De Hugo Chávez a Sovintern: El camino que caminamos hacia una nueva primavera para el mundo
Por Rafael Méndez*
En Moscú no solo irrumpirá la primavera climática. También asoma el intento de parir una herramienta política que mira al pasado para proyectar un futuro donde la soberanía deje de ser tratada como delito. En ese marco, el sendero trazado por los mártires de aquel abril dominicano y por líderes revolucionarios contemporáneos busca consolidarse como una ruta sin retorno hacia una aspiración de emancipación universal.
La historia de los pueblos oprimidos, tantas veces escrita a contramano, vuelve a aparecer como un hilo conductor. La resistencia y la memoria no operan como consignas vacías, sino como mecanismos que enlazan derrotas y esperanzas, proyectando un destino común que desafía las fronteras impuestas por el capital y la guerra.
Este itinerario político encuentra una de sus raíces más visibles en la intervención de Estados Unidos en la Revolución de Abril de 1965, cuando la República Dominicana intentó recuperar su institucionalidad. Aquel episodio, lejos de quedar encapsulado en la historia caribeña, funciona hoy como símbolo de una disputa mayor: la capacidad de los pueblos de definir su propio destino frente a presiones externas.
Desde el ideario integrador de Hugo Chávez hasta la convocatoria en Moscú bajo el nombre de Sovintern, se advierte un intento de reorganización del campo progresista en clave contemporánea. El diagnóstico es conocido: un orden internacional en transición, con un occidente cuestionado por su incapacidad de ofrecer estabilidad sin recurrir a mecanismos de exclusión, presión económica y conflicto.
El eco de abril en la geopolítica actual
El legado de 1965 sigue operando como referencia simbólica. No por nostalgia, sino por su valor como antecedente de resistencia. La lectura de figuras como Juan Bosch o Fidel Castro sobre aquel episodio insistía en un punto: cuando una nación intenta romper su dependencia, la reacción externa suele ser inmediata y contundente.
Ese patrón, con matices, se replica hoy en distintos escenarios del llamado sur global. De allí que la evocación de abril no sea meramente histórica, sino política: funciona como advertencia y como inspiración.
De la nostalgia a la articulación
El desafío, sin embargo, es otro. No se trata de reeditar esquemas del siglo XX, sino de traducir esa tradición en herramientas adaptadas a un mundo digitalizado. La idea de los “bolcheviques digitales” apunta precisamente a eso: disputar sentido y organización en un terreno donde la información se ha vuelto un campo de batalla central.
En ese marco, experiencias como la de Cuba vuelven a aparecer en el discurso como ejemplo de resistencia prolongada, especialmente frente a sanciones económicas que son leídas como instrumentos de presión geopolítica.
Una apuesta con interrogantes
La convocatoria en Moscú busca, en definitiva, algo ambicioso: articular una red política internacional capaz de coordinar agendas, discursos y estrategias en tiempo real. Una suerte de internacional adaptada al siglo XXI.
El objetivo declarado es claro: sustituir la lógica de competencia por cooperación y evitar, en esa transición, una deriva hacia escenarios de mayor conflicto global. Pero entre la retórica y la construcción efectiva hay una distancia que la historia —la vieja, la conocida— suele encargarse de recordar.
Porque si algo enseña ese pasado que se reivindica, es que las épicas son más fáciles de declamar que de sostener.
*El autor del artículo fue diputado dominicano en tres ocasiones y ex presidente del Colegio de Periodistas.

















