: ocupó desde la jefatura de gabinete hasta la presidencia del Banco Provincia. Ahí se fogueó y multiplicó su agenda de contactos. Pero su verdadera entrada a la política, hoy casi escondida dentro de su CV, se había dado algunos años antes, de la mano de Francisco de Narváez.

En el 2001, Lousteau ancló en la fundación Creer y Crecer, una suerte de antecedente oenegista del PRO. En una época de desprestigio y vacas flaquísimas para la política, esa fundación era un oasis para los profesionales ambiciosos y con interés por llegar al Estado. Creer y Crecer estaba dirigida por un dúo empresario, con roles bien definidos: Mauricio Macri, presidente de Boca desde 1995, era el frontman de la aventura; y Francisco De Narváez hacía de mecenas, un poco en contraposición de la famosa austeridad macrista. Todavía desconocido, mucho antes de su explosión de popularidad tinelliana, De Narváez le había vendido al Grupo Exxel su compañía familiar, la cadena de supermercados Casa Tía. En los años salvajes de las fusiones, la profesionalización y extranjerización de las empresas, De Narváez había hecho punta, con una venta cercana a los 650 millones de dólares.

Así, De Narváez financió varios saltos sincronizados a la política: el suyo, el de Macri y el de una banda de jóvenes, la mayoría hoy con cargos en ministerios, secretarías y embajadas. Por Creer y Crecer y su posterior desprendimiento, ya propiedad exclusiva de De Narváez, la fundación Unidos del Sur, pasaron Lousteau, Alfonso Prat-Gay, Germán Garavano, Eugenio Burzaco y Gustavo Ferrari, entre otros funcionarios actuales.

En 2004, después de que De Narváez bancara la candidatura presidencial de Carlos Menem, Unidos del Sud le publicó a Lousteau y a Javier González Fraga el libro Sin Atajos, un bodoque sobre macroeconomía y sistemas previsionales. Y en 2005, cuando De Narváez buscaba congraciarse con el presidente Néstor Kirchner, Lousteau le hizo de ghost writer. El gobierno invitó a un grupo de empresarios, De Narváez incluido, a una gira por Alemania. Y el ex dueño de Casa Tía le encargó a Lousteau que le preparara un discurso “bien keynnesiano” para lucirse frente a la cámara de industriales de Munich y, en especial, ante el presidente argentino.

Metáfora viviente del electorado volátil y del sistema de representación en crisis, Lousteau busca aprender de la moraleja narvaecista. El embajador de Macri quiere ser más que una estrella fugaz de la política.

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En busca de paz en la calle, el gobierno terceriza la política social

(por Andrés Fidanza) Si el kirchnerismo pretendía seducir a las organizaciones sociales para sumarlas a su proyecto, el macrismo quiere entregarles llave en mano (principalmente al Movimiento Evita y a la CTEP) el control y aplicación de sus políticas sociales.

Por esa vía, tercerizando en las orgas una buena parte del manejo de fondos, el gobierno logra una carambola: se desliga de un mundo que le resulta ajeno (y por momentos hostil), mientras se ahorra los múltiples conflictos que acechan la gestión, sin dejar de cumplir con el papel caritativo (aunque profesionalizado) que pretende para sí mismo. A la pasada, con esa estrategia ya se anotó un golcito: le sirvió para partir el bloque del FpV en la Cámara de Diputados.

"Le mostré la enorme asistencia social que desplegamos en diez meses, aumentando lo que había y coincidimos en que el asistencialismo debe ser transitorio porque, sino, condena a mucha gente a la frustración", se jactó Mauricio Macri, en la conferencia de prensa posterior a su encuentro con el Papa Francisco.

El presidente aseguró que el Papa "elogió fuertemente" el trabajo de la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, y de la gobernadora María Eugenia Vidal. Según la versión de Macri, Francisco las definió como "dos personas muy al tanto de la pobreza y las necesidades de la gente".

El elogio papal hacia Stanley, hija del ex presidente del Citibank y ejecutivo del Banco Macro (Guillermo Stanley), y educada en la bilingüe Saint Catherine School, se explica por una serie de motivos.

Por primera vez en la historia del Ministerio de Desarrollo Social (creado en 1994 como secretaria) un dirigente de Cáritas es viceministro de Desarrollo Social. Se trata del secretario de Coordinación, viceministro en la práctica, Gabriel Castelli. A mitad de camino entre la Iglesia Católica y la empresa con sensibilidad social, es licenciado en Administración de Empresas, ex director de la cementera Loma Negra, del HSBC Bank Argentina S.A., de la cadena Farmacity; director nacional de Cáritas Argentina, presidente de la Comisión de Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Argentina, miembro de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), y miembro del Consejo de Administración de la Universidad Católica (UCA).

La de Castelli no es la única designación con ofrenda papal incorporada. Al frente de la Subsecretaría de Responsabilidad Social (una innovación institucional bien PRO, con un aire a la estrategia caritativa de las empresas) está Victoria Morales Gorleri, secretaria de la Vicaría Episcopal de Educación por diez años, ligadísima al por entonces arzobispo Jorge Bergoglio.

Las razones, sin embargo y como casi siempre, dependen más de la política que del organigrama estatal. Es que en el Ministerio de Desarrollo Social son más las continuidades que las rupturas. A diferencia de la tormenta de despidos, cierres de programas y ajustes que el PRO impuso en otras áreas, ahí Stanley optó por mantener el rumbo de trazo grueso. En la política social, uno de los segmentos que Francisco mira con más atención (porque recibe información de primera mano desde la CTEP), el macrismo no retrocedió. Para espanto absoluto de la base electoral le exigían un ajuste fiscal más violento, el gobierno aumentó el monto recibido por los planes Argentina Trabaja y el Ellas Hacen (para más de ochenta mil mujeres vulnerables), que estaban fijos en 2.600 pesos. Así, los casi 190 mil beneficiarios de ambos planes pasaron a cobrar 3.120 pesos, a cambio de unas veinte horas semanales de trabajo.

Pero el macrismo introdujo un matiz, con guiño papal: algunas organizaciones pasaron a manejar los fondos para la compra de herramientas e insumos del plan Argentina Trabaja. La CTEP (integrada por el Movimiento Evita, que rompió con el kirchnerismo) y Barrios de Pie tienen más de veinte entes ejecutores a su cargo. Desde el ministerio aseguran que su intención es reimpulsar el Argentina Trabaja, que alcanza a unas 105 mil personas, en 143 localidades de 15 provincias, con el 50% del plan concentrado en el conurbano bonaerense.

Destinado a desempleados sin subsidio social, a excepción de la AUH, el programa apunta a que los trabajadores se asocien en cooperativas y realicen tareas de mejora de infraestructura, limpieza y trabajos en talleres, sobre todo en barrios y municipios.

Así, el macrismo concretó una especie de puenteo a ciertas intendencias que antes administraban los fondos para herramientas y materiales. Ahora, los llamados entes ejecutores podrán ser las propias organizaciones vinculadas a las cooperativas. La Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, que tiene línea papal directa, será ejecutora de unos 20 emprendimientos.

La CTEP, ese espacio heterogéneo que aspira a ser la CGT de los cartoneros, vendedores ambulantes, campesinos, costureros, motoqueros, cooperativistas, artesanos y obreros de empresas recuperadas (un universo que estiman en 4 millones de personas), se convirtió en el interlocutor favorito del gobierno.

Con diciembre y sus fantasmas de conflicto callejero a la vuelta de la esquina, la jugada macrista apunta a garantizar cierta paz social, recurriendo a la capacidad instalada y el know how del Movimiento Evita. Ese acuerdo, en el que hay bastante de provecho mutuo, no implica de ninguna manera una cooptación definitiva. Y mucho menos la desarticulación de la protesta social.

Al contrario, desde las organizaciones reconocen que todas las buenas intenciones del Ministerio de Stanley quedan diluidas por el clima macro de recesión. Las políticas sociales pierden sin falta en la carrera contra las medidas económicas. Con el circuito de changas a la baja, el verdadero motor de la economía popular, no hay plan que alcance. Así, tal como metaforizó el politólogo Carlos Vilas, la política social se parece a una ambulancia que levanta a las víctimas de la política económica.

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Seamos honestos, lo demás no importa nada

Así, el autoritarismo, la falta de cintura, la maleabilidad ideológica y hasta la capacidad técnica (o su ausencia) se vuelven rápidamente datos menores frente a su perfil de Eliot Ness macrista. Mayor retirado del Ejército, veterano de Malvinas, ex carapintada y jefe de la Agencia de Control Gubernamental porteña (donde tuvo un papel controvertido, tras el incendio intencional de Iron Mountain y la misteriosa desaparición de su habilitación), la figura de Gómez Centurión no funciona como una metáfora exacta del macrismo. Al contrario, el suspendido director de la Aduana se ganó varios enemigos en el gobierno. Y el PRO a su vez se compone de tantas tribus, que resultan injusto los intento de explicar su ADN desde una sola persona.

Parido al calor del colapso de 2001, el macrismo se sirvió de retazos de agrupaciones tradicionales en crisis. De allí los Cristian Ritondo y los Diego Santilli por el PJ, y los Daniel Angelici y los Martín Ocampo por la UCR (recién varios años después se concretaría la alianza orgánica con el radicalismo). A esos grupos se les agregó un sector clave: el de los que decidieron “meterse en política” provenientes del mundo de las ONG y los thinktanks, por un lado, y del empresariado, por el otro. Ambos seguirían el ejemplo de Mauricio. Dentro de esa variedad, Gómez Centurión es más bien un paria sin demasiadas afinidades internas ni ambiciones políticas, aunque con el aval decisivo de Macri y su mesa chica.

El elogio a Gómez Centurión resume una mirada en alza, tanto en los medios como en la calle (cebados mutuamente), según la cual lo único importante es la honestidad del dirigente. Por algo Elisa Carrió le dio su respaldo, casi sin conocerlo, en una especie de certificación experta sobre la blancura del ex militar. El mismo sello de calidad que Carrió, en contra de sus opiniones previas, le había concedido a Mauricio Macri durante la campaña, en un empujoncito determinante para que ganara la elección.

El mensaje de “seamos honestos, lo demás no importa nada” le sirvió al macrismo para llegar a la presidencia. Macri se aprovechó de la bandera anticorrupción, sin que conectara estrictamente con la centralidad de sus propuestas, más vinculadas a la necesidad de atraer inversiones, bajar el déficit y controlar la inflación. Macri incorporó un planteo que en realidad era pura demanda social. Pero lo cierto es que el PRO, desde su nacimiento hace unos 15 años, nunca fue un partido “honestista” a lo Carrió (no en un sentido despectivo).

Una vez asentado en la Casa Rosada, y tras el revoleo de dólares en el convento bonaerense por parte de José López, el gobierno profundizó ese discurso, al punto de que anticorrupción y antikirchnerismo se le volvieron sinónimos. Sobre todo ante la falta de logros económicos para exhibir. Lejísimos de la lluvia de inversiones prometida, el gobierno todavía mantiene un nivel de confianza nada despreciable, basado en aspectos alejados de la realidad cruda de la economía, como la la “honestidad de los funcionarios”.

Carrió justificó su defensa de Gómez Centurión "en la confianza de que es un hombre honesto”. La honestidad que ofrece Cambiemos todavía no se tradujo en grandes cambios institucionales, ni en planteos novedosos o rupturistas para el sistema político. La vuelta por goteo del stato quo a la ex SIDE es quizás la principal muestra de esa inconsistencia.

Así, la cruzada anticorrupción se trató más bien de la incorporación por parte del macrismo de un planteo que era pura demanda social. Una propuesta que a su vez suele funcionar mejor por la negativa: para ganar elecciones, desde la oposición; y para hacer tiempo, una vez en el gobierno, a la espera de que se entibie la economía.

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Tarifazo, Corte e inversiones: puede fallar

Una combinatoria de factores explica esos errores de registro y a su vez revela una parte del ADN PRO: sobrestimación del efecto que generaría su mera llegada al gobierno, interlocución desordenada con los factores de poder, cierta displicencia (alimentada por el trato amable histórico de los grandes medios) y la tendencia a forzar un todo o nada, en el que la negociación política sólo se habilitó cuando ya no quedaba otra opción.

A esos motivos se le agrega uno más genérico: la afinidad entre determinado interés sectorial y un gobierno no se traduce necesariamente en un apoyo cerrado. O al menos no siempre y no de forma automática. Al contrario, abundan los casos de “traiciones” por parte de actores que se suponen la base electoral propia. El kirchnerismo también sufrió ese desaire, con el que suele machacar Cristina Kirchner en las redes sociales. Ocurrió cuando la burguesía mercadointernista y gran parte de los sindicatos le dieron la espalda: le hicieron paros, le fugaron dólares y no la acompañaron en el balotaje. Si gobernar es difícil de por sí, esas pequeñas incongruencias sirven para complicar aún más las cosas.

Hijo de la patria contratista, primus inter pares de los empresarios con interés por la política, Macri creía que su ascenso a la presidencia pondría en pausa las pujas, demandas y extorsiones típicas del mundo de los negocios. Al ser uno de ellos, en contraste rotundo con la convivencia incómoda que mantuvieron los empresarios con el kirchnerismo (aún en los tiempos de la ganancia dulce, durante el “país normal” de Néstor Kirchner), Macri apostaba por una suerte de apoyo ideológico. Exportadores, burguesía local (nacional o extranjera), sector financiero y campestre relegarían sus diferencias en nombre de un bien común de trazo grueso: la llegada de un gobierno pro-mercado, tras años de “populismo”. El pronóstico resultó demasiado optimista, y el bloque dominante sigue adelante con sus tensiones históricas.

Unas doce horas antes de que se conociera el fallo de la Corte que suspendía el tarifazo del gas, Macri y su gabinete varonil jugaban al fútbol en Olivos. Si bien la resolución de la Corte ya estaba tomada, redactada y entraba en curso administrativo, la primera plana macrista confiaba en un inminente fallo amigable. Al día siguiente recibiría otro golpazo de realidad anti-intuitiva. Las charlas privadas y sonrisas públicas entre Macri y Ricardo Lorenzetti, más la presión de los periodistas cercanos al PRO, no tuvieron el efecto deseado sobre la Corte.

Macri quedó molesto por la información errada que manejaba el gobierno. En adelante el oficialismo quiere ordenar la (caótica) interlocución del PRO con jueces y fiscales.

“Nos falta un interlocutor con la justicia que comunique los intereses del gobierno. Y ese rol no lo pueden cumplir 40 personas a la vez”, se quejó un funcionario del ala política del PRO.

Tras la decisión de la Corte, el gobierno se vio forzado a explorar una vía que había clausurado: la de negociar, considerando las distintas variables en juego. Lejos del discurso buenista del consenso, el gobierno justificó el tarifazo con un lenguaje instransigente: el de la necesidad de cubrir los costos del servicio. Con aval de Macri, Juan José Aranguren no modificó su mirada, una vez que pasó de CEO a ministro. El ex presidente de Shell se mostró interesado casi exclusivamente en satisfacer a los accionistas de las productoras y distribuidoras de gas, ignorando los demás aspectos a los que la función pública obliga: entre otros, la viabilidad política y el humor social.

Así, la jactancia de Aranguren sobre su falta de ambición electoral -una forma interna de chicanear a sus compañeros de gabinete Marcos Peña, Rogelio Frigerio y Alfonso Prat-Gay, todos ellos plagados de sueños presidenciales- convirtió al ex Shell en un débil gestionador. Otra paradoja del antipopulismo.

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Con las mejores intenciones

“¿Si me gusta Macri? Sí, creo que está encaminado a que el Gobierno empiece otra vez a crecer. Y más allá de los gustos, yo lo he votado la última vez y estoy convencido de que verdad quiere hacer. No le será fácil, por lo que leo y escucho”, afirmó el nuevo DT de la selección, Edgardo “Patón” Bauza, ante la consulta por su evaluación del macrismo. Si bien fue concejal del Partido Socialista Auténtico (el sector de Guillermo Estévez Boero), el Patón afirma estar entusiasmado con la voluntad de “hacer” de Macri. Se trata de una postura algo genérica, más voluntarista que racional y en la que no abundan los argumentos finos o los detalles técnicos.

Al contrario, cuando el DT santafecino se pone a ahondar en detalles, ahí surgen las primeras críticas (casi indeseadas) contra el gobierno: “Yo leí las explicaciones y todo lo demás, pero al dueño de la casa le llega el gas y no tiene plata para pagarlo”, comentó sobre los tarifazos.

Con 58 años, nacido en el pueblito Coronel Baigorria, hijo de laburantes que se compraron una casa gracias a un crédito hipotecario a 30 años, las ganas de creer de Bauza no constituyen un hecho aislado. Existen miles de personas que, sin ser fans macristas, mantienen el crédito abierto hacia el presidente, pese al clima de ajuste y parálisis económica.

Para los que viven al margen de la grieta (un sector social sub-representado en el frenetismo y la especulación de los medios), la confianza es un estado de ánimo comprensible y muy difundido, ya sea en base a sofisticados criterios macroeconómicos, a cierto hartazgo del ciclo kirchnerista o al simple deseo de que “las cosas” vayan bien para todos.

El macrismo, por su parte, alienta ese espíritu, al machacar con la imagen de un Macri desinteresado y ajeno al submundo corrompido de los políticos. Con la vida resuelta y mucho para perder, según ese relato, Macri optó por meterse en en los asuntos públicos con el único objetivo dar una mano. Esa percepción, despojada de todo contexto, ideología y análisis socio-económico, constituye uno de los mayores capitales políticos del gobierno: sobre todo, en los sectores que cuentan más espalda para aguantar la crisis. En el largo plazo, ese corte podría profundizarse, al punto de generar una polarización de clases más marcada en la valoración del macrismo.

A partir de ese planteo y de esa auto-descripción, el oficialismo debería merecer solamente credibilidad, aún ante medidas polémicas o discrecionales, como el manejo de datos de la Anses por parte de la Secretaría de Comunicación Pública o el secretismo impuesto en la Agencia Federal de Inteligencia.

En la última reunión de gabinete ampliado, Marcos Peña le puso cifras estadísticas a ese fenómeno: el jefe de gabinete explicó que, según el Índice de Confianza en el Gobierno (ICG), hecho por la Universidad Torcuato Di Tella en base a una cuestionario de Poliarquía sobre 1200 casos, en julio la confianza en el gobierno creció un 4%. Así, según esa investigación, el macrismo alcanzó el mayor grado de confianza de los últimos 14 años.

Lo que no detalló Peña es que la valoración positiva del oficialismo se basa en aspectos alejados de la realidad cruda de la economía, como la “capacidad para resolver problemas” y la “honestidad de los funcionarios”. Así, si bien la fe en el macrismo alcanza un valor para nada despreciable, esa confianza no se sostiene en la percepción sobre el manejo de la economía y sus derivados, temas siempre definitorios para la suerte de un gobierno. Como contracara, es un error político desdeñar la aptitud que tuvo y tiene el macrismo para construir esa sensación.

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Tinelli, ruidazos y el Papa, ante la ausencia de la política

Durante su larga década de gobierno, el kirchnerismo determinó que su llegada al poder había marcado el regreso del interés masivo por la política, en especial en la generación de los sub-30. Y si bien se trató de una generalización un poco exagerada, lo cierto es que el kirchnerismo logró captar la atención de una importante franja juvenil.

Néstor y Cristina Kirchner tentaron a miles de adolescentes (y no tanto), ofreciéndoles dar una pelea contra algunos poderes fácticos: la 125 (una derrota que paradójicamente sirvió para consolidar la mística), la ley de medios, el matrimonio igualitario y la expropiación de YPF, por citar algunas. Peleas que, encima, se podían ganar.

Así, la política se reveló como una herramienta para cambiar la realidad, como un juego de verdad, independientemente de que fueran cambios profundos o más bien cosméticos. Miles de personas percibieron que así tenía sentido involucrarse en un partido. Ese energía militante genuina (que nunca fue apolítica, sino simplemente no se sintió atraída por los partidos tradicionales hasta el 2008, 2009) fue el principal capital del kirchnerismo.

Con la dirigencia K en crisis y la oposición peronista casi ausente, ahora esa demanda de representación se siente huérfana. De ahí la irrupción de Marcelo Tinelli, el papa Francisco y los ruidazos organizados desde las redes como mayores adversarios del gobierno. Y lo que antes parecía un regreso indiscutible de la política a la escena pública y la vida cotidiana, ahora se presenta como un repliegue hacia los asuntos privados. Desde una mirada casi filosófica, el macrismo alienta ese limitarse a “querer vivir en paz” por parte de la ciudadanía.

Ninguna de las dos tendencias, sin embargo, es o fue monolítica. Ni antes el interés por las cuestiones públicas era hegemónico, ni ahora el desdén por la política es una práctica obligada. Pero el cambio de época es innegable: incluso la difusión de casos como el Lópezgate lo alientan y facilitan.

Pese a ese panorama favorable, el macrismo empieza a mostrar síntomas de debilidad, ya detectados por las encuestas. Por primera vez en las mediciones de la Consultora Analogías, la evaluación de desempeño del Macri presenta un diferencial negativo del 7,7 %. La política económica de Cambiemos tiene una imagen negativa del 57,4%. Es decir, 10 puntos menos que en el mes de mayo. Y la desaprobación crece entre los sectores más humildes, y en el sur y el oeste del conurbano bonaerense; Macri presenta mayor aceptación en la zona norte del conurbano y en la Ciudad de Buenos Aires.

Sobre las preferencias por edad, la franja de 30 a 44 años su desaprobación pasa el promedio general en 5 puntos, alcanzando el 56,5%, y un diferencial negativo de 15 puntos. En contraste, entre los mayores de 60 años Macri presenta un diferencial de evaluación positivo de 13 puntos.

En una lectura de trazo grueso, los pobres y los jóvenes son los más disconformes con el gobierno. Y el hecho de que no haya quién lo aproveche no significa que el enojo social no exista.

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De abajo para arriba

Cuando parecía que el clima de ajuste y despidos empezaba a afectar al gobierno, ahí llegó José López revoleando bolsos con dólares en un convento. Su aparición tuvo el timming perfecto para darle aire al macrismo y legitimar su discurso sobre la corrupción K y la pesada herencia. El rol de López en el anterior gobierno, los detalles novelescos y los billetes filmados fueron una piña abrumadora que dejó al kirchnerismo momentáneamente sin aire. En caliente, lo relegó en la discusión sobre qué tribu será la que conduzca al peronismo, de cara a las elecciones legislativas del año próximo. Aunque lo cierto es que nadie tiene la bola de cristal para prever cuál será el desenlace de la interna del PJ.

En sentido inverso, el macrismo aprovechó el Lópezgate para salir de la escena política. Un objetivo nada despreciable, mientras la economía se mantenga congelada y no haya buenas noticias para anunciar. El caso, sin embargo, no le reportó un beneficio equivalente al perjuicio causado al kirchnerismo. No le transfirió confianza y favoritismo social en la misma medida. El uso PRO de la grieta política es eficaz, a condición de que la grieta social sea mantenida a raya. Y los reclamos por los tarifazos empezaron a borronear esos límites partidarios, amenezando con generar un desborde preideológico.

En un panorama de liderazgos opositores en pugna, demanda de representación huérfana, enojada o nostalgiosa (el famoso núcleo duro que exige a la Cristina Kirchner original o nada a cambio), el malestar por la suba de las boletas se abrió paso en soledad. Se impuso, a pesar de cierto ninguneo mediático, por su propio peso y perjuicio en la contabilidad de las Pymes, los comercios y los trabajadores.

Las concentraciones inorgánicas en las plazas y puertas de las distribuidoras de gas se repitieron en las localidades bonaerenses de Morón, Ituzaingó, Castelar, Caseros, Junín y San Martín, en el barrio porteño de Chacarita, en Villa Gesell y la cordobesa Río Cuarto, hasta desembocar en un cacerolazo nacional. En Capital, donde Macri ganó con por el 75% en el balotaje, la protesta se hizo escuchar como el síntoma de una molestia creciente. ¿Los tarifazos son la 125 del PRO? Si bien la comparación puede resultar engañosa, hay un punto en común: en 2008, el kirchnerismo tachaba de oligarcas a los reclamos en contra de la suba de las retenciones agrícolas; y ahora el macrismo atribuye intencionalidad política en movidas que claramente exceden el prejuicio hacia el PRO. En ambos casos se cometió el pecado de subestimación.

Algunos kirchneristas, por su parte, se entusiasmaron con un dato: el primer cacerolazo contra las políticas de Mauricio Macri llegó a los siete meses de su gobierno, mientras la primera protesta nacional anti-K le tocó recién a los cuatro años de gestión. Aunque es estrictamente real, esa estadística pasa por alto el piso de derechos y la facilidad para el pataleo social que legó el ciclo kirchnerista; sumados a la velocidad con que las redes sociales le dan cierto orden a lo inorgánico, en función de un reclamo concreto.  

El gobierno anunció ciertas correcciones a sus tarifazos de trazo grueso iniciales, incluso en beneficio del millón de casas más acomodadas (consume 20 veces más gas que las categorías menores y tendrá un aumento en la boleta de gas del 400% como máximo). Pero no piensa replegar sus banderas de ajuste tarifario. Al contrario, Mauricio Macri está más determinado que el ministro Juan José Aranguren a continuar con los aumentos. En esa convicción el presidente se aleja de la comparación incómoda con Fernando de la Rúa, incluso ante los ojos de sus aliados radicales que integraron el gobierno de la Alianza, . “Y eso es positivo”, aclaró por si las dudas un ex sushi, actual funcionario de Cambiemos.  

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