2025: un año de mutaciones geopolíticas
Guerras arancelarias, intervenciones militares, revoluciones, y el auge representativo en occidente de una derecha que desafía la supuesta temporalidad en su condición reaccionaria, convirtieron al saliente año en uno cargado de fuertes cimbronazos en el plano geopolítico.
Por Joshua Lentulus Aivazian
El año 2025 estuvo representado en el zodiaco chino por el símbolo de la serpiente de madera. Su combinación con la madera, la dota de cualidades que trae una energía de evaluación silenciosa y ajustes precisos. Mientras que la serpiente está relacionado con la intuición, la sabiduría y el misterio, vinculado a su naturaleza de mudar cada cierto tiempo su piel. Esta “muda” simbólica, nos dio un año de desprendimientos de ilusiones e identidades como el descubrimiento de verdades ocultas que rompen con los convencimientos tradicionales. Fue en el plano geopolítico internacional donde hallamos con mayor elocuencia dicho simbolismo.
Guerras arancelarias, intervenciones militares, revoluciones, y el auge representativo en occidente de una derecha que desafía la supuesta temporalidad en su condición reaccionaria. Todo ello convirtió al 2025 en un año de desprendimientos sobre los ideales de una paz Kantiana fundada en el consenso internacional de las instituciones y el respeto por los derechos humanos, y del descubrimiento perenne del realismo internacional, con expresiones y demostraciones de poder en los campos diplomáticos y bélicos.
En el plano bélico tuvimos un relucir de escamas sobre acciones directas de intervención militar, siendo las más relevantes en el plano internacional aquellas que amenazaban una potencial escalada nuclear. La guerra llevada a cabo por Israel entre el 13 y 24 de junio tenía como objetivo proclamado evitar que Irán pudiera fabricar una bomba nuclear, pero la estrategia subyacente era la reorganización de Oriente Medio y el deseo de Israel de establecerse como fuerza hegemónica. El nombre israelí de esta operación militar fue el de “León Ascendente”, en una clara referencia a la restauración del Shah de Persia y la dinastía Pahlavi.
Si bien estos ataques contra Iran se planteaban en el contexto de la profundización de la limpieza étnica israeli en la franja de Gaza, y en el debilitamiento de los aliados de la defensa del pueblo palestino (Siria, Líbano, Yemen e Irán) declarando objetivos tanto militares como civiles (infraestructuras nucleares, dirigentes militares, y científicos iraníes en edificios residenciales), Israel no tardo en declarar abiertamente querer castigar a la población civil. El ministro de Exteriores israelí, Israel Katz, ha advertido que los “residentes de Teherán pagarán el precio”. En total murieron 1.060 iraníes y más de 4.000 resultaron heridos, la mayoría de ellos civiles.
Mientras que en la reacción iraní al ataque, entre los objetivos militares alcanzados, se encuentran la sede del Ministerio de Defensa israelí en Tel Aviv e instalaciones energéticas en Haifa. Durante los 12 días de guerra, 28 israelíes han muerto en los ataques iraníes, y más de 3.000 han resultado heridos. Otra potencial escalada nuclear la tuvimos entre el 7 y el 10 de mayo en la región de Cachemira entre las fuerzas de India y Pakistán. En respuesta a un ataque terrorista ocurrido el 22 de abril en la Cachemira administrada por India, que India alega fue patrocinado por Pakistán, la Fuerza Aérea India realizó ataques aéreos no solo en la Cachemira administrada por Pakistán, sino también en el Punjab pakistaní. Esta última zona es el corazón del ejército pakistaní y el centro de gravedad económico, político y estratégico del país.
Pakistán respondió derribando cuatro aviones de la Fuerza Aérea India. Las tensiones se intensificaron aún más el 8 de mayo, cuando India realizó ataques con drones contra la infraestructura de radar de Pakistán, y Pakistán lanzó misiles y drones contra 36 ubicaciones en India. Fue principalmente una guerra de misiles y drones, siendo estos últimos el arma predilecta. India dependía de drones de fabricación israelí, como el IAI Searcher, el Herón, el Harpy y el Harop, así como de varios drones autóctonos. Mientras que el arsenal de Pakistán incluye el dron chino CH-4, el Bayraghtar Akinci turco y los drones Burraq y Shahpar, de desarrollo autóctono. El resultado estratégico del conflicto parece favorecer a la India. Si bien sufrió algunas pérdidas en la fase inicial, posteriormente neutralizó los sistemas de defensa aérea y radar de Pakistán y logró penetrar profundamente en territorio pakistaní.
Tras el fin de las hostilidades, el 12 de mayo, el primer ministro Narendra Modi anunció una nueva doctrina militar india, que señala una postura más agresiva contra el terrorismo transfronterizo y las amenazas nucleares implícitas. Según la nueva doctrina, India responderá al terrorismo en sus propios términos, tanto en la elección de los medios como en la ubicación de los ataques. Cada crisis refuerza la determinación de India de castigar aún más a Pakistán, y el conflicto de mayo de 2025 fue, sin duda, un paso cualitativo en esta dirección. Al lanzar ataques en territorio pakistaní, India pretendía demostrar que había abandonado cualquier idea de moderación estratégica, pero su comportamiento real demostró, de hecho, más cautela de la que se reconoció públicamente.
Entre la cautela bilateral y las demostraciones de fuerza, ha retornado una observación sobre los conflictos bélicos en clave de su contexto regional. Esta clave barre una unipolaridad teledirigida por occidente, quienes se enfrentan en tono declarado y abierto a una reacción belicista en contra de Rusia, tras la irresolución de la guerra en Ucrania. Puede pensarse esta guerra en tono civilizatoria, sin embargo, dicho tono solo persigue aferrarse a las escamas caídas de los universalismos de civilización y democracia, mientras Europa encuentra desgastado su rol moral ante el realismo piramidal del leviatán geopolítico norteamericano. Este se ha arrogado un rol “pacificador” partiendo de la coerción multilateral.
Las guerras acontecidas entre Israel e Irán, Camboya y Tailandia y Ruanda y el Congo, han pretendido ser frenadas por el arcaico hegemón del norte, significando únicamente una victoria tercerizada de uno de los actores en conflicto, con absoluta impunidad sobre sus crímenes humanitarios y persistencia colonialista. La “paz” en Gaza, es una complacencia con la ocupación ilegal de Israel sobre territorio Palestino, la “paz” entre Camboya y Tailandia fue un entretiempo entre la coordinación de los intereses domésticos de dichos países de dotarse de un respaldo simbólico territorial, con la recuperación de sus templos históricos, con los intereses internacionales de abrir un nuevo conflicto periférico a China. Mientras que la “no paz” entre Ruanda y el Congo, con el avance del grupo rebelde M23 con respaldo de Ruanda, solo ha demostrado la defraudación material en la tercerización de la paz regional, y por extensión, de una “pax mundis”.
Estos fracasos, hablan del fracaso de pretender que la paz fuera siempre el objetivo de las potencias a las cuales se le delegaba el rol de gendarme global, y no la firma extorsiva de convenios neocoloniales en los que, por ejemplo, el Congo y Ucrania transferían a Estados Unidos estratégicos recursos mineros, mientras que Nigeria y Venezuela ven declarado la intención de invasión y ocupación de sus reservas petroleras. Esto con el objetivo de evitar la devaluación monetaria del dólar, fijado por el precio del petróleo, y ampliar la extorsión energética a China a través de sus socios estratégicos, provocando a dicho país a una declarada intervención militar en defensa de uno de sus aliados, siendo la última provocación crítica, la de Japón sobre su intervención militar en la isla de Taiwán si se sienten amenazados por China.
La paz implícita tras la guerra arancelaria comercial entre ambos hegemones en disputa, ha forzado una paulatina mutación cutánea de una serpiente que ha revelado la realidad de un mundo poliédrico de intereses, alianzas y alineamientos. Tras este 2025, en febrero, en el calendario chino, se dará inicio al año del caballo de fuego. Un símbolo cargado de significado, augurando un año de aceleramiento de los distintos acontecimientos sembrados en el pasado proceso de ruptura institucional interna, con los descontentos generales que hubo hacia los gobiernos, con las marchas de la generación Z, quienes lograron el derrocamiento de gobiernos como los de Bulgaria, Nepal, Madagascar y Bangladesh, y de rupturas internacionales con un Estados Unidos abandonando los acuerdos por el cambio climático de París, la desfinanciación de la ONU y la OMS, y el abandono de los mecanismos internacionales de resolución de conflicto, confiando en su propia fuerza como medio de persuasión y de “pacificación”. ¿Consecuencias? un avispero agitado y prendido fuego que nos auspicia un 2026 turbulento de disputas entre el soberanismo y los imperialismos regionalistas.











