No es la primera vez que desde la Rusia postsoviética se intenta aglutinar un centro alternativo al orden liderado por Estados Unidos y Europa.
Fuerzas políticas como Rusia Justa y el propio gobierno de Vladimir Putin vienen intentándolo los espacios comunicacionales, pero hora lo ensaya en clave política, con una arquitectura que busca disputar espacios de articulación internacional.El Sovintern, reunido en Moscú durante tres jornadas, es parte de ese intento, con la idea de poner en marcha una suerte de nueva Internacional.
Sus actividades comenzaron el 26 de abril en el hotel Zolotoye Koltso (Anillo de Oro), con tres mesas simultáneas que marcaron el tono inicial. Una de las principales, titualada, “Por un nuevo socialismo del siglo XXI”, concentró a dirigentes, legisladores, comunicadores, periodistas y académicos de América Latina y el estado español.
El esquema no fue distinto al de otros foros internacionales: diagnósticos compartidos sobre el escenario global, cuestionamientos al orden vigente y una pregunta que se repitió, con distintos matices, a lo largo de la jornada: cómo pasar de la coincidencia discursiva a algún tipo de coordinación efectiva.
En ese marco, una intervención introdujo un eje distinto. El académico cubano Fidel Castro Smirnov planteó que los delegados presentes (provenientes de más de 70 países) forman parte de la generación del centenario del comandante Fidel Castro.
“No quiero, no puedo y no voy a hablar de Fidel en pasado”, afirmó, en una frase que no buscó cerrar el debate, pero sí darle un marco: que las referencias históricas funcionen como punto de partida y no como cierre.
La mesa no giró exclusivamente en torno a esa idea. Otros expositores retomaron la coyuntura inmediata (conflictos regionales, sanciones, tensiones geopolíticas) y plantearon la necesidad de traducir la solidaridad en mecanismos concretos. Fue en esa línea que se expresó también el chileno Pablo Sepúlveda Allende.
En paralelo, otras dos mesas avanzaron sobre temas más específicos. Una, dedicada a los conflictos regionales y el eventual papel del Sovintern en su abordaje; otra, centrada en la lucha antimperialista en Oriente Próximo. Allí el tono fue más directo, con menos matices y posiciones más definidas.
El 27 de abril, el foro se trasladó a la Casa de los Sindicatos para la sesión plenaria. Con cerca de 500 delegados en sala, el encuentro buscó ordenar lo discutido el día anterior y darle un marco político más amplio al espacio en construcción.
Durante la jornada de clausura fue leído un mensaje del presidente ruso Vladimir Putin, quien destacó la importancia de fortalecer nuevos espacios de articulación entre fuerzas progresistas y patrióticas.
“Estamos creando mecanismos reales de asociación a través de estructuras legislativas y partidarias como respuestas a los desafíos comunes de la estabilidad y la seguridad global y regional”, señaló el mandatario a través de una carta pública.
El jefe de Estado subrayó además que Moscú impulsa estas iniciativas en paralelo a otros esquemas multilaterales como los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái y la Unión Económica Euroasiática, con el objetivo de promover desarrollo, seguridad compartida y un orden internacional basado en el respeto mutuo.
El cierre, el 28 de abril, incluyó una ofrenda floral en el monumento a Fidel Castro en Moscú, en un gesto que buscó reforzar identidad en un espacio todavía en formación.
Más allá de la escena, el foro dejó definiciones. El Sovintern quedó formalmente constituido como un ámbito permanente de coordinación política, intercambio programático y solidaridad entre partidos y movimientos. Se aprobó además un plan de trabajo inicial que incluye encuentros regionales, formación política, mecanismos de comunicación y acciones conjuntas frente a sanciones, bloqueos y procesos de desestabilización.
Los debates giraron en torno a la crisis del modelo neoliberal, el avance de dinámicas unipolares, las amenazas a la paz y la necesidad de construir alternativas económicas y sociales. Delegaciones de distintos continentes coincidieron en la urgencia de profundizar la cooperación entre fuerzas afines.
También hubo un énfasis transversal: incorporar a jóvenes, mujeres, trabajadores e intelectuales como parte activa de esta nueva etapa de articulación.
El Sovintern, en ese sentido, funciona como un ensayo. Un intento de Rusia por construir una plataforma propia en el terreno político internacional, en paralelo y en contraste con estructuras tradicionales como la Internacional Socialista.
El resultado, por ahora, es abierto.
Entre la escena, los discursos y los gestos, Moscú dejó una posible síntesis: la distancia entre la voluntad de constituirse en alternativa y la capacidad real de hacerlo.
En ese margen, todavía incierto, se juega el alcance del proyecto. Y también su límite.
La coordinadora para América Latina del Festival Internacional de la Juventud, Aleksandra Osmolovskaya, visitó Buenos Aires para promover la inscripción de jóvenes al encuentro que se realizará en septiembre en Ekaterimburgo.
Con la mira puesta en ampliar la participación argentina, Osmolovskaya encabezó una conferencia de prensa en la Casa Ruso Argentina, donde convocó a jóvenes de todo el país a sumarse al principal encuentro global de juventudes.
“Este es el año de la unidad de los pueblos”, afirmó la funcionaria, quien remarcó el carácter integrador del evento. “Unidad entre diferentes pueblos. Educación para los jóvenes”, agregó, al tiempo que subrayó que el festival busca fortalecer la cooperación internacional. “Tenemos un plan para la cooperación internacional”, señaló.
El festival prevé reunir a unos 10.000 participantes, 2.000 voluntarios y delegaciones de 190 países, además de representantes de 89 regiones de Rusia, en una agenda centrada en el intercambio cultural, el desarrollo de proyectos y el diálogo con expertos internacionales.
Las postulaciones para Argentina permanecerán abiertas hasta el 30 de abril de 2026, con una instancia adicional de inscripción —en carácter de reserva— entre el 1 y el 31 de mayo. La convocatoria está dirigida a jóvenes de entre 14 y 35 años.
En ese marco, Osmolovskaya destacó la importancia de la participación latinoamericana y llamó a los jóvenes argentinos a involucrarse activamente. “Estoy orgullosa de poder estar con tantos jóvenes que quieren participar de nuestras actividades”, expresó, y añadió: “Invitamos a otros países para ver Rusia y conocer más”.
Por su parte, Ignacio Moyano, presidente del Comité Nacional Preparatorio del festival en Argentina, enfatizó la necesidad de garantizar una representación federal. “Nuestra idea es que este evento llegue a todo el país, que estemos todos representados. Que no quede en la ciudad de Buenos Aires o el AMBA”, sostuvo.
Asimismo, Moyano remarcó el valor del intercambio cultural que propone el encuentro. “Para conocer a las personas de allá. No hay nada mejor que conocer su cultura e idioma”, indicó., para luego agregóar: “Lo que tiene de interesante, en un mundo multipolar, es que el festival permite derribar muchas ideas que tenemos sobre otros países”.
El dirigente también destacó su experiencia previa en el evento: “La primera vez que fui, me permitió conocer muchas personas de otros países, con otras experiencias”.
De esta manera, el Festival Internacional de la Juventud se consolida como un espacio de articulación global que promueve la cooperación, el entendimiento entre culturas y la construcción de una agenda común entre jóvenes de todo el mundo.
De cara a una segunda vuelta presidencial, el candidato de Juntos Por el Perú plantea revisar el esquema de inserción internacional del país y cuestiona el impacto de los acuerdos comerciales en la distribución de la riqueza.
En Perú, Roberto Sánchez, candidato de los movimientos sociales y de la izquierda de Juntos Por el Perú (JPP), propone una auditoría internacional a los Tratados de Libre Comercio y la renegociación de los contratos de inversión extranjera.
Sánchez anticipó que promoverá la renegociación de esos contratos y una auditoría internacional a los acuerdos de libre comercio, con el objetivo de reducir las desigualdades en el país, especialmente en las comunidades con altos índices de pobreza donde se desarrollan los grandes proyectos mineros.
“Respetuosamente queremos revisar todo, pero queremos que nos traten como tratan a sus ciudadanos en sus países. Perú necesita respetar siempre el debido proceso y la legislación. Nosotros no queremos ser tampoco más papistas que el papa, porque el país del liberalismo (Estados Unidos) es el más conservador, el más defensista y el que más cierra el comercio internacional, el que actúa como si fuera un imperio aplicando aranceles como le da la gana”, declaró.
El candidato de JPP planteó integrar a Perú en la comunidad internacional como una nación democrática, abierta al comercio y respetuosa de la soberanía.
El congresista y exministro de Comercio Exterior y Turismo del gobierno de Pedro Castillo señaló que su intención es hacer “una gran auditoría internacional” que permita “mostrarle al mundo, después de un proyecto de 25 o 30 años bajo los actuales estándares, a dónde se fue la riqueza: cuántas utilidades ha generado la minería a esa bandera internacional y cuánto de eso ha servido para la comunidad de origen”.
“Sobre esos datos, le queremos decir respetuosamente que queremos mejorar los estándares: uso de tecnologías limpias, reparación de cada componente del sistema ecológico a cero, consulta previa, intereses justos e impuestos a la sobreganancia. ¿Quién iba a pensar que el commodity del oro iba a aumentar tanto? ¿Acaso pedir eso es antidemocrático e irrespetuoso?”, se preguntó.
“Ya no queremos ser productores primarios y exportadores. No queremos vender solo piedras y concentrados. Queremos transferencia de tecnología. Les planteamos que nos den transferencia de tecnología y que pongan su industria aquí, y que generemos valor agregado sobre la materia prima aquí, y que tenemos capital humano y masa crítica para transformar y democratizar esa gran utilidad y riqueza”, agregó.
Con el 93,48 % del escrutinio completado, Keiko Fujimori suma el 17,05 % de los votos válidos (2.687.621 sufragios). Sánchez ocupa el segundo lugar con el 12 % (1.891.906 votos), y Rafael López Aliaga lo sigue con el 11,92 % (1.878.493 apoyos). La distancia entre estos dos últimos supera ligeramente los 13.000 votos, mientras los jurados electorales deben resolver más de 5.000 actas impugnadas.
Un comunicado difundido por la Liga Antiimperialista de Francia reclama la libertad del secretario general del Frente Popular para la Liberación de Palestina, Ahmed Sa’adat, y de todos los prisioneros palestinos y libaneses detenidos en las prisiones sionistas.
El texto fue difundido en la antesala del 17 de abril, Día Internacional de Solidaridad con los Prisioneros Palestinos, y sostiene que la situación de los detenidos constituye una expresión central del conflicto, denunciando condiciones de detención que califican como “inhumanas”, con casos de tortura, aislamiento, hambre, negligencia médica y muertes bajo custodia.
Sa’adat, detenido desde 2002, es presentado en el documento como una figura clave del movimiento nacional palestino y símbolo de unidad dentro del sistema penitenciario. El pronunciamiento lo equipara a otros dirigentes encarcelados y advierte sobre el incremento de la tensión tras octubre de 2023, así como sobre la situación de miles de detenidos bajo distintas figuras legales, incluidas detenciones administrativas sin juicio.
El comunicado también condena la reciente legislación israelí vinculada a la pena de muerte para prisioneros palestinos y llama a intensificar la movilización internacional en defensa de los detenidos.
Entre los firmantes figuran el secretario ejecutivo de la Internacional Antiimperialista de los Pueblos, Lois Pérez Leira; el analista político Esteban Silva Cuadra; el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel; y el sociólogo Atilio Boron, junto a otras personalidades del ámbito académico, político y de derechos humanos de América Latina y Europa.
El texto convoca a una jornada de movilización internacional el 17 de abril y plantea que la defensa de los prisioneros forma parte de la lucha por la autodeterminación del pueblo palestino, en un contexto de recrudecimiento de las violaciones a los derechos humanos por parte del Estado sionista.
El pronunciamiento concluye con un llamado a la solidaridad internacional y a la liberación de todos los detenidos palestinos y libaneses.
Comunicado completo
¡Libertad para Ahmed Sa’adat y todos los prisioneros palestinos y libaneses!
La cuestión de los prisioneros palestinos es central en la lucha de liberación nacional. Estos combatientes, encabezados por el camarada comandante Ahmed Sa’adat, Secretario General del Frente Popular, encarnan el verdadero significado del compromiso revolucionario al enfrentarse a la maquinaria de represión colonial con una firmeza legendaria, resistiendo todas las formas de brutalidad y represión que se han intensificado en los últimos meses con mayor ferocidad. Los prisioneros son los líderes de la lucha dentro de las cárceles y un símbolo vivo de la unidad y la firmeza de nuestro pueblo. Defenderlos es defender la esencia misma de la causa palestina.
FPLP – abril de 2026
Desde el 15 de enero de 2002, el Secretario General del Frente Popular para la Liberación de Palestina, Ahmed Sa’adat, se encuentra detenido. Sigue luchando desde las cárceles, donde ha liderado el movimiento de prisioneros y representa una figura unificadora para todo el pueblo palestino y para todos los prisioneros, más allá de las afiliaciones faccionales. Más de 24 años después, sigue encarcelado en prisiones sionistas, junto a cerca de 10.000 prisioneros palestinos, incluidos más de 350 niños. Más de 3.000 prisioneros están en detención administrativa, sin juicio ni condena. Recordemos también que 23 prisioneros libaneses están detenidos en cárceles sionistas, y que probablemente varios sirios capturados en 2025 y 2026 también están encarcelados sin juicio.
Las condiciones en las cárceles sionistas, que siempre han sido desastrosas e inhumanas, han alcanzado un nuevo nivel de horror desde el 7 de octubre de 2023. Los casos de malos tratos, tortura, hambre, aislamiento, negligencia médica y violaciones son innumerables. Es un verdadero infierno en la tierra. Casi 90 prisioneros han sido asesinados en las cárceles de la ocupación desde el 7 de octubre de 2023, en medio de un silencio casi total de la comunidad internacional.
La lucha por la libertad de los prisioneros palestinos no es una simple lucha humanitaria. Al poner en evidencia la barbarie de la ocupación sionista, persigue otros objetivos, en particular defender la vida de quienes han luchado por la liberación de su patria ocupada. El combatiente de la resistencia Ahmed Sa’adat, al igual que Marwan Barghouti, es un símbolo de unidad. Luchar por su vida y exigir su libertad significa convertirlo en un ejemplo para todo el pueblo palestino encarcelado. No se trata de una lucha por una sola persona, sino por todos los prisioneros en las cárceles sionistas. Más aún tras la reciente ley aprobada por el parlamento israelí sobre la pena de muerte para los prisioneros palestinos, es urgente movilizarse y desarrollar la lucha a nivel nacional e internacional de manera coordinada en su apoyo.
Defender la libertad de Ahmed Sa’adat es apoyar el proyecto de liberación palestino y el derecho del pueblo palestino a la autodeterminación. Defender a los prisioneros palestinos y libaneses es afirmar que estas figuras de la resistencia no pueden ni deben serabandonadas, y que toda la brutalidad sionista no logrará someterlos. Defenderlos es también defender el derecho de los pueblos oprimidos a su liberación, un derecho reconocido por la ONU, pero cuyo apoyo es reprimido en muchos países, incluido aquí en Francia. Significa exigir y luchar para que la comunidad internacional y la ONU garanticen el respeto de los derechos fundamentales del pueblo palestino.
Llamamos a una gran jornada de acción el 17 de abril, Día Internacional de Solidaridad con los Prisioneros Palestinos, que trascienda las fronteras para exigir la libertad del camarada Ahmed Sa’adat y de todos los prisioneros palestinos y libaneses.
¡Libertad para todos los prisioneros palestinos y libaneses! ¡Libertad para Ahmed Sa’adat!
“La vida es una comedia vista de lejos, pero una tragedia en primer plano”. La frase, de origen incierto —quizá un préstamo anglosajón mal digerido—, forma parte del repertorio cotidiano en Seúl. Y encierra una verdad lapidaria.
En América Latina, Oriente Medio y el Sudeste Asiático, la ola cultural surcoreana (Hallyu) lleva más de un lustro rompiendo costas. Es un fenómeno curioso: salvo en Estados Unidos —el gran devorador de recursos materiales y simbólicos—, esta cultura ha calado más hondo en las periferias que en la metrópoli europea. ¿Por qué?
La torre de marfil académica seguramente tendrá alguna explicación detallada, a veces justas, muchas veces pasada de propaganda, a su disposición, pero no trato de ser un erudito ilustre con un salario millonario. Durante mi estancia en América Latina he notado dos factores claves. Primero, el producto cultural surcoreano posee una pátina familiar: décadas de imitación y anhelo de reconocimiento occidental lo han hecho digerible, casi estadounidense en su factura. Pero, al mismo tiempo, conserva un exotismo sensible que toca una fibra muy específica: la incomodidad de vivir en una sociedad neoliberal. A diferencia de la ciencia ficción o el anime, que construyen mundos imaginarios, el “K-Drama” ofrece una fantasía de escape dentro de la vida real capitalista.
Corea se percibe, así, ajena y familiar. Es un país desarrollado, sí, pero uno que conoce íntimamente el dolor del capitalismo. Vende la ilusión del “príncipe azul” moderno y amable, en contraposición al blanco occidental presumido, mucho más en América Latina donde los rubios con ojos azules ejercen un monopolio político y económico. Sin embargo, quien viaja a Corea buscando ese espejismo se topa con un muro de realidad: una sociedad cerrada, ferozmente clasista, racista y discriminadora. Esa dualidad es la esencia de la contradicción surcoreana.
Pero quiero ir más allá del análisis cultural superficial. Esta dualidad es el síntoma de una patología nacional más profunda: la doble colonialidad.
El mito del Río Han y la sumisión al desarrollo
El llamado “Milagro del Río Han” se construyó sobre una sumisión total a la visión eurocéntrica del desarrollo unilineal. Aunque las dictaduras militares surcoreanas tuvieron roces con Estados Unidos respecto a las recetas de libre mercado, en el fondo, la industrialización fue una persecución frenética de Occidente mediante la movilización total de la sociedad.
Modernizarse era occidentalizarse. En los años 60, la dictadura impuso el consumo de trigo para reducir la dependencia del arroz, inventando la categoría culinaria del Bunshik (comida de harina): tteokbokki, fideos instantáneos, pasteles de pescado industrial (oden) y frituras. Lo que hoy el mundo celebra como “comida callejera coreana” nació de una imposición política de austeridad y mimetismo occidental.
Fue una acumulación originaria de capital de manual marxista, pero a velocidad de vértigo. La reforma agraria de 1946 (acelerada por el miedo al socialismo del Norte) bajo el gobierno militar estadounidense y la Guerra de Corea facilitaron el cercamiento de tierras sin oposición feudal. El Estado, cual capataz, empobreció al campo para luego reorganizarlo bajo el movimiento Saemaul (Nuevo Pueblo). El capital inicial se amasó con sangre: vendiendo tropas mercenarias para la Guerra de Vietnam y monetizando a las víctimas de la colonización japonesa mediante acuerdos indignos.
Estados Unidos, omnipresente con sus bases militares, se convirtió en el tótem de la modernidad. El anticomunismo cimentó una idealización sentimental de Occidente. En un país donde viajar estaba prohibido para el 95% de la población, la conexión con “lo de afuera” era un privilegio de la élite, ese “capital nacional” creado y protegido por la dictadura para monopolizar la exportación. La historia de Corea del Sur es, en esencia, una relación de amor-odio con el amo estadounidense.
La fractura ideológica de los 80 y la orfandad teórica
En el fragor de la lucha por la democracia contra la dictadura militar en los años 80, surgieron un cisma ideológico y un debate feroz, primero en los campus universitarios y luego en el naciente movimiento obrero.
La facción mayoritaria se agrupó bajo las siglas NL (National Liberation o Liberación Nacional). Bebiendo de una versión selectiva del maoísmo y de un jucheismo idealizado, los NL definían a Corea del Sur no como un Estado soberano, sino como una colonia estadounidense atrapada en una estructura social feudal, perpetuada por la división nacional. Para ellos, nacionalistas acérrimos, la prioridad absoluta era la reunificación bajo la victoria del Norte y la expulsión del imperialismo. Dado que el trauma colonial japonés y el respaldo de EE.UU. a las dictaduras seguían vivos en la memoria colectiva, la teoría NL y su organización —vertical y casi militar— se propagaron como la pólvora por las universidades.
Frente a esta hegemonía surgió la facción PD (People’s Democracy o Democracia Popular). Eran marxistas-leninistas que rechazaban la visión de la nación como un todo orgánico y ponían el foco en las contradicciones internas de clase. Para los PD, Corea del Sur era una formación social semifeudal bajo una dictadura fascista, sí, pero dominada por el capital monopolista.
Esta divergencia teórica no fue un mero ejercicio intelectual; definió la praxis política en el momento crítico de 1987, durante la primera elección presidencial democrática tras la dictadura. Los NL, siguiendo su teoría de la “revolución democrática antiimperialista burguesa”, apoyaron tácticamente(apoyo crítico) al candidato liberal Kim Dae-jung(esp: Kim De-Yun), considerándolo un paso necesario para acabar con el feudalismo. Los PD, en cambio, rechazaron esa alianza de clases. Inspirados explícitamente en la experiencia de la Unidad Popular de Salvador Allende en Chile, optaron por levantar una candidatura popular independiente, la de Paik Ki-wan(esp: Pek Gui-wan), para abrir el “camino al socialismo”.
El resultado fue trágico. La división del voto opositor entre el liberal Kim Dae-jung y el conservador Kim Young-sam(esp: Kim Ion-sam) permitió que Roh Tae-woo(esp: No Te-u), el amigo y sucesor del dictador, ganara las elecciones.
Paradójicamente, mientras la política institucional fracasaba, la base social estallaba. Ese mismo año se desató lo que se conocería como la Gran Lucha Obrera: una explosión de conciencia de clase que generó miles de huelgas, tomas de fábricas y la creación de nuevos sindicatos en cuestión de meses. Fue el verdadero nacimiento del movimiento obrero moderno. Sin embargo, la historia tenía preparada una emboscada: la disolución de la Unión Soviética y la entrada repentina y brutal del neoliberalismo obligaron al movimiento a pasar a una defensiva desesperada, atendiendo las amenazas inmediatas y postergando la construcción teórica.
Esto nos lleva a una conclusión dolorosa: a diferencia de América Latina, en Corea del Sur nunca se desarrolló un marco teórico decolonial propio que situara al país en el contexto universal.
A pesar de la obvia dependencia política y diplomática hacia Washington, la izquierda surcoreana sigue mirando hacia afuera para explicarse a sí misma. Sus herramientas de análisis se importan mayoritariamente de Occidente: desde Wallerstein, Fraser y Althusser hasta Negri, Žižek y Arrighi. Sus modelos de praxis se buscan en las huelgas inglesas, la CGT francesa o la socialdemocracia nórdica. Sin una izquierda capaz de proponer una epistemología alternativa y autóctona, el pueblo surcoreano nunca ha logrado romper el cordón umbilical de la dependencia intelectual respecto a Estados Unidos.
El vacío del alma: La modernidad prestada y la tiranía del dinero
Desde una perspectiva estrictamente económica, Corea del Sur es una anomalía: la única nación que logró saltar del subdesarrollo al Primer Mundo. Y es también la única que lo consiguió imitando meticulosamente a los desarrollados, a los imperialistas. Pero hay una trampa en este éxito: la modernidad no es coreana. Es europea.
La tradición neoconfuciana plantea un camino de ascensión moral muy distinto: Sushin-jega-chiguk-pyeongcheonha (修身齊家治國平天下). Es decir, el individuo, a través del cultivo de su conocimiento sobre los mecanismos trascendentes del mundo y su moralidad, logra mantener su ser, dar paz a su familia, gobernar el país y, finalmente, pacificar el mundo.
El drama surcoreano radica en querer ser lo que no son. Poseen la riqueza material de Europa, pero no su espíritu. Esgrimen su capital para acumular más riqueza, pero han perdido la capacidad de pensar de manera independiente. Buscan alternativas desesperadamente, mirando ora a Europa, ora a Estados Unidos, imitando sin cesar para alcanzar una supuesta felicidad que siempre se les escapa. Incluso la izquierda, en su momento de orfandad, buscó respuestas en América Latina —en Chávez, Morales, Correa o el subcomandante Marcos—, pero América Latina no es Corea.
Ante este vacío, el único valor que ha quedado en pie, el único verdaderamente universal en la Corea del Sur contemporánea, es el dinero. La plata.
La sociedad ha internalizado una visión híperclasista donde el valor de un ser humano se mide por el peso de su billetera. Esto infecta todo: la amistad, el amor, el matrimonio, la carrera. La ecuación es brutal y biopolítica: si vienes de un país pobre, sin importar tu color de piel, eres inferior, incluso si fueras étnicamente coreano. Si vienes de un país rico, eres bienvenido pero sigues siendo el “otro”; das envidia, pero no gustas, porque “no entiendes nuestro dolor”.
Esta mentalidad es hija de un trauma doble. La colonización japonesa primero, y la colonización político-cultural estadounidense después, ocultaron el valor que podría haberse desarrollado desde un pensamiento coreano propio y su crítica interna. Al mismo tiempo, la eterna autopercepción de “víctima” impide a los coreanos ver que su país se ha convertido en un opresor, un pilar fundamental del capitalismo global que explota la plusvalía del Sur Global y tritura a los trabajadores migrantes en su propio suelo.
El resultado es una infelicidad endémica. Un surcoreano es, por definición estructural, una persona infeliz.
Las estadísticas no mienten, son gritos de auxilio cuantificados. El país ostenta una de las mayores tasas de suicidio del mundo, liderando las cifras tanto en adolescentes como en ancianos, los eslabones más frágiles de la cadena. El pueblo, comenzando por los sectores marginados, ha decidido no reproducirse. Con una tasa de natalidad fantasmagórica de 0,58(Seúl), la etnia surcoreana se enfrenta a su desaparición matemática en el siglo XXII. Es una huelga de vientres existencial.
La angustia nace de la comparación perpetua. Ya sea a nivel individual o nacional, la envidia de no ser el opresor supremo y la desgracia de haber sido el oprimido no dejan paz. La única escala de medición es el dinero, porque los otros valores son ajenos; existen como costumbre mental inerte, pero nunca se redefinen de manera propia.
Conceptos como individualismo, meritocracia, atomización o alienación son palabras prestadas que en Seúl no significan lo mismo que en Europa. La izquierda (tanto NL como PD) se apropió del término “feudalismo” para explicar algo que, como ya advertía Marx en 1858, no era feudalismo. Los liberales, por su parte, embriagados por el nacionalismo de los NL, dedicaron una década a sostener la teoría del “Embrión del Capitalismo”, intentando probar que Corea tenía el potencial de haberse desarrollado como un Estado moderno al estilo japonés, si no hubiera sido por la injerencia colonial.
Tanto la crítica como la defensa de “lo coreano” caen en la misma trampa lógica: asumen que el destino inevitable de lo premoderno es pasar a lo moderno, a lo capitalista. La discrepancia entre “lo nuestro” y “lo desarrollado” se interpreta siempre como inferioridad, como la creación de una versión defectuosa del original europeo. La solución propuesta, sea por la mayoría conservadora o por la izquierda, es siempre la misma: “hacerlo bien”, imitar mejor a los europeos para ser un país desarrollado de pleno derecho.
El desprecio por el pensamiento propio se refleja en el presupuesto: dentro del orgullo nacional por el I+D, los fondos para ciencias humanas y sociales son un ridículo 0,97%. No se consideran productivas, ergo, no son importantes. No importa que falten recursos para crear un pensamiento que sea realmente coreano.
La mente colectiva es un vacío que no se puede llenar, porque es una mente sin raíces propias. Tiene hambre, y esa hambre solo se pausa momentáneamente cuando se logra subestimar a alguien considerado inferior.
En suma, Corea del Sur es el país más colonizado psicológicamente del mundo. Es una colonización que se repliega sobre sí misma y se proyecta hacia afuera, hacia otras víctimas. Cuando el orgullo nacional se basa únicamente en lo material —riqueza y democracia institucional procedimental—, el vacío valórico domina el alma del pueblo. La colonialidad aquí es doble, no solo por la encrucijada entre exterior e interior, o entre metrópoli y periferia, sino también por su devastadora intensidad.
El pacto fáustico: Submarinos nucleares y la entrega del futuro
Esta actualidad de alienación ofrece, irónicamente, una tabla de salvación al imperialismo estadounidense en decadencia. El acuerdo tarifario anunciado en los últimos meses de 2025 destapó la realidad: el gran capital y el gobierno surcoreanos han aceptado convertir la península en la base industrial y militar de avanzada para la guerra híbrida de Washington contra China.
La soberanía se ha vendido a cambio de una modernización de la alianza militar. Con el permiso para construir submarinos nucleares, se ha reescrito el guión defensivo: las tropas estadounidenses en Corea ya no están allí solo para disuadir a Pyongyang, sino para contener a Pekín e involucrar a Seúl directamente en una eventual invasión china a Taiwán. Los submarinos nucleares no son defensa; son el pistoletazo de salida para una carrera armamentística regional.
En este escenario, el gobierno de Lee Jae-myung(esp: Lee Ye-mion) ha declarado su misión de convertir al país en una potencia mundial de la industria militar —suministrando armas y buques tanto al Pentágono como al sionismo israelí— y en un centro neurálgico de la Inteligencia Artificial. Corea producirá el hardware (semiconductores) y el software que alimentará la infraestructura digital de las Big Tech norteamericanas.
El precio de este servilismo es astronómico: una inversión pública de 200.000 millones de dólares y una inversión privada de 400.000 millones, todo inyectado en las venas de la economía estadounidense. Corea del Sur ha decidido atar su destino al de un imperio que se hunde. ¿Y por qué el pueblo no se rebela ante este saqueo? Porque está sedado por la fantasía de grandeza nacional que estas misiones prometen y por la estrategia gubernamental de incorporar a la aristocracia obrera de las grandes empresas exportadoras al festín, dejándolos comer las migajas del banquete imperial.
La aristocracia obrera, compuesta por los trabajadores profesionales de las grandes empresas y los trabajadores técnicos de las grandes fábricas, ha decidido desembocar en el paraíso de los capitales; el mercado de acciones. Cualquier intención de la revuelta contra el imperialismo cada vez más bélico se sofoca y se oculta ante la burbuja histórica de la IA. KOSPI, el índice del mercado de acciones surcoreano, alcanzó números récord gracias a los dos gigantes de chips para la IA: Samsung y SK Hynix. Los surcoreanos son la principal nacionalidad extranjera que invierte en el mercado de acciones estadounidense. Casi toda la clase media ha entregado sus ahorros en el mercado en busca de la fortuna. En esta lógica, el bombardeo de Caracas y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores significaba en Corea del Sur una oportunidad más para invertir en las empresas de armamentos. La guerra injustificable contra Irán ha causado una cantidad increíble resentimiento hacia Irán porque el mercado estadounidense experimenta una caída grande debido al bloqueo del estrecho de Ormuz.
La memoria de la sangre: Nuestro Túpac Amaru
No obstante, Corea sigue siendo tierra de contradicciones feroces. La doble colonialidad descrita anteriormente no solo produce sumisión; también engendra rabia y una búsqueda desesperada de alternativas al capitalismo. Pero es un pueblo que no puede amarse a sí mismo porque se ha divorciado de su propia historia.
Para renacer, la izquierda debe volver a sus hitos fundacionales. El primero y más sagrado es la Rebelión Campesina de Donghak (“Estudio Oriental”, nacido como contrapeso al “Estudio Occidental”) de 1894. Fue un levantamiento nítidamente antiimperialista, antiseñorial y anticapitalista.
Para el lector latinoamericano es vital entender quiénes aplastaron esta revuelta: no solo fue el Ejército Imperial Japonés, sino también la guardia nacional compuesta por los Bobusang (보부상), mercaderes ambulantes reaccionarios aliados con el poder señorial. Donghak es el hito originario de la rebeldía coreana. Es nuestro Túpac Amaru.
De esa misma tierra regada con sangre brotó después la resistencia armada contra la masacre en la isla de Jeju en 1948, los guerrilleros comunistas en la sierra de Jiri, y la heroica milicia ciudadana de Gwangju que enfrentó a la dictadura desarrollista en 1980.
Lamentablemente, este hilo rojo de reivindicación de una alternativa propia —aunque a veces amalgamada con visiones eurocéntricas— se cortó a finales de la década de 2000 con el colapso y ruptura de las facciones NL y PD. Ese quiebre aceleró la colonización psicológica del individuo, destruyendo el tejido social remanente de la sociedad agraria y sumiendo al surcoreano en una soledad abismal.
Epílogo: Что делать? (¿Qué hacer?)
La única salida de este laberinto es vencer las colonialidades. La lucha contra los grandes conglomerados (chaebols), que pasaron de ser capital nacional a capital global depredador, debe ir de la mano con la incorporación de los trabajadores migrantes, quienes hoy forman la base del proletariado subvalorado en suelo coreano.
La necesidad de construir esa salida aumenta con una velocidad sorprendente cada semana, cada día. El imperio decadente insolente dio su último paso con la guerra cobarde contra la República Islámica de Irán. El ejército estadounidense en Corea del Sur decidió unilateralmente el traslado del sistema de defensa contra los misiles balísticos THAAD al Medio Oriente por la destrucción y el desgaste de las instalaciones originales gracias a los drones iraníes. Los THAAD fueron instalados a pesar de la resistencia local de los campesinos que habitan la región Soseong-ri de Seongju y de la advertencia de China, con la justificación de que eran para la defensa contra los misiles norcoreanos. La consecuencia fue un desastre comercial y diplomático donde se quebró una cierta luna de miel entre Corea del Sur y China. Las relaciones sino-coreanas pasaron de la participación de la presidenta surcoreana en el desfile militar del día de victoria de China a la prohibición total de turismo y bienes culturales surcoreanos. Este quiebre dio lugar al crecimiento de la sinofobia en Corea del Sur, echando a la juventud hacia una subordinación total a Estados Unidos.
Además, los hechos de que las bases militares estadounidenses no han ofrecido una garantía de seguridad a los países del Golfo plantean una cierta desilusión de que los EEUU no entrabará la guerra en el caso del ataque eventual de Corea del Norte o China. El reciente llamado de Trump al envío de los buques surcoreanos al estrecho de Ormuz les da cuenta a los surcoreanos que la supuesta alianza no garantiza la seguridad de sus vidas. Sin embargo, el gobierno surcoreano no declara una respuesta definitiva contemplando las ganancias de las empresas surcoreanas de armamentos.
La escasez del petróleo causada por esta guerra comienza a perjudicar la capacidad de producción de los gigantes surcoreanos de chips debido a la falta de helio que se extrae de él. El sueño mojado y corto de los millones de accionistas pequeños muestra fallos decisivos.
Ya llegó el momento coyuntural. Si bien la izquierda surcoreana ha fracasado en ofrecer una visión alternativa al mundo y se debilita con cada paso de elecciones, ahora es el momento donde se puede frenar esta máquina ciega que tritura tanto a los nacionales como a los migrantes, los del Sudeste asiático, y a los niños de Gaza. No hay tiempo para teorizar y profundizar lo académico. Sin embargo, se exige un golpe de timón para salir de la orfandad ideológica y la inercia burocrática, configurando realmente lo que es Corea del Sur en su posición internacional-universal. La izquierda surcoreana debe abrirse los ojos a cómo ver el mundo desde Corea del Sur, no desde China, Estados Unidos, y Europa y debe ofrecer una visión de Corea del Sur en el futuro donde pueda salir del círculo de tanta colonización. Es el único poder económico y tecnológico que conoce el dolor de la colonia.
Solo abrazando esta visión, el pueblo surcoreano podrá por fin entenderse y fraternizar con los pueblos de América Latina, África y el Sudeste Asiático. Solo así será posible la reconciliación con los hermanos del Norte. En ese futuro posible, la formidable tecnología y el poder industrial de Corea no servirán para enriquecer a Wall Street, sino que serán la ofrenda de un pueblo liberado al resto de las naciones colonizadas; una fuente de herramientas para erradicar la pobreza y desmantelar, de una vez por todas, la hegemonía física del imperio estadounidense.
El congreso del Foro Socialista Internacional (Sovintern), que se realizará el 25, 26 y 27 de abril en Moscú, se piensa como una nueva forma de reconfiguración del mapa político de la izquierda global, en un contexto marcado por tensiones geopolíticas, bloqueos, sanciones económicas y fragmentaciones de los espacios progresistas.
En ese marco se rendirán homenajes a Fidel Castro por el centenario de su nacimiento y habrá pronunciamientos de solidaridad con dirigentes como Cristina Fernández de Kirchner, Pedro Castillo y Nicolás Maduro.
Desde el momento mismo de su idea y concepción, el encuentro buscará posicionarse frente a los múltiples y graves conflictos sociales, políticos y bélicos que conmueven al globo y denunciará los bloqueos económicos a Cuba, Venezuela, Nicaragua e Irán.
Con la participación prevista de unos 300 delegados de los cinco continentes, el Sovintern se propone trascender el formato tradicional de los foros internacionales y avanzar hacia una articulación internacional más coordinada de todas las fuerzas progresistas.
El coordinador ejecutivo del Sovitern para América Latina y España, Lois Pérez Leira, indicó que el Foro Socialista Internacional pretende constituirse en “un instrumento válido” para enfrentar lo que definió como “el avance del imperialismo y el fascismo a nivel global”.
En esa línea, el evento no sólo tendrá una dimensión ideológica, sino también política: romper, al menos simbólicamente, el aislamiento que Occidente ha puesto en acción sobre Rusia desde el inicio del conflicto con Ucrania.
El diagnóstico que sobrevuela a la convocatoria no es nuevo y cuenta con una vieja tradición política, pero en esta oportunidad gana en necesidad de urgencias, pues la izquierda internacional aparece dispersa, con escasa capacidad de coordinación y, en muchos casos, a la defensiva.
En ese sentido, el Sovintern intenta recuperar la tradición de las internacionales políticas del siglo XX, pero adaptada a un escenario más fragmentado, donde conviven partidos comunistas, movimientos antiimperialistas y expresiones progresistas de diverso signo. El lema del encuentro, “Por un nuevo socialismo del siglo XXI”, retoma la impronta impulsada por el ex presidente bolivariano de Venezuela, Hugo Chávez, aunque en un contexto muy distinto al de la primera ola progresista latinoamericana de fines del siglo XX y principios del actual.
La referencia no es menor: implica reconocer la necesidad de actualizar un ideario que, tras el retroceso de varios gobiernos de la región y el avance de nuevas derechas, busca redefinirse.
Más allá de las definiciones, el desafío de fondo será otro: que el Sovintern sea algo más que una declaración de principios. La historia reciente de estos espacios muestra que la retórica suele superar a la capacidad de acción; y frente a esa realidad Moscú ofrece un escenario y un impulso político renovados.
¿Podrán las fuerzas convocadas construir una agenda común en un mundo que, como en otras épocas, vuelve a ordenarse en clave de bloques? Esa es la gran incógnita y el gran desafío.
En Moscú no solo irrumpirá la primavera climática. También asoma el intento de parir una herramienta política que mira al pasado para proyectar un futuro donde la soberanía deje de ser tratada como delito. En ese marco, el sendero trazado por los mártires de aquel abril dominicano y por líderes revolucionarios contemporáneos busca consolidarse como una ruta sin retorno hacia una aspiración de emancipación universal.
La historia de los pueblos oprimidos, tantas veces escrita a contramano, vuelve a aparecer como un hilo conductor. La resistencia y la memoria no operan como consignas vacías, sino como mecanismos que enlazan derrotas y esperanzas, proyectando un destino común que desafía las fronteras impuestas por el capital y la guerra.
Este itinerario político encuentra una de sus raíces más visibles en la intervención de Estados Unidos en la Revolución de Abril de 1965, cuando la República Dominicana intentó recuperar su institucionalidad. Aquel episodio, lejos de quedar encapsulado en la historia caribeña, funciona hoy como símbolo de una disputa mayor: la capacidad de los pueblos de definir su propio destino frente a presiones externas.
Desde el ideario integrador de Hugo Chávez hasta la convocatoria en Moscú bajo el nombre de Sovintern, se advierte un intento de reorganización del campo progresista en clave contemporánea. El diagnóstico es conocido: un orden internacional en transición, con un occidente cuestionado por su incapacidad de ofrecer estabilidad sin recurrir a mecanismos de exclusión, presión económica y conflicto.
El eco de abril en la geopolítica actual
El legado de 1965 sigue operando como referencia simbólica. No por nostalgia, sino por su valor como antecedente de resistencia. La lectura de figuras como Juan Bosch o Fidel Castro sobre aquel episodio insistía en un punto: cuando una nación intenta romper su dependencia, la reacción externa suele ser inmediata y contundente.
Ese patrón, con matices, se replica hoy en distintos escenarios del llamado sur global. De allí que la evocación de abril no sea meramente histórica, sino política: funciona como advertencia y como inspiración.
De la nostalgia a la articulación
El desafío, sin embargo, es otro. No se trata de reeditar esquemas del siglo XX, sino de traducir esa tradición en herramientas adaptadas a un mundo digitalizado. La idea de los “bolcheviques digitales” apunta precisamente a eso: disputar sentido y organización en un terreno donde la información se ha vuelto un campo de batalla central.
En ese marco, experiencias como la de Cuba vuelven a aparecer en el discurso como ejemplo de resistencia prolongada, especialmente frente a sanciones económicas que son leídas como instrumentos de presión geopolítica.
Una apuesta con interrogantes
La convocatoria en Moscú busca, en definitiva, algo ambicioso: articular una red política internacional capaz de coordinar agendas, discursos y estrategias en tiempo real. Una suerte de internacional adaptada al siglo XXI.
El objetivo declarado es claro: sustituir la lógica de competencia por cooperación y evitar, en esa transición, una deriva hacia escenarios de mayor conflicto global. Pero entre la retórica y la construcción efectiva hay una distancia que la historia —la vieja, la conocida— suele encargarse de recordar.
Porque si algo enseña ese pasado que se reivindica, es que las épicas son más fáciles de declamar que de sostener.
*El autor del artículo fue diputado dominicano en tres ocasiones y ex presidente del Colegio de Periodistas.
Así lo aseguró el secretario general de ATE en la Superintendencia de Servicios de Salud, Leandro Castro, al encabezar una conferencia de prensa en la sede central del organismo, donde denunció expedientes cajoneados, irregularidades en la gestión y un deterioro del sistema que impacta directamente en el acceso a prestaciones médicas.
A horas de la tarde de este viernes se realizó una conferencia de prensa en la sede central de la Superintendencia de Servicios de Salud (SSS), donde dirigentes sindicales profundizaron las denuncias por vaciamiento, corrupción y deterioro del organismo, y advirtieron sobre el impacto directo en el acceso a la salud de millones de usuarios.
El secretario general de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) dentro del organismo, Leandro Castro, fue el principal orador y trazó un diagnóstico crítico sobre la situación actual. “Los trabajadores del Estado no somos neutrales. Defendemos el rol del Estado porque es garantizar derechos, especialmente en salud”.
En esa línea, describió el escenario cotidiano que enfrentan los empleados: “Todos los días vemos la angustia de familias que reclaman por tratamientos, medicamentos o intervenciones urgentes. Y también sentimos la frustración cuando, por decisiones políticas, el Estado deja de dar respuestas”.
Además, Castro criticó la paralización de expedientes y una política deliberada de desfinanciamiento. “Hoy denunciamos con claridad que hay expedientes cajoneados, discrecionalidad en sanciones y una transferencia de recursos hacia las grandes empresas de medicina prepaga, en detrimento del sistema solidario”.
Uno de los puntos más sensibles de su intervención estuvo vinculado al cobro de los coseguros. “Queremos ser claros: los coseguros para intervenciones quirúrgicas son ilegales. El Programa Médico Obligatorio no los contempla. Sin embargo, se intenta instalar que el usuario debe pagar. Eso no solo es ilegal, es condenar a muchos a no poder acceder a tratamientos esenciales”, remarcó.
También apuntó contra prácticas discriminatorias dentro del sistema: “Denunciamos la discriminación dentro de las obras sociales por afiliación sindical, lo cual viola la ley y pone en riesgo la salud de los trabajadores”.
“Lo que está en juego es el sistema solidario de salud. Buscan desfinanciarlo para concentrar el negocio en pocas manos. Y eso significa dejar afuera a los que más necesitan”, advirtió, y luego concluyó: “Podrán ajustar salarios, podrán intentar disciplinarnos, pero la dignidad de los trabajadores del Estado no se negocia. Seguimos de pie, defendiendo la salud como derecho y no como negocio”.
Cabe destacar que la conferencia se realizó en un contexto marcado por denuncias judiciales por presunta corrupción dentro del organismo y por un conflicto gremial en ascenso, que ya incluyó paros, asambleas y protestas.
En ese marco, el secretario general de ATE Nacional, Rodolfo Aguiar, tomó el micrófono y no dudó en respaldar el reclamo al endurecer el tono contra el Gobierno. “Los estatales estamos de pie, más vivos que nunca, a pesar de los ataques”, afirmó.
El dirigente de los estatales a nivel nacional advirtió sobre un posible recorte de personal en la administración pública y lo vinculó con una política de ajuste. “Quieren avanzar con miles de despidos, pero no van a poder. El Estado ya funciona al límite y se sostiene por el esfuerzo de sus trabajadores”.
Asimismo, vinculó la situación del organismo con las denuncias de corrupción conocidas en los últimos días, en clara referencia a los conocidos actos ilegales realizados por el jefe de Gabinete del presidente Javier Milei, Manuel Adorni. “La corrupción en la Superintendencia no tiene techo. Hay funcionarios que no pueden explicar cómo multiplicaron su patrimonio ni gastos millonarios”, sostuvo.
El dirigente también alertó sobre el rumbo del sistema de salud: “Quieren destruir el sistema de obras sociales para favorecer negocios multimillonarios de la medicina privada. Buscan que cada argentino tenga la salud que pueda pagar”.
Por su parte, Fernanda Boriotti, en representación del Frente de Gremios Estatales y Empresas Públicas del Estado y de FESPROSA, expresó su apoyo a la protesta y llamó a profundizar la unidad. “Hoy estamos desafiando la reforma laboral. Estamos realizando esta asamblea sin pedir permiso, y ese es el camino: no dejarnos avasallar”.
Finalmente, remarcó la necesidad de una respuesta colectiva: “Es en unidad, con objetivos comunes, como vamos a salir adelante. Y lo vamos a hacer en la calle. La lucha es hoy, fue ayer y seguirá siendo mañana”.
El conflicto en la Superintendencia de Servicios de Salud continúa escalando y trasciende lo estrictamente laboral; se trata de una disputa por el modelo de sistema de salud y por el rol del Estado en la garantía de derechos más elementales de la sociedad.
Hace poco me compartieron la entrevista que le hace el periodista Tucker Carlson al profesor Jiang Xueqin. Jiang Xueqin, analista geopolítico chino-canadiense conocido por sus predicciones acertadas (regreso de Trump, guerra con Irán, etc.). La conversación dura aproximadamente 1 hora y 8 minutos y se centra en la guerra actual con Irán (EE.UU-Israel vs. Irán), cómo se desarrollará y sus consecuencias globales catastróficas. (Publicada en la red X, @TuckerCarson). El mensaje para Nuestra América es ya conocido, la crisis energética y alimentaria que viene va a ser brutal para Latinoamérica.
A partir de ahí algunas reflexiones desde nuestro espacio del sur global. No es el mundo el que nos condena. Es la decisión colectiva de dejar de actuar como región soberana. Se está instalando con fuerza en el debate internacional la idea de que el mundo avanza de forma inevitable hacia una nueva etapa de confrontación atómica entre potencias y de que los países latinoamericanos solo podemos adaptarnos pasivamente a ese escenario.
Esa narrativa no es ingenua, es funcional a la lógica de subordinación. Porque cuando se acepta que la historia ya está escrita, lo que en realidad se está afirmando es que la política ha dejado de importar. Y para América Latina, eso marca un nuevo ciclo de subordinación estructural.
No hay destino: hay disputa
El orden internacional se encuentra en plena transformación. Estados Unidos ha perdido la capacidad de disciplinamiento global que ejerció durante décadas. China avanza de manera sostenida. Los conflictos se multiplican. Sin embargo, nada de ello constituye un destino inevitable.
Lo que existe es una disputa abierta por el poder global y el problema radica en que, en ese tablero, América Latina vuelve a ocupar el lugar histórico que le fue asignado desde hace doscientos años: proveedor de recursos naturales, espacio de influencia y territorio administrado desde el exterior.
Litio, energía, alimentos y agua. Todo lo que el mundo demanda se concentra en la región. Sin una estrategia común, esa riqueza no genera autonomía: genera dependencia y extracción.
Derechización y debilitamiento del Estado: una combinación peligrosa
Este proceso global coincide con una realidad regional preocupante. En varios países, como Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia, Honduras, etc. han asumido el gobierno fuerzas que, con distintos matices, comparten una misma lógica: el debilitamiento deliberado del Estado. Menos Estado en un mundo que exige mayor capacidad estatal. Menos política en un escenario que requiere más decisión política. No se trata de una contradicción, es un proyecto coherente.
Un Estado debilitado no solo regula menos: negocia peor, decide menos y depende más.
La memoria como herramienta política
Es importante recordar que América Latina no siempre ocupó esta posición pasiva, hubo un ciclo no muy lejano en el que la región decidió actuar como sujeto histórico. Gobiernos como los de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, Luiz Inácio Lula da Silva, Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa comprendieron una verdad central: la única vía hacia la autonomía era la acción conjunta.
Se fortaleció el MERCOSUR, se creó la UNASUR, se impulsó la CELAC y se rechazó el ALCA en la Cumbre de Mar del Plata de 2005, Los resultados fueron concretos:
• Millones de personas salieron de la pobreza,
• Se ampliaron derechos sociales,
• Se consolidó el mercado interno,
• La región adquirió una voz propia en el escenario internacional.
No fue casualidad. Fue política.
El relato que desarma
Hoy se promueve un sentido común distinto: que todo está determinado, que las potencias deciden y que no existe margen de maniobra, ese discurso no describe la realidad. La disciplina. Porque si todo está predeterminado, entonces nadie asume responsabilidad. Solo resta adaptarse y desde esta perspectiva, eso no es análisis: es resignación.
La pregunta que realmente importa
El dilema no consiste en elegir entre alinearse con Estados Unidos o con China. Esa es una falsa dicotomía, La pregunta esencial es otra: ¿América Latina desea volver a ser sujeto político? Eso implica asumir costos, construir consensos, sostener tensiones y, sobre todo, definir un proyecto propio. Sin embargo lo que observamos actualmente es lo opuesto: fragmentación, competencia interna y ausencia de estrategia compartida. En ese vacío, otros deciden por nosotros.
Lo que hay que reconstruir
No se trata de nostalgia. Se trata de recuperar la experiencia histórica que ya demostró su eficacia; Integración con contenido político, espacios como el MERCOSUR y la CELAC solo tienen sentido si sirven para construir poder real. El Estado como herramienta de soberanía, no existe desarrollo sin Estado fuerte, debilitarlo en este contexto no es modernización, es cesión de soberanía. Autonomía como estrategia, la región no necesita elegir un nuevo amo, necesita construir margen propio. La paz como decisión política, aceptar la guerra y la crisis energética como destino equivale a aceptar un rol subordinado en ella.
Para cerrar
El mundo está en disputa, pero en América Latina y el Caribe no estamos obligados a perder. Lo que se juega no es solo la geopolítica global, es la voluntad política regional. Cuando la región actuó de manera unida, mejoró la vida de sus pueblos, cuando abandonó esa vía, otros ocuparon su lugar.
Jiang cierra diciendo que “Occidente está destruyendo sus propios clásicos (Platón, Homero, Biblia)”. Nosotros agregamos: mientras ellos abandonan su civilización, nosotros estamos recuperando la nuestra: Bolívar, Morazán, San Martín, Perón, Chávez, Kirchner. Esa es la verdadera “demolición controlada” que hay que resistir: la del pensamiento colonial que aún algunos internos quieren imponernos
La entrevista confirma lo que siempre sostuvimos: el mundo unipolar está muerto. La guerra de Irán es el parto doloroso del mundo multipolar. Y en ese nuevo mundo, Nuestra América tiene la posibilidad histórica de dejar de ser patio trasero para convertirse en protagonista. Solo depende de que tengamos la valentía de elegir soberanía, integración y alianza con los pueblos que también resisten.
No hay destino. Hay decisiones.
Y a partir de ahí la decisión que debemos tomar es si América Latina vuelve a organizarse como Patria Grande, o si acepta, una vez más, ser organizada por otros.
*Ex Embajador de la República Argentina en la República de Honduras. Parlamentario del MERCOSUR. Condecorado con la Orden Francisco de Morazán en el grado de “Gran Cruz Placa de Plata” por la Presidenta Iris Xiomara Castro Sarmiento. Condecorado con la Orden del Libertador de los Esclavos, “José Simeón Cañas” en el grado de “Comendador”, por el Presidente Salvador Sánchez Cerén.
La caracterización de la Federación de Rusia dentro del sistema capitalista contemporáneo exige volver a las fuentes del materialismo histórico, en particular a las tesis de Vladímir Ilich Lenin sobre el imperialismo como fase superior del capitalismo. Allí, el dirigente ruso no definía el imperialismo como mera expansión militar, sino como una estructura económica con rasgos precisos. Contrastados con la Rusia actual, esos criterios permiten cuestionar la idea de que se trate de una potencia imperialista en el sentido clásico.
El primer rasgo es la concentración del capital hasta la formación de monopolios que dominan la economía global. Si bien Rusia cuenta con grandes corporaciones, su peso relativo en el mercado mundial es limitado. Según el ranking Global 2000 de Forbes, la incidencia de empresas rusas en ventas y beneficios globales es reducida frente a los gigantes de Estados Unidos y China. Más que imponer condiciones, la economía rusa aparece condicionada por los precios internacionales de materias primas fijados en los centros financieros globales.
En cuanto a la fusión del capital bancario e industrial —base de la oligarquía financiera—, la comparación también resulta desfavorable. El sistema financiero ruso tiene una escala muy inferior al de las potencias centrales. Lejos de expandirse globalmente, enfrenta restricciones externas, sanciones y fuga de capitales hacia plazas bajo control occidental. Rusia no ejerce el tipo de dominación financiera que Lenin atribuía a los países imperialistas; por el contrario, se encuentra parcialmente excluida de esos circuitos.
Otro punto central es la exportación de capital. Las potencias imperialistas se caracterizan por invertir en el exterior para capturar valor. En el caso ruso, predomina la exportación de materias primas —gas, petróleo y minerales— y una dependencia tecnológica de bienes complejos producidos fuera de sus fronteras. Esta estructura la acerca más a economías de la periferia o semiperiferia que a un centro imperialista consolidado.
La dimensión militar suele ser el argumento más utilizado para sostener la etiqueta de imperialismo. Sin embargo, en términos comparativos, la presencia global de Rusia es acotada frente a la red de bases militares de Estados Unidos. Su despliegue se concentra principalmente en su entorno inmediato y se inscribe en la disputa con la OTAN. Desde esta perspectiva, su accionar puede leerse más como una política de defensa de su esfera de influencia que como una expansión destinada a la captura de mercados globales.
En este marco, Rusia aparece como un país capitalista que busca preservar su autonomía frente a un sistema internacional dominado por potencias centrales. Su rol, más que el de un actor imperialista clásico, se inscribe en las tensiones de un orden global en transición hacia la multipolaridad.