Editorial

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Fuego amigo

(por Andrés Fidanza) El giro en la línea de los grandes medios puede funcionar como un presagio para el gobierno. Ante la desaparición de Santiago Maldonado, sus editorialistas pasaron por distintas etapas: callar y disimular; dar crédito a hipótesis que culpabilizaban a la víctima; y validar otras versiones mucho más fantasiosas sobre supuestos grupos guerrilleros.

De ahí, casi 40 días después de iniciado el caso, optaron por cuestionar la parsimonia y pasividad del macrismo. Un viaje que no hubiera sido posible sin el empuje de las marchas, las campañas en redes, el resultado de los focus group y las enormes inconsistencias en la gestión de Patricia Bullrich.

El machaque para poner el foco en la utilización política y en otras derivaciones secundarias, y nunca en la desaparición en sí, no resultó del todo efectivo: un caso fallido de polarización a garrotazos. Cierto cambio en el humor social obligó a recalcular el rumbo, tanto del gobierno como de los medios. La prensa, sin embargo, le sumó un suplemento de críticas al volantazo, como si no se hubiese tratado de un juego sincronizado. El pacto de no agresión entre los principales medios y el gobierno incluye todo tipo de malentendidos, fricciones, desavenencias y traiciones en potencia. Si bien la prensa hace un gran esfuerzo por cuidar al macrismo, no hay acuerdo que tenga la verticalidad del Kremlin.

La moraleja, que nunca nadie pondrá en práctica, es que difundir algunas críticas a tiempo puede ser la mejor forma de proteger a un gobierno. Desde la fragilidad del poder, no hay margen para detectar matices o estrategias sutiles, por fuera de un tablero dividido entre blancas y negras. El kirchnerismo, hasta 2015, también (sobre)vivió al calor de esa urgencia.

En un principio, cuando empezó a instalarse desde los márgenes la situación dramática de Maldonado, el gobierno apostó a la inercia del stato quo. Lo hizo en base a una mezcla de pereza y lógica resultadista: para qué gastarse en modificar el discurso, si el método de la polarización y el siga siga suelen ser los más exitosos. Cuando desde Casa Rosada reaccionaron, algunos medios ya le habían empezado a soltar la mano.

Si bien es probable que la desaparición de Maldonado no tenga demasiado impacto electoral, el caso pinta para exceder esa mirada corta y especulativa. Cuando uno se aleja del calculito más inmediato, incluidas las exageraciones políticas y los zigzagueos mediáticos, tiene componentes profundos y referencias históricas densas. Las suficientes como para convertirse en una cicatriz fija dentro del ciclo PRO.

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Vamos por todo

(por Andrés Fidanza)          Bajo el argumento de que “la sociedad nos legitimó”, tal como se jactó ayer el ministro Jorge Triaca frente a los dirigentes sociales, el gobierno consolida la profundización del rumbo. Desde una mezcla de marketing triunfalista, resultado electoral (un poco) mejor al esperado y bastante auto-convencimiento, el macrismo desafió a un sector de la CGT y, ahora también, a las organizaciones sociales. Mientras tanto, reivindica a sobre cerrado el papel de Patricia Bullrich e insiste con una lectura en clave victimizante sobre la desaparición de Santiago Maldonado. Según ese método, casi cualquier cuestionamiento al oficialismo es plausible de entrar en la categoría K. Una forma muy tranquilizadora de ponerle un cierre a los discusiones.

El endurecimiento también llegó a la relación con los grupos sociales. En un giro parecido a la que tuvo con la CGT, el gobierno optó por mostrarle los colmillos a los representantes de la CTEP, Barrios de Pie y la Corriente Clasista y Combativa. Si bien el quiebre está lejos de ser definitivo, el oficialismo tensó el vínculo con los grupos sociales, un sector con el que había mantenido un trato fluido durante sus 21 meses de gestión. La disputa de fondo es por unos 5 mil millones de pesos, un monto que el oficialismo se pretende ahorrar.

“La sociedad legitimó el rumbo”, se jactó el ministro de Trabajo, en uno de los momentos más friccionados del encuentro con los dirigentes sociales. Fue una forma de finalizar el debate sobre la aplicación de la Ley de Emergencia Social. El argumento presume de un doble cambio de escenario hacia adelante: el resultado de las PASO empujará las protestas políticas hacia la marginalidad más absoluta; y el tibio repunte económico (que no impacta sobre el universo de la economía informal, y ni siquiera beneficia a sectores como el textil) deslegitimará cualquier reclamo hecho desde el bolsillo.

Sancionada por amplia mayoría en diciembre, la Ley de Emergencia Social planeaba otorgar entre 25 y 30 mil millones de pesos, a lo largo de tres años y en forma de salario complementario (la mitad del mínimo vital y móvil), a trabajadores de la economía popular.

Así, se suponía que el gobierno iba a destinar $10 mil millones en 2017. Pero, tras algunas demoras en la implementación de la ley, sólo incluyó a 100 mil trabajadores a partir de julio: proyectando esa inversión, las organizaciones calculan que el oficialismo habrá invertido alrededor de 3 mil millones. O sea, una subejecución del 70%.

La versión macrista es bien distinta: incluye en el presupuesto un paquete de planes, preexistentes a la Ley, otorgados por el Ministerio de Trabajo. Y así estima una ejecución de más del 80%. Así, el macrismo coló un ajuste (lo está intentando, al menos) de 5 mil millones de pesos.

En la antesala de un nuevo choque de fuerzas, las organizaciones sociales anticipan que su reacción no será tan adocenada como la de la CGT. Y a su vez preanuncian un contraataque de cortes, piquetes y manfiestaciones callejeras: música para los oídos absolutamente pragmáticos de Jaime Durán Barba.

Con un aire a la lectura triunfalista que hizo Cristina Kirchner en la presidencial de 2011, cuando sacó el 54% de los votos, el macrismo ensaya su propia época de oro. El 35% obtenido les alcanza para el entusiasmo: para sentirlo y para actuarlo. Si no hay hegemonía real, al menos que parezca.

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Ni cultura dominante, ni accidente de la historia

(por Andrés Fidanza) El gobierno consiguió mantener la base electoral que había apostado por Mauricio Macri en la PASO del 2015. Si bien aquella era una elección presidencial, y la de la semana pasada fue legislativa, esa estabilidad es el principal logro de Cambiemos: sostener el 35% de apoyo en promedio nacional, sin fugas ni voto castigo frente a la palidez de la situación económica.

Tras 20 meses de vacas flacas, sin medidas grandilocuentes, sin goles históricos ni decisiones que hayan servido para construir una identidad muy definida sobre el oficialismo, el mérito de Cambiemos resulta aún mayor. O al menos parece más sorprendente, ante la sospecha a priori de que habría un desaire mayor hacia la performance macrista.

En la Casa Rosada lo explican en base a dos argumentos: el voto macrista constituye una realidad estructural, ajena a los vaivenes de la coyuntura, a las viralizaciones en las redes y a las metidas de pata de Esteban Bullrich. Y a su vez sostienen que el camino del gradualismo mercado friendly, cuestionado por izquierda y también por el establishment, encierra una suerte de épica sin épica. Un realismo capitalista, sin la necesidad de recurrir a un juicio a las juntas, a una convertibilidad que frene a la híper, o un pago y cancelación de la deuda externa con el FMI. El relato sobre esa normalidad por supuesto que excluye algunas anomalías sobre las que el macrismo prefiere disimular, como la cárcel para Milagro Sala, la desaparición de Santiago Maldonado o las paritarias con cierre a la baja.

Pero el éxito relativo de Cambiemos también se alimenta de otros factores indirectos: los esfuerzos mediáticos para mantener al gobierno entre algodones, el juego de la polarización permanente con la peor versión del kirchnerismo y la existencia de un peronismo dividido. Y algo más: el oficialista es un voto segmentado, con base en los sectores de mayores ingresos.

Así, entre las variables fijas (cierto corrimiento social hacia la derecha desde el 83 a la fecha), y las otras más volátiles (gauchadas mediáticas y oposición partida), Cambiemos se abrió paso en las primarias. Demostró vitalidad y dejó en offside a sus críticos más tremendistas o estereotipados. Sin embargo, a pesar de ese encadenado objetivo de logros, es probable que el desempeño mostrado en estos 20 meses no le alcance para exceder el tercio de votantes que lo acompañó en las últimas dos PASO.

Ni nueva hegemonía cultural, ni accidente de la historia. El macrismo sorteó el trámite electoral. Y lo hizo con más margen del que asumían muchos encuestadores y todos los que insisten en subestimar su existencia.

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El gobierno compró aire

(por Andrés Fidanza) Hay que repetir la ceremonia de los últimos lunes post electorales: quemar masivamente los papeles de la mayoría de los pronósticos. Una vez más las encuestadoras erraron bastante más de lo que acertaron, en particular al anticipar un triunfo holgado de Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires. Pero ese no fue el principal offside en el que quedaron los consultores, analistas, políticos e ideologizados varios. La equivocación más importante fue atribuir un tono tremendista tanto al clima como al desenlace de las primarias.

Y ese es el punto en el que suele acertar Jaime Durán Barba: bajarle tres cambios a la vivencia de las elecciones. Se trata de una receta y a la vez una forma de mirar la realidad: entender que los tiempos vertiginosos de la política no coinciden con los de un amplio sector de la sociedad. En especial los de la porción que, sin posturas firmes tomadas de antemano, terminan definiendo el resultado y el tono de una elección. En épocas de relativa estabilidad (la crisis actual no se acerca a las turbulencias que atravesó la Argentina) la recomendación duranbarbiana es no sobreatribuir intensidades.

La contracara de ese acierto es que el voto a Cambiemos, el que está por afuera del núcleo duro macrista, se basa en un apoyo débil, ubicado entre la indiferencia y la resignación ante la falta de mejores opciones. No encierra un contrato de representación sólido ni duradero. Un matíz que, por ahora, le importa poco a un oficialismo en pose triunfal.

Al kirchnerismo, por su parte, el empate bonaerense le deja un sabor amargo, sobre todo por las expectativas creadas respecto a Cristina Kirchner y su capacidad para revitalizar a su espacio.

Esa pérdida de vigor del kirchnerismo (o al menos de vigor potencial, de cara al 2019) alimenta el festejo en Casa Rosada. Pero el macrismo no debería ensayar una lectura interna demasiado triunfalista. Logró atravesar un trámite que, a priori, le resultaba muy incómodo. Y lo hizo sin caer en el casillero de los derrotados o los que no estuvieron a la altura. Al contrario, ahora tiene alguna chance de mejorar su desempeño.

En promedio nacional, el gobierno se sirvió de sus votantes incondicionales, de una oposición (peronista) dividida en al menos tres ramas, y de las facilidades que otorga manejar el Estado: Cambiemos fue la única fuerza capaz de presentarse en todos los distritos. Y algo más: revalidó la eficacia cultural de su discurso en contra del peronismo, con eje en la bandera de la corrupción.

Desde ese piso, logró sumar adhesiones de último minuto. Un plus de votantes que, quizás sin demasiado entusiasmo, optó por volver a confiar en el macrismo. Frente a ese sector, el gobierno deberá rendir cuentas y mejorar la performance en los próximos dos años. El resultado de las Paso le abrió al oficialismo la oportunidad de pensar en ese futuro.

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La crisis de la pequeña épica macrista

(por Andrés Fidanza) Veinte meses después de haber dado el batacazo, de haber demostrado que sí se podía derrotar al peronismo desde una tercera fuerza electoral, un partido con apenas 10 años de historia y orientación hacia la centro-derecha, el macrismo encara las legislativas con el caballo cansado. Su épica de la racionalidad, con su reivindicación del país normal (paradojalmente, era el mismo speech utilizado por Néstor Kirchner en 2003), su promesa de las instituciones y un capitalismo funcionando a pleno, perdió en el camino gran parte de su energía.

Aquel vigor inicial se convirtió en un pedido de simple paciencia a sus votantes, acompañado por una jactancia sin goles económicos a la vista: al menos no somos chorros. El electorado macrista a su vez parece dividirse entre los que le concederán su voto a reglamento y los que todavía se auto-arengan bajo el argumento de la honestidad, aunque con un poco menos de entusiasmo que en 2015. Se tratará de un apoyo exclusivamente por la negativa, y mucho más burocratizado que el de hace dos años. En paralelo, se multiplican los escépticos y los indecisos.

¿Ese combo alcanzará para que Cambiemos atraviese la legislativa con relativo éxito? Más allá del resultado, dependerá en parte de las lecturas que se impongan tras las PASO: la única verdad es la lucha por interpretar la realidad. Pero lo cierto es que el gobierno debió moderar sus expectativas en los últimos meses: de no dudar en subirse al ring contra Cristina Kirchner, y poner el eje de la elección en la provincia de Buenos Aires, pasó a priorizar una mirada nacional del resultado. El truco de ese análisis es que Cambiemos es la única fuerza con presencia en las 24 provincias: otra de las ventajas de manejar el Estado nacional.

A diez días para las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias, una recopilación de 13 encuestas muestra que Cristina Kirchner ganaría con comodidad en provincia. El promedio de los sondeos, hecho por la consultora de Ricardo Rouvier, da que la precandidata a senadora obtendría un 33,7%, contra el 28,4% de su rival de Cambiemos Esteban Bullrich. Después les siguen Sergio Massa (1País) con 19,3% y Florencio Randazzo (Frente Peronista), con 5,7%.

Después del balotaje del 2015, Macri y los macristas no podían ni querían salir del estado de shock que les había provocado la victoria sobre Daniel Scioli y el Frente para la Victoria. A ojo, ese ánimo de alegría y sorpresa les duró más de un año. Ahora, con el mito de la invencibilidad del peronismo ya derrumbado, al oficialismo le cuesta proponer una épica superadora.

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El riesgo de haber subestimado la elección

(por Andrés Fidanza) El macrismo eligió candidatos de un perfil bajísimo, al borde del desconocimiento popular y el carisma discutible, como Gladys González y Esteban Bullrich. En paralelo, rechazó la postulación de Elisa Carrió en provincia de Buenos Aires. Su cálculo inicial era que la buena estrella de la gobernadora María Eugenia Vidal iba a ser suficiente para atravesar con éxito el trámite legislativo. Sin la presencia desbordante de Carrió para hacerle sombra, el empuje de Vidal iba a alcanzar para garantizar un triunfo bonaerense. Ajustado, pero un triunfo al fin.

El gobierno a su vez alentó la candidatura de Cristina Kirchner, especulando con la conveniencia de jugar a la polarización con el pasado peronista: Sergio Massa y Florencio Randazzo incluidos en ese pelotón. Pese a esa optimismo en la estrategia electoral, el oficialismo no logró meter un sólo gol económico que fuera palpable a nivel masivo. Ante ese panorama a la baja, contra-ofertó un pedido de paciencia, en base a una declaración de buenas intenciones, honestidad y capacidad de autocrítica. Y algo más: solicitó el auxilio de Carrió, quien debió acoplarse de apuro a los timbreos bonaerenses, después de haber sido rechazada por Vidal. A partir de concesiones semejantes, Lilita sigue acumulando crédito, poder y atribuciones dentro de la alianza de Cambiemos.

Para compensar ese escenario adverso, el oficialismo persevera en su optimismo colocado. Y lo hace en contra de la reciente devaluación del dólar, un movimiento que se traducirá en otra tanda inflacionaria. En parte por eso Jaime Durán Barba les recomienda a los candidatos de Cambiemos evitar el tema de la economía. Los principales medios hacen su aporte: se esfuerzan por mantener un trato amable hacia el gobierno.

Así, sin demasiadas alternativas a la mano, el macrismo apuesta a repetir el clima de la elección de 2015, tanto en su resultado como en el desarrollo de los meses posteriores. Una vez concretado el triunfo de Mauricio Macri en el balotaje, se abrió una etapa en la que no había decepción posible por parte de su electorado. Ni siquiera ante la enumeración de las promesas no realizadas o directamente incumplidas. Porque la principal promesa de campaña, o al menos la más relevante, era simplemente cambiar el ciclo político. La propuesta de Macri era cerrar la etapa kirchnerista y dar vuelta la página histórica. Y así lo hizo.

Un año y medio después, es posible que se hayan modificado el ánimo y las expectativas sociales. Incluso para una buena parte del electorado del PRO. La ratificación del cambio, sin resultados socio-económicos a la vista, quizás no sea una oferta tan tentadora y potente. Los simpatizantes macristas, sin embargo, seguirán apoyando al oficialismo. Aún a desgano, lo acompañarán. Esa pérdida cualitativa de entusiasmo en el voto parece marcar el pulso de la campaña.

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Lance de juicio político contra Gils Carbó: fase de la impotencia

(por Andrés Fidanza) La cruzada macrista para correr a la procuradora Alejandra Gils Carbó entró en su fase de impotencia. Descartada la vía del decretazo para sacarla de su puesto, el gobierno ahora amenaza con activar un juicio político en su contra. Y si bien se trata de una aventura de éxito casi imposible (necesita el apoyo de los dos tercios de las cámaras de diputados y senadores), los asesores presidenciales alientan esa hipótesis como otra forma de presionar a Gils Carbó. Y a la pasada, el intento les podría redituar electoralmente. O al menos eso esperan: si el massismo y el randazzismo se opusieran en el Congreso, el macrismo podría machacar con el discurso de la victimización, metiendo en una misma bolsa a la tres variantes opositoras, con el kirchnerismo incluido.

En los últimos meses, el gobierno a su vez fracasó en otro de sus objetivos de cambio para el organigrama judicial: echar al camarista Eduardo Freiler. No consiguió los nueve votos necesarios para activar el jury en el Consejo de la Magistratura. Así, a 19 meses de iniciado el ciclo de Cambiemos, quedó lejísimos de su ambicioso plan inicial. Para esta altura, su aspiración era haber reemplazado a Gils Carbó y expulsado a Freiler. Y algo más: haber puesto en jaque al juez Daniel Rafeca y a Alejandro Slokar, de la Cámara Federal de Casación Penal.

Los pataleos públicos de Mauricio Macri en contra de los jueces Enrique Arias Gibert y Graciela Marino, de la Cámara Nacional del Trabajo, por ahora también entraron en vía muerta.

En las últimas semanas, sin embargo, el macrismo se entusiasmó con un fallo que lo acercaba a la mayoría propia en el Consejo de la Magistratura, el organismo dedicado a postular y remover jueces. Todavía falta una instancia de queja por parte del senador kirchnerista Ruperto Godoy, apartado por no ser abogado. Pero los operadores de Cambiemos pretenden que el senador salteño Rodolfo Urtubey, un peronista de perfil dialoguista con el PRO, lo reemplace dentro del Consejo. Y a su vez fantasean con otro trueque: que el senador curtido en el arte de la negociación, Miguel Ángel Pichetto, asuma en lugar de la santacruceña Virginia García.

Senadora y cuñada de Máximo Kirchner, a García se le vencerá el mandato en diciembre, y por lo tanto también quedará afuera del Consejo. A pesar de la voluntad macrista, tanto Pichetto como Urtubey estarían dispuestos a sumarse recién a fines del año próximo, cuando haya renovación de autoridades. Y en el medio, el resultado de la legislativa podría modificar el centro de gravedad político-judicial: una victoria de Cristina Kirchner complicaría aún más el plan oficial.

Desde la corporación judicial, por su parte, empiezan a crecer las señales de rechazo y desconfianza hacia los objetivos cambiemitas. Así, respecto a su agenda de modificaciones en la justicia, parece haber vencido el tiempo de gracia macrista. Y un desenlace electoral adverso, o no del todo exitoso, podría sellar esa frustración.

Ante ese panorama, Cambiemos opta por hacer nuevamente reducción de daños. Se limita a la pelea retórica previsible contra Gils Carbó y el peronismo en bloque, en un lance a la baja por hacer virtud de la imposibilidad.

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El 2×1 y la sobreestimación de la grieta

(por Andrés Fidanza) Si bien hasta ahora el gobierno le sacó un enorme provecho al recurso de la polarización, esa estrategia mostró su techo frente al fallo del 2×1. El silencio y tibieza inicial del macrismo, después de la decisión de tres jueces de la Corte Suprema, chocó contra un consenso inesperado para el oficialismo.

La condena a la crímenes de la dictadura desbordó el speech de la rivalización entre el pasado (que puede ser K o enteramente peronista, según la conveniencia del momento) y un futuro amarillo PRO. La reacción social ante la sentencia expuso los límites del principal argumento de campaña de Cambiemos. Por más que el macrismo intente que cualquier dirigente, campaña, marcha o simple comentario entre a la fuerza dentro de ese esquema fijo, hay temas que lo exceden largamente. Malestar con el oficialismo e identidad kirchnerista no son siempre posiciones equivalentes.

El fallo del 2×1 reveló que el latiguillo macrista no es infalible, ni aplicable a situaciones como la política de Derechos Humanos. ¿Fue un anticipo de que su eficacia tiene fecha de vencimiento, en caso de que no aparezcan los goles económicos prometidos por Macri? Se verá. Mientras tanto, Macri redirecciona su fe en el libremercado global: sin dejar de lado su afinidad y esperanza en los Estados Unidos, el presidente recalcula en sus reparos iniciales hacia China y los acuerdos cerrados por el kirchnerismo.

A nivel local, el rechazo al 2×1 evidenció que no todas las creencias se pueden simplificar en el Boca River ideológico planteado por el PRO. Pese a que son muchos los que no militan, lucran ni se apasionan con el eslogan de la grieta, el oficialismo intenta seducirlos por la vía del machaque.

Desde otra vereda opositora, Florencio Randazzo pretende saltearse el enfrentamiento K-PRO, a caballo de un discurso post-kirchnerista. Esa búsqueda, que también implica un marketing de renovación generacional, choca contra la posible candidatura del ya veterano Felipe Solá.

Lo que no significa, o al menos eso busca comunicar el randazzismo, cierta ambigüedad respecto a su lugar en el menú electoral. "Nuestro enemigo es Macri", afirmó Randazzo, en un video filtrado a la prensa, tras meses de exilio interior. El silencio randazzista fue calculadísimo, en función de evitar un nivel de desgaste parecido al que sufrió Sergio Massa en el último año. Y la definición de El flaco también lo fue: apuntó a despejar dudas sobre su papel de candidato opositor a Cambiemos.

Si bien no serán suficiente para ganar una PASO peronista, esos dos objetivos de mínima (plantarse como un opositor más determinado y fresco que Massa) parecen haber sido alcanzado por el ex ministro de Transporte de Cristina Kirchner. Así, quedaron atrás algunos guiños legislativos hacia el gobierno por parte de su tropa.

Si el voto massista se reparte entre los que tienen mayor afinidad con el macrismo (aproximadamente dos de cada tres) y los más cercanos al FpV (uno cada tres), el gobierno pretende robarle toda la clientela posible al Frente Renovador. Y Randazzo también.

Los intendentes, dirigentes sociales y operadores que lo apoyan apuestan por esa ventaja. Y en adelante encontrarán encuestas que presenten ese plus como un dato objetivo: la perspectiva randazzista de pescar votos en un océano diferente al de Daniel Scioli, Verónica Magario y la mismísima Cristina Kirchner.

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Los desalineados: Balbín, Despouy, Sureda y Costantini

(por Andrés Fidanza) El reciente despido del Procurador del Tesoro, Carlos Balbín, incluye una bajada de línea sobre la necesidad de contar con funcionarios más alineados con los intereses del gobierno. Si bien había entrado al gobierno con la bendición ética de Elisa Carrió y el padrinazgo político de Daniel Angelici, el radical Balbín no mostró la fidelidad que el macrismo esperaba. Y los hizo en temas especialmente sensibles para el presidente.

Por desacatos similares, aunque con tramas y bambalinas un poco más políticas, en los últimos meses otros funcionarios abandonaron el gobierno: Leonardo Despouy, José Luis Sureda e Isela Costantini.

Cerca de Mauricio Macri admiten que hubo un error de casting en la elección de Balbín para el puesto de Procurador, una suerte de jefatura de los abogados que defienden al Estado, dependiente del Ministerio de Justicia. Una equivocación que planean enmendar con la designación de su reemplazante: Bernardo Saravia Frías, un abogado que tenía el Grupo Macri como cliente y que se muestra más consustanciado con la causa de Cambiemos.

Sin haber sido expulsado, el segundo de Juan José Aranguren en el Ministerio de Energía, José Luis Sureda, se fue con escándalo incluido. “O mis convicciones o su autoritarismo", planteó en una carta dirigida al ministro Aranguren, ex CEO de Shell, conocido por sus modales imperativos.

Otro desalineado fue el veterano radical Leonardo Despouy, quien hasta hace poco era el representante para asuntos de Derechos Humanos, puesto dependiente de la Cancillería. Despouy disentía con la postura oficial respecto a la situación de Milagro Sala, presa desde hace enero del año pasado. Y por lo bajo recomendaba acatar las recomendaciones de la ONU y demás organismos internacionales.

Un poco antes de la última tanda de alejamientos, la ex directora de Aerolíneas Argentinas, Isela Costantini, se habían ganado la enemistad de los CEOs Gustavo Lopetegui y Mario Quintana, vicejefes de Gabinete Marcos Peña. Macri tercerizó en ese trío gran parte de la gestión y el control de la performance interna.

Así, entra las salidas voluntarias e inducidas, Macri consolidó un cambio de estilo respecto a su épocas de alcalde. A lo largo de aquellos ocho años, hizo mínimas alteraciones en su gabinete, y así pasó del siga siga a la mano dura. Gobernar la Capital no es lo mismo que intentar controlar un país y sus cientos de variables.

La expulsión de Balbín, sin embargo, tiene una particularidad. El choque entre el ex Procurador y el macrismo excede largamente las diferencias políticas o de estilo. Balbín fue cuidadoso frente al acuerdo con los Fondos Buitres, no se plegó al oficialismo en la pulseada por los tarifazos con la Corte Suprema, y recomendó una auditoría tras el arreglo por una vieja deuda entre el Estado y el Correo Argentino, en manos del Grupo Macri.

Esas decisiones le hicieron ganar la desconfianza de Macri y su equipo de asesores: Torello, Fabián “Pepín” Rodríguez Simón y el secretario de Legal y Técnica, Pablo Clusellas. Hacia adelante, el gobierno pretende un perfil muy distinto para quien quede a cargo de la Procuración: alguien que tome partido, en vez de buscar equilibrios o puntos medios. En concreto, casi lo opuesto a lo que había hecho Balbín.

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Los cambios de Macri

(por Andrés Fidanza) Desde el escenario de Costa Salguero, tras el ajustadísimo triunfo de Horacio Rodríguez Larreta contra Martín Lousteau, Mauricio Macri ensayó un giro discursivo algo inesperado. El por entonces candidato presidencial ablandó su libreto, en contra de lo que esperaba la tribuna del PRO. Si bien la victoria en los penales del balotaje había sido bastante angustiosa, la sucesión amarilla en la ciudad ya estaba garantizada. Y ese era uno de los requisitos indispensables para que Macri tuviera chances reales en contra de Daniel Scioli.

En el speech de Macri, sin embargo, abundaron los guiños continuistas respecto al ciclo de los Kirchner. Previsiblemente, la reivindicación de la AUH, sumada a la defensa de YPF y Aerolíneas Argentinas estatales, desconcertó a la muchachada presente en el salón, al punto de que algunos empezaron a chiflar. ¿Reprobaron a Macri? No necesariamente. Aunque a diferencia de la lealtad indiscutible que tenían los camporistas hacia “la jefa”, no todos los muchachos y muchachas macristas son “soldados” de un único líder. Ya entonces, y hoy de forma mucho más explícita, existían otras referencias dentro del PRO: la actual identificación con María Eugenia Vidal ubica a muchos militantes al borde del desdén hacia el presidente. Aquellos chiflidos, de todas formas, fueron una especie de acto reflejo ideológico, más que de un desaire hacia Mauricio.

Por aquellos días de julio de 2015, el cálculo macrista era que con los votos del núcleo duro, con el mero apoyo de los cebados de sangre populista no iba a alcanzar. Ser antitribunero por un minuto era la vía más eficaz para ser tribunero frente al cuadro general.

Ahora, tras su primer tercio de gobierno, el macrismo da por cerrada su etapa dialoguista y zen. Si bien muchas veces se trató más un guión buenista que de una praxis real, la novedad oficialista es la radicalización de las palabras y de algunas acciones. Desde Casa Rosada promueven la proliferación de dirigentes que les muestren los dientes a los gremialistas, los docentes, los piqueteros y los kirchneristas.

En contra de lo que sugería su manual histórico de la concordia declamada, Marcos Peña se plantó como el modelo de los cruzados. Siguiendo su ejemplo, ya varios ministros y funcionarios incorporaron el tono post 1A: Hernán Lombardi, Esteban Bullrich, Jorge Triaca, Patricia Bullrich y hasta Diego Santilli levantaron sus perfiles y volvieron más belicosas sus apariciones.

Casi dos años después de haber defraudado retóricamente a su hinchada más leal, ahora Macri parece acatar el pliego de demandas de la plaza del 1-A. Sin demasiados éxitos económicos de los cuales jactarse, el gobierno opta por hacer la tabla del uno retórica. Y a la pasada así renueva su contrato de fidelidad con la base propia. Porque todo gobierno necesita un anclaje que le funcione como piso electoral. Además en una legislativa, a diferencia de lo que pasa en las presidenciales y en un balotaje, los votantes tienden casi naturalmente a la dispersión. El mayor riesgo de la jugada macrista es que el lenguaje de la polarización política no alcance para calmar el de la demanda económica y social. O mejor dicho, que la crisis vuelva demasiado evidente que se trata de dos idiomas distintos.

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